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Jueves, 8 de junio: Crecer en agradecimiento
by El Rvdo. Nathan Baxter
El Rvdo. Nathan Baxter  
“Sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados”. (Col 3:15, 16).

Mi esposa y yo procedemos de familias muy grandes. Nuestros padres nacieron en familias de aparceros que emigraron a zonas urbanas del norte en las décadas de 1920 y 1930. Emigrantes como sus padres, ellos y sus hermanos fueron buenos artesanos, trabajadores y hogareños. Vivieron en “enclaves de cultura rural”, en ciudades de Pennsylvania. Esos enclaves, que incluían iglesia y organizaciones cívicas, conservaron sus historias, sus valores y sueños. Para mi generación (baby-boomers) hay mucha variedad de profesiones y diversos estilos de vida en la clase media, así como de intereses culturales y orientaciones políticas. Vivimos en comunidades de la Costa Este y Oeste, y muchos de nosotros hemos regresado a la tierra sureña de nuestros abuelos. Así, cuando nos reunimos –200 o más personas– hay abrazos, risas, presentaciones y nos ponemos al día de nuestras vidas. Con frecuencia jugamos al baloncesto y al béisbol. A mí, en concreto, me encantan las graciosas historias de nuestros mayores y las discusiones sobre quién narra el suceso con más precisión.

Según va pasando el día, mis primos que son políticos se reúnen con otros que piensan que la política no es más que una conspiración contra “el pueblo”. También tenemos los vegetarianos, que están enfadados porque no se pensó en ellos a la hora de preparar la comida, y profetizan que vamos a morir todos por comer comida sureña frita. Los empresarios “capitalistas” chocan con los idealistas de la reforma social para resolver los problemas nacionales. Y te puedes imaginar lo que sucede cuando los pentecostales se encuentran con las mesas llenas de cerveza de clanes familiares que no van a la iglesia.

Pero al anochecer, siempre sucede algo muy especial. Se canta. Ya seamos bautistas, metodistas, pentecostales, episcopales o de ninguna iglesia, el canto empieza a unirnos a todos. Algunos de nuestros hermanos y primos son unos músicos maravillosos y, como los sacerdotes de tradición antigua, entonan antiguas canciones “gospel”, melodías de espirituales negros y ritmos arraigados en el Sur rural. Nadie pregunta: “¿Crees en las palabras de ese cántico?” O “¿Cuál es la posición de esos ´republicanos Baxter´, para unirme a ellos (o evitarlos, si se da el caso)?”. No, en estas grandes reuniones, más que en ningún otro momento, el canto nos une en un espíritu de agradecimiento. Son estas las canciones de nuestra herencia, donde yo oigo las voces de nuestros antepasados –abuelos, ancianos tíos y tías–, algunos de ellos muy queridos por mí, pero que ya no veo. La familia está cantando, en el cielo y en la tierra. Los niños observan con asombro a los adultos e intentan captar las tonadas o dar unas palmadas.

En estos momentos el agradecimiento por nuestra vida común supera todas nuestras diferencias. La gratitud es evidente: por la fe y el ánimo de padres y antepasados, por el amor y los sueños que nos han reunido en esta generación, después de un caminar largo y dificultoso. Sobre todo, sentimos agradecimiento a Dios, por cuya gracia compartimos tan especial patrimonio. De alguna manera, el canto nos recuerda que quienes somos en nuestra raíz común es mucho más grande que las diferencias que nos puedan distinguir.  

Como cabría esperar, después de cantar, los debates, competiciones y diferentes agendas vuelven a surgir, pero yo siempre los experimento de una manera diferente después de cantar. Las exhortaciones y admoniciones, los halagos y las contiendas, continúan, pero con una sabiduría nueva que parece decir: “Eres diferente, tal vez estés equivocado, pero eres de la familia, tú eres yo”.

De alguna manera, este rito de cantar produce una experiencia común de gracia, una gracia que transforma el espíritu individual y colectivo en nuestra identidad esencial como familia. Como episcopal, con frecuencia reflexiono sobre este cantar como una experiencia de celebración de la Eucaristía; es decir, una experiencia en la cual el dolor, el sacrificio y el amor del tiempo pasado forma parte de nuestras vidas presentes. Para mí es un momento cuando los vivos y los muertos participamos de un sacramento común de recuerdo y agradecimiento, que mitiga y agracia el duro trabajo de configurar juntos nuestro futuro.

“Sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados”. (Col 3:15, 16).