Así rezamos diariamente en las oraciones nocturnas de la Iglesia. Ciertamente tiene sentido el rezar diariamente para que no nos olvidemos de los necesitados, pero, ¿por qué rezar diariamente para que los pobres no pierdan la esperanza?
Esperanza es, por supuesto, una de las tres virtudes teologales, “ahora permanece la fe, la esperanza y la caridad”. La caridad –el amor– puede que sea la más grande, pero la esperanza merece un puesto muy alto entre lo que valoramos en la Iglesia. Esperanza es una decidida fe en que el amor de Dios triunfará al final. Es la manifestación de lo que en otro tiempo llamábamos “escatología lograda”; la viva presencia del futuro.
Y esperanza es normalmente lo último que los seres humanos van a abandonar. Víctor Frankel atribuía a la esperanza la dinámica primaria compartida por quienes sobrevivieron los campos de muerte de su tiempo. Cuando se pierde la esperanza, una inexorable resignación y desesperación parece reemplazarla.
Todavía recuerdo vívidamente a mi primera parroquiana que hace unos treinta años recibió un diagnóstico terminal de los médicos. Estaba llena de vida y siempre valiente ante el progreso de su cáncer. Una vez le pregunté: “¿Qué quieres saber sobre tu enfermedad?” Nunca olvidaré su penetrante respuesta: “Quiero saber la verdad, toda la verdad, nada más que la verdad. Necesito algo de esperanza al final de cada día”.
Su esperanza consistía en ver la boda de su hija, de veinte años, en esos momentos ya comprometida. A pesar de su fragilidad, se mantuvo firme hasta el día de la boda. Después que la sacaran de la boda, muy débil, para asistir a la recepción, y la llevaran a su casa, me acerqué a ella. Me di cuenta que su última esperanza se había logrado, y temía que ahora la desesperación y la resignación se apoderasen de ella. ¿Estás bien?, le pregunté. Sabiendo lo que quería decir, sonrió y dijo: “Te dije que lo lograría y lo conseguí”. Esperé sus próximas palabras. Consecuente con su espíritu, una sonrisa irónica apareció en su faz y susurró: “Tengo otras dos hijas”. Su esperanza no había desaparecido.
Con frecuencia hoy día, parece como si una inexorable resignación se hubiera apoderado de nuestra Iglesia, especialmente de nuestros líderes. Parece que hubieran aceptado que los problemas presentes, las discordias, e incluso la polarización, no fueran nunca a terminar. Muchos se han resignado a la idea de que las divisiones no harán sino aumentar y que la disminución de nuestra Iglesia está escrita en el destino de las principales confesiones. ¿Hemos perdido la esperanza?
El crecer en la esperanza es posible, no porque llevemos puestas unas gafas de color rosa. Esperanza no es simplemente optimismo. Crecer en la esperanza es posible porque cuando todo nos falla, nos damos cuenta de que eso es todo lo que tenemos, como sucede a los pobres. Sin embargo, mientras la tengamos, tendremos todo lo que promete. ¡Aumenta, oh Señor, la esperanza de tu Iglesia en estos días!