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Domingo de Pentecostés: Crecer en espíritu



By: El Muy Rvdo. George Werner
“¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? (Hch 2:7-8).

Hace veinte años, el tercer domingo de Pascua, tuve un “momento de Pentecostés”. Los deanes de las catedrales de América del Norte se iban a vestir para salir en procesión, en una Eucaristía festiva en el Colegio de Saint George en Jerusalén. Algunos de nosotros decidimos ir un poco antes y unirnos también a la Eucaristía palestina.

El predicador era Naim Ateek. No pude traducir las palabras de su sermón. Sin embargo, de repente, entendí todo lo que estaba diciendo. En cierta manera, con una profundidad que nunca había antes experimentado, me sentí uno con el predicador y con el pueblo, sintiéndome de pronto en un lugar distinto, como distinta me parecía la cultura, lengua y momento de la historia de Dios entre los que de súbito me encontrab.

Me sucedió de nuevo hace unos años. Asistíamos a una Eucaristía en Santo Domingo. Juan Monique Bruno, un sacerdote haitiano que trabajaba en la República Dominicana, era el celebrante y predicador. Dejó el púlpito y caminó por el pasillo entre los miembros de su comunidad y nosotros los visitantes.

Retó a su congregación con preguntas sobre la Escritura del día. La congregación participaba entusiasmada. Entusiasmo se deriva de “en-zeos”. Mi diccionario dice “de Dios”, “inspirado”. Había alegría, risas y pasión en el diálogo. Perdí el sentido del tiempo y por un momento no pareció importarme. A pesar de nula destreza en la lengua española, de nuevo volví a la profundidad de un “momento de Pentecostés”. No podía traducir las palabras, pero entendí todo lo que se dijo.

La sabiduría convencional de nuestro tiempo afirma que tenemos que estar salvos y seguros para vivir una vida buena. Pentecostés dice, ¡no! Cuando escogemos ser vulnerables, el Espíritu nos da poder. Ese poder también viene cuando abrimos nuestros brazos como Jesús en la Cruz, y damos la bienvenida aceptando a todos. Resulta confortable permanecer donde creemos que nos sentimos protegidos. Sin embargo, es en los lugares turbulentos, concurridos, desconocidos e insólitos, donde parece que me encuentro con más frecuencia con el Espíritu.

Venga y crezca con el Espíritu. No creo que sea una coincidencia el que los cultos y los grupos terroristas aíslen a sus miembros. ¿Qué sucedería si nos encontráramos todos en la plaza y encontráramos a Cristo en el prójimo? ¿Qué sucedería si abandonáramos los lugares donde todo el mundo conoce nuestro nombre, para ir “a buscar y servir a Cristo en todas las personas”, según se nos pide en el Pacto Bautismal?

En una anécdota que me gusta contar, una estación de guardacostas recibió una llamada de un barco que se encontraba en apuros, en medio de un horroroso viento del nordeste. Cuando el equipo de salvavidas se preparaba para ir a rescatar el barco, uno de los nuevos no hacía más que lanzar preguntas al viejo jefe sobre el peligro de salir al encuentro de olas gigantes y vientos tormentosos. Finalmente, aterrorizado, gritó al jefe, “si salimos a salvarlos, puede que nunca regresemos”. El viejo jefe sonrió y dijo: “Hijo, no tenemos órdenes de regreso”.

Cuando abrazamos el ministerio del bautismo, no tenemos órdenes de regreso. Pero, como el viejo himno nos recuerda, “hasta el presente esta gracia me ha salvado, y la gracia me conducirá al hogar”.