Estimadas hermanas y hermanos:
Les escribo durante esta estación de la Epifanía durante la cual contemplamos la revelación de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, quien asumió plenamente nuestra humanidad. Por lo tanto, cada rostro humano lleva la estampa de Jesús y esta altamente valioso a los ojos de Dios.
Me siento plenamente consciente de este aspecto durante este tiempo en que la comunidad mundial continúa enfrentando las consecuencias del terremoto y tsunami del 26 de diciembre que afectó a 11 países del sur de Asia. Individuos y naciones se han apresurado a responder a las necesidades, dando testimonio de una gran generosidad y de un sentido de mutua dependencia y solidaridad. El Fondo Episcopal de Beneficencia y Desarrollo (ERD) me ha informado sobre las abundantes manifestaciones de afecto y compasión. Hasta la fecha, han recibido más de 2 millones de dólares y las donaciones continúan diariamente.
Al enfrentar el desafío que esta tragedia representa, debemos recordar que las enfermedades, la pobreza, el hambre y las guerras civiles son realidades constantes en nuestro mundo. Por ejemplo, sabemos que 165.000 personas, en su mayoría niños, mueren mensualmente por causa de la malaria, 240.000 por el SIDA y 140.000 por la diarrea. Prácticamente todas estas muertes son prevenibles. Estoy orando y tengo esperanza que la tragedia de los tsunamis abrirá nuestros ojos y nuestros corazones a lo que está ocurriendo diariamente, de una forma menos dramática pero en muchísima mayor escala.
Vivimos con las falsas ilusiones de la seguridad y estabilidad. De pronto una catástrofe natural de gigantescas proporciones, como el tsunami o los huracanes que provocaron desastres en nuestras propias costas durante el año pasado, nos hace conscientes de la inseguridad de nuestra vida mortal. Frente a las tragedias, como seres humanos con un futuro incierto, nos vemos impulsados a preguntarnos: ¿Dónde está Dios?
Nos hacemos esta pregunta frente a muchas circunstancias. ¿Dónde está Dios cuando muere un niño? ¿Dónde está Dios cuando hay un accidente automovilístico en una noche nevada? ¿Dónde está Dios cuando nos damos cuenta que alguien a quien amamos se va deslizando irrevocablemente hacia las sombras de la enfermedad de Alzheimer? ¿Dónde está Dios cuando las guerras devastan las naciones y consumen todos nuestros recursos y energías?
¿Dónde está Dios? Nuestro Dios no es ajeno al sufrimiento: es un Dios que se revela por el misterio de la Cruz; es un Dios que comparte nuestras cargas y nos acompaña en el sufrimiento.
Al mismo tiempo, la presencia de Dios se manifiesta por medio nuestro cuando nos solidarizamos activamente con todos los que sufren. Nuestras preocupaciones y nuestras desazones son una manifestación de las propias desazones y preocupaciones que Dios tiene. En nosotros y por nosotros Cristo continúa su obra de reconciliación y restauración. Por lo tanto es una manifestación de falta de fe cuando pasivamente nos preguntamos dónde está Dios sin preguntarnos al mismo tiempo en cuál forma el Dios compasivo y tierno está buscando hacerse presente por medio de actos de generosidad y servicio.
Esto me recuerda el concepto paulino de la participación en los sufrimientos de Cristo. Cuando nuestra humanidad queda al descubierto, cuando hemos perdido el control y no podemos escondernos detrás de nuestra afluencia y nuestra aparente autosuficiencia, estamos obligados a descubrir nuestras carencias junto con quienes enfrentan la verdadera realidad de la situación en la cual nos encontramos. Estos son los momentos cuando la comunión del Espíritu Santo se manifiesta en la mutua fragilidad y cuando nuestros corazones se abren a la insondable compasión de Dios, que se hace raíz y fundamento de nuestro universo.
Cuán valioso sería que en la iglesia nos tratáramos (especialmente con aquellos con quienes no estamos de acuerdo) no tanto como enemigos o adversarios, sino como frágiles hermanos y hermanas que, a pesar de todo su prestigio o seguridad, tienen sus propias ansiedades, temores y tienen cargas para sobrellevar. ¿No es esta una oportunidad en que Dios nos invita a que las tensiones presentes dentro de la Comunión Anglicana para reestructurar y reordenar las formas en que nos relacionamos los unos con los otros? ¿No es esta una invitación a vivir el misterio de la comunión en el Espíritu Santo a un nivel más profundo y a unirnos para servir a quienes tanto han perdido y se encuentran en una situación tan desesperada?
Les he escrito a los primados de las iglesias de las áreas que fueron afectadas por el tsunami para manifestarles nuestro afecto y preocupación, y nuestro compromiso a asistirles en estas circunstancias. La comunión, como tantas veces se ha dicho, está formada por diferentes lazos de relación. Uno de los aspectos más fundamentales de la comunión es la disposición a extendernos más allá de nuestras circunstancias para el bien de otros y en el poder del amor reconciliador de Dios.
La reunión especial de la Cámara de Obispos convocada para considerar el Informe de la Comisión de Lambeth sobre la Comunión, el Informe de Windsor, recién ha concluido. Quiero recomendarles la lectura del mensaje de los obispos a la iglesia y que fue redactado al finalizar la reunión. Sus obispos han reconocido que la esencia del Informe de Windsor es una invitación a fortalecer aquellos lazos de afecto mutuo entre las iglesias de la Comunión Anglicana que son tan necesario para el avance de la obra misionera. Siento que la reciente catástrofe en el sur de Asia, además de hacernos presente nuestra constante necesidad de ser solidarios con el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas de todas partes del mundo, es la forma por medio la cual somos llamados a vivir la inestimable y sacrificada vida en comunión por amor de este mundo que Dios tan profundamente ama y aprecia.
Como su Obispo Primado, estoy profundamente agradecido a todos los que han respondido tan generosamente a la presente situación del sur del Asia. Al mismo tiempo, estoy orando para que nosotros, como iglesia, continuemos perfeccionándonos en la comunión y en el servicio afectuoso hacia quienes en muchas partes deben sobrellevar diariamente la carga de la pobreza y las enfermedades y viven con pocas esperanzas de saberse escuchados. Ya que el Señor oye el gemido de los pobres, nosotros también debemos hacerlo.
Fielmente en Cristo,
Frank T. Griswold
Obispo Presidente y Primado