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La Santísima Trinidad: Crecer en todo en Cristo
by La Rvdmo. Chilton Knudsen
La Rvdmo. Chilton Knudsen  
Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error, antes bien, con la sinceridad en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por la colaboración de los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro, para el crecimiento y edificación en el amor. (Ef 4:14-16).

Cuando nuestro hijo Dan llegó a la adolescencia, esos conocidos granos, típicos del crecimiento, le envolvían cíclicamente. A veces, algunas partes de Dan crecían, mientras otras se mantenían obstinadamente infantiles, intocadas por los granos del crecimiento que aparecían en otras partes de su cuerpo. En determinado momento, sus pies eran los de un adulto, mientras que sus brazos y piernas todavía seguían siendo cortas y regordetas, con una redondez como la de un bebé. Podía ser que su cintura creciese, pero no así sus piernas... y viceversa. Un suave bigote crecía en su labio superior en un lado, pero no en el otro. Su voz podía resonar a veces de forma impactante, con los tonos bajos de un hombre maduro; pero otras veces, aparecían sus agudos infantiles, inocentes, como de pájaro.

El crecimiento es algo que nos sucede de forma desigual. Puede que hayamos madurado en nuestra vida de oración, pero que seamos como bebés en nuestro compromiso con acciones de perdón y justicia. Puede que estemos bien plantados en cuanto al estudio de las Escrituras, pero seamos infantiles para el entendimiento de la historia de nuestra propia Iglesia. Podemos ser fieles seguidores del culto y expertos en liturgia, pero al mismo tiempo estar dando los primeros pasos en la disciplina y sacrificios de la mayordomía. Esto es lo que pasa cuando estamos creciendo... incluso cuando estamos creciendo en Cristo. Cualquier cosa que saquemos del cesto de la ropa sucia, puede resultarnos demasiado estrecha de cuello, o demasiado larga de mangas. No solemos sentirnos cómodos, en la dispareja maduración de nuestros propios seres. Algunas veces nuestra voz aflora profunda y sólida, plenamente madura. Otras veces sólo nos sale un graznido. Qué perturbador puede ser todo esto. Un día somos adultos en a fe...al siguiente somos bebés que balbucean.

La Palabra de Dios nos da confianza. ¡Podemos -nos dice la Palabra- crecer hasta el tamaño de Cristo! ¿Cómo sucede eso? Una vez más es la Palabra la que nos conduce, como lo hará siempre: Diciendo la verdad en el amor; eso es una señal de nuestro crecimiento. ¡Vaya!, es tan fácil decir la verdad en el estacionamiento, pero tan difícil en la mesa donde se toman las decisiones, frente a alguien con quien no estás de acuerdo. La Gracia nos rechaza.. Dios nos da la gracia de hablar con la verdad en el amor que directamente necesita el otro. La Palabra nos recuerda que la madurez cristiana consiste en ser una “parte”, que busca funcionar como debería, coordinada con el crecimiento de todo el cuerpo. Como me dijo una vez un creyente sabio y maduro: ”Soy sólo un instrumento de la sinfonía... y Dios es el director, no yo. Mi tarea es tocar mi parte, tan devotamente como pueda”.

La Palabra menciona enfáticamente la distracción que suponen los trucos de la gente, y nos alerta de la astucia de muchos de los que nos rodean. Cuán tentador es apostar por aquellos portavoces de la certeza doctrinal, gente que envuelve el engaño en lenguaje teológico. Debemos inclinarnos a los Credos esenciales de nuestra fe, como se nos entregaron a través de los siglos. Este texto de la Carta a los Efesios nos llama al discernimiento; al escrutinio atento de cada viento que sopla a nuestro alrededor, a la luz de nuestros Credos fundacionales.

¡Ah!, y también está esa mención de la Palabra al poder del amor, aquello con lo que se construye el cuerpo. Fallo tantas veces a la hora de amar, de amar genuina y sinceramente. Nuestro amor es tan condicional, tan frágil, y se descompone tan fácilmente ante las dificultades. De nuevo, nos apoyamos en la Gracia, puesto que Cristo nos ha dotado generosamente con su muerte y resurrección. Cristo hace por nosotros lo que no podemos hacer por nosotros mismos, y derrama amor en nuestros corazones, de manera que podamos, a partir de esta plenitud, amar a otros con el amor que sobrepasa cualquier entendimiento.

En cada momento de nuestro crecimiento, espiritual o físico, puede que nos encontremos en esa circunstancia desagradable en la que somos maduros e infantiles al mismo tiempo. De hecho, crecer en Cristo es siempre algo desigual, agitado, difícil. Sencillamente, no podemos conseguirlo por nosotros mismos. Pero demos gracias a Dios, con quien todo es posible. Día tras día, PODEMOS crecer en la plenitud de Cristo, al tiempo que recibimos la Gracia de levantarnos cada vez que caemos. Que así sea, querido Señor. Que así sea.