The Episcopal Church Welcomes You
» Site Map   » Questions    
GC2006_hdr
 Come to Convention
·  Children & Youth
·  Exhibits
·  Housing
·  Schedule
·  Special Functions
·  Volunteer

 House of Bishops
·  The Presiding Bishop

 House of Deputies
·  President, HD

 Legislation

 Publications

 Registration


  
‹‹ Return
Viernes, 9 de junio: Crecer en servicio
by La Rvda. Catharine S. Phillips
La Rvda. Catharine S. Phillips  
En la última cena con sus amigos, Jesús les ofrece el siguiente mandamiento: “Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Juan 13: 34). “Como yo os he amado”, dijo Jesús. Una muestra de la manera en que amó Jesús es que Él se arrodilló y lavó los pies de sus discípulos. Una canción tradicional de Ghana, “Jesu, Jesu”, que he oído cantar a menudo en los lavatorios de pies de los Jueves Santos, termina con este verso:

Amar nos pone de rodillas,
Sirviendo como si fuéramos esclavos;
ésta es la forma en que deberíamos vivir contigo.

Recientemente, hace unos años tuve la oportunidad, el don, de arrodillarme con amor ante alguien, en el lavatorio de los pies; alguien de quien me había distanciado. Ambos nos arrodillamos frente al otro. No hay duda de que había amor en ese lavatorio de pies. Pero creo que ese simple acto de arrodillarse, con amor y humildad ante alguien, dice mucho más sobre nuestro corazón y el corazón de Jesús, que el propio acto de lavar los pies. 

¿Quiénes son esos a los que debemos servir? ¿Cómo deberíamos servir? ¿Dónde están esas relaciones que necesitan ser sanadas en nuestras vidas, en el mundo que nos rodea, en la Iglesia? A menudo, cuando hablamos del servicio cristiano, nos referimos a una forma de ayudar a los otros como si fuera los de arriba a los de abajo. Otras veces hablamos de ponernos unos al lado de otros y afrontar algo juntos. Jesús nos ofrece aún otra forma, otra imagen más, la vía de la servidumbre. Nos ofrece Jesús una postura diferente. Su forma de amar nos lleva a ponernos de rodillas, unos frente a los otros y frente a Él.

De rodillas adoramos. Rezamos, escuchamos. Buscamos servir como Dios quiere que sirvamos. Nos esforzamos para seguir los corazones que Dios ha puesto entre nosotros, siendo Él quien los dirige. Sabemos que cada uno de nosotros será llevado a servir de forma especial, de acuerdo a lo que somos y lo que Dios nos ha hecho ser.

Cuando mi hijo Erik tenía cuatro años, adoptamos un gato siamés que estaba perdido y que apareció en nuestra puerta. Poco después, Erik vio un programa sobre refugios para animales en la televisión pública. Al poco tiempo después de aquello, me preguntó, mientras íbamos en automóvil, desde su asiento en la parte trasera: “Mamá, ¿qué habría pasado si a Barry (el gato) le hubiesen llevado a un refugio de animales y nadie le hubiera adoptado?”

Tardé en responder, queriendo ser honesta y no utilizar el eufemismo “lo pondrían a dormir”. Terminé diciéndole que, debido a que no hay sitio suficiente para guardar a tantos animales, a menudo los “matan de una manera gentil”. Hubo silencio en la parte trasera. Después de cinco minutos, Eric dijo: “Tengo la respuesta”. Yo le pregunté: “¿La respuesta a qué?”. “A qué hacer con los animales”, me contestó. “Podemos dárselos a las personas que están en prisión, para que así no estén solos”, fue su respuesta. A mi mente llegó una preciosa y conmovedora imagen con celdas de prisión en las que cada recluso estaba acompañado por un perro o un gato. Me preguntaba dónde pondrían el cubo de la basura.

El corazón de cuatro años de Erik estaba impulsado por el amor a los animales abandonados y por la soledad de los prisioneros, y había encontrado una manera de conectar ambos. Algo fantástico, una imagen llena de gracia.

¿Hacia dónde nos impulsa el corazón de cada uno de nosotros, seamos niños o adultos?
Nuestro corazón nos dirá a quién debemos servir, dónde debemos servir, cómo debemos amar, como Jesús amó. La primera carta de Pedro nos aconseja: “Que cada uno ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido” (1P 4:10). Las personas y las cosas que impulsan nuestro corazón serán tan únicas y particulares como especiales y únicos, completamente amados también, hemos sido creados. Todos hemos recibido esos dones. Todos somos llamados a compartir esos dones de Dios, arrodillándonos unos frente a otros, y delante de nuestro Señor con el mismo amor; impulsados por el mismo amor que Jesús nos tiene, el amor para construir la Iglesia, el Cuerpo de Cristo; el amor para llevar sanidad al mundo.

Al tiempo que nos esforzamos en seguir el corazón que se nos ha dado, mientras continuamos en la búsqueda de “entenderlo bien”, volvemos a escuchar las palabras de Pedro: “Ante todo, tened entre vosotros intenso amor, pues el amor lo soluciona prácticamente todo” (1P 4:8).