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Bonnie Anderson, Presidente de la Cámara de Diputados Palabras de apertura a la 77a. Convención General

The Episcopal Church
Office of Public Affairs

Miércoles, Julio 4, 2012

Bonnie Anderson, Presidente de la Cámara de Diputados

Palabras de apertura a la 77a. Convención General

4 de Julio de 2012

 

Me encanta el 4 de julio. Soy gran admiradora de los desfiles, los picnics y los fuegos artificiales. Y me encanta especialmente cuando el día puede incluir un partido de béisbol. De hecho hay uno está noche aquí enfrente con fuegos artificiales después. Lo mejor de un partido de béisbol es que se puede llegar tarde. El juego entre Indianápolis y los Murciélagos de Louisville empieza a las 6:05, así que si quieren asistir después de las reuniones del comité legislativo, dense prisa, pueden comprar boletos en Victory Field.

El Día de la Independencia de los Estados Unidos —que es el día en que el Segundo Congreso Continental firmó la Declaración de Independencia que separó a los Estados Unidos de Gran Bretaña— tiene un significado particular para todos los episcopales. Muchos episcopales reunidos aquí disfrutan de un rico legado de lucha por la independencia en otros países de la Iglesia Episcopal, y las banderas que ven detrás de mí en el monitor rinden tributo a esas nobles contiendas. Sin embargo, por accidente de la historia, nuestra Iglesia y su gobierno vinieron a ser porque la Revolución Norteamericana rompió “los frágiles lazos del gobierno eclesiástico” (Dator 13) que vinculaban a las iglesias anglicanas de las [Trece] colonias con la Iglesia de Inglaterra. Y por accidente y la buena fortuna de la Oficina de la Convención General (que obtuvo una mejor tarifa en el Centro de Convenciones por causa del feriado) nos hemos reunido el día nacional de los Estados Unidos. De manera que quiero reflexionar acerca de eso por unos minutos.

Ahora bien, no es verdad, como algunos de nosotros aprendimos en la clase de confirmación, que los próceres fundadores de los Estados Unidos terminaron con la Constitución y cruzaron la calle para establecer la Iglesia Episcopal. Pero los historiadores nos han mostrado que, como sería de esperar, debido a que nuestra Iglesia y los Estados Unidos se formaron por el mismo tiempo, ambos se vieron influidos por una “interfecundación de ideas” (Dator 15).

En efecto, las condiciones de la Revolución Norteamericana son en gran medida responsables del liderazgo del laicado que es uno de los dones de la Iglesia Episcopal. El diputado Tobias Haller escribe sobre esto en su ensayo titulado “Gobernar y dirigir” [“To Govern and to Lead”] que es parte de la colección Gobierno compartido  [Shared Governance]. Los diputados y los obispos diocesanos recibieron una copia por correo electrónico.

La independencia de Inglaterra significó una ruptura con la autoridad del Obispo de Londres.  Lo que es más, muchos sacerdotes entonces eran leales a Inglaterra y nuevos sacerdotes tuvieron que viajar a Inglaterra para ser ordenados. La autoridad ordenada era difícil de encontrar en la naciente Iglesia Episcopal en los Estados Unidos, y el laicado ejerció un importante liderazgo. William White, nuestro primer Obispo Presidente, que al igual que Thomas Jefferson fue alumno de John Locke, se convirtió en campeó de un gobierno compartido por todos los órdenes: laicos, clérigos y obispos. Su fiesta es el 17 de julio, luego que hayamos concluido nuestros deberes y hayamos vuelto a casa, pero no dejen de recordarlo entonces.

Así, pues, a mí me parece auspicioso que comencemos esta 77ª. Convención General —en la cual la estructura de la Iglesia Episcopal promete ser una de nuestras principales inquietudes— el 4 de julio. Al tiempo que celebramos la particular democracia de los Estados Unidos el Día de la Independencia, debemos celebrar el gobierno particular de la Iglesia Episcopal que se convirtió en parte de nuestro ADN debido a las circunstancias de la Revolución Norteamericana en que nuestra Iglesia nació.

Pero, como muchos de ustedes probablemente están pensando ahora mismo, celebrar el 4 de julio no resulta tan liso y llano. No hay que escarbar mucho la superficie del 4 de julio para sacar a relucir los horrores del colonialismo que los Estados Unidos heredó de Gran Bretaña y que sigue imponiendo en gran parte del mundo. También encontrarán en la propia Declaración de Independencia pruebas de la intolerancia y la ignorancia que condujo al genocidio de los nativoamericanos, por el cual aún tenemos que expiar o indemnizar. Y es imposible reflexionar sobre el Día de la Independencia sin reflexionar sobre la institución de la esclavitud que tantos de nuestros próceres fundadores y sus descendientes defendieron hasta la muerte.

El 5 de julio de 1852, en Rochester, Nueva York, Fredrick Douglass pronunció un encendido discurso sobre el 4 de julio que duró más de una hora. No se asusten, que no voy a emularlo, al menos en la longitud [del tiempo].

Frederick Douglass, como pueden saber, nació esclavo y escapó a la libertad. Se convirtió en uno de los principales abolicionistas del país —el más prominente líder afroamericano del siglo XIX— y sus escritos y discursos sirvieron como la conciencia de la nación por muchos años durante la lucha para ponerle fin a la esclavitud.

En su famoso discurso, Douglass habló de aquellos a quienes el Día de la Independencia no independizó:

Las bendiciones en que ustedes se regocijan en este día, no se disfrutan en común.  La rica herencia de justicia, libertad, prosperidad e independencia, legada por vuestros padres, la comparten ustedes, no yo. La luz del sol que os trajo la vida y la restauración, a mi me trajo azotes y muerte. Este 4 [de] julio es vuestro, no mío. Ustedes pueden celebrar, yo debo hacer duelo.

El azote de la esclavitud de los afroamericanos que Douglass combatió ha terminado en este país, pero las plagas del racismo, la opresión, la discriminación, la violencia y la pobreza no han terminado —ni en los Estados Unidos ni en ninguno de los otros quince países de la Iglesia Episcopal. Lo que celebramos el 4 de julio en los Estados Unidos es un ideal que aún no hemos alcanzado. Las palabras de Douglass  aún resuenan con vigencia: las bendiciones en que nosotros, en este día, nos regocijamos, aún no se disfrutan en común.

Al tiempo que nos disponemos a debatir cómo reestructurar la Iglesia, debemos recordar que las bendiciones de la independencia ganadas a través de la lucha en muchos países de la Iglesia Episcopal tampoco se disfrutan en común en la Iglesia. No hemos alcanzado todavía el ideal del liderazgo compartido de laicos, clérigos y obispos. Demasiados líderes potenciales de la Iglesia se ven excluidos porque las personas que ya tienen poder y acceso al dinero, a la tecnología ya la educación disfrutan de los privilegios que no están al alcance de todos nosotros.

Somos un organismo grande y diverso reunido aquí hoy, pero yo sé —todos sabemos— que faltan aún muchas voces. Muy pocos de nosotros reunidos aquí hoy son pobres, jóvenes o personas de color. En nuestro gobierno idealista, pero imperfecto, quedan muchas voces sin oír en los consejos de la Iglesia.

Y lo que es aún peor, en los últimos meses, ha llegado hasta ponerse de moda en algunos círculos el celebrar la naturaleza exclusiva de nuestra Iglesia en nombre de la eficiencia: tratar a nuestro sistema de gobierno como un bote salvavidas en que hay un espacio, pequeño y valioso, de laicos y clérigos, para cuestionar el valor de nuestra autoridad compartida en el futuro de la Iglesia Episcopal, para afirmar que la diversidad de voces en nuestro sistema de gobierno es demasiada, demasiada escandalosa, demasiada desordenada, demasiada cara, demasiada grande.

Este ha sido, francamente, un trienio traumático en los consejos de la Iglesia. Pero al leer el discurso de Frederick Douglass y reflexionar sobre él, encuentro que sus palabras me llevan a la liberación:

Esto, a los fines de esta celebración, es el 4 de julio. Es el nacimiento de vuestra Independencia Nacional, y de vuestra libertad política. Esto es, para ustedes, lo que fue la Pascua para el emancipado pueblo de Dios. Retrotrae vuestras mentes al día y al acto de vuestra gran liberación; y a las señales y a las maravillas, asociadas con ese acto y con ese día.

Ahora bien, lo que Douglass está en definitiva diciéndoles a las personas reunidas ante él en 1852 en Rochester es que la emancipación de ellos no es la de él. La Pascua en verdad no sucede para alguno de nosotros hasta que ocurre para todos. Y él tenía razón en su encendida elocuencia respecto a los males de la esclavitud y el privilegio de los blancos. Les insto a que lean su discurso.

Pero en su justa cólera, Douglass nos remite a la historia de la liberación de Israel. Nuestra verdadera identidad, recordaba yo mientras leía su discurso, no consiste en ser hijos de los próceres fundadores, por mucho bien que su Declaración de Independencia nos haya traído a algunos de nosotros en el mundo y en la Iglesia. Nuestra identidad consiste en que somos los hijos liberados de Dios. Todos nosotros, todos juntos, somos conducidos hacia la Tierra Prometida del reino de Dios.

Si han estado al tanto de las recientes conversaciones sobre la política de la Iglesia, nos reconocerían en los relatos de nuestros  antepasados que fueron liberados de la esclavitud en Egipto. Salieron hacia la Tierra Prometida, esos israelitas, pero estuvieron mucho tiempo pataleando y protestando. ¿Acaso no había sepulcros en Egipto que nos sacaste de allá para morir en el desierto? ¿Qué has hecho con nosotros? ¿Para qué nos sacaste de Egipto? … ¡Mejor nos hubiera sido servir a los egipcios que morir en el desierto!” (Éxodo 14: 11-12).

Seamos sinceros. Nosotros en la Iglesia Episcopal hemos sido obligados a ponernos en marcha hacia la Tierra Prometida. Algunos de nosotros nos sentimos contentos con eso, porque ser la Iglesia institucional de poder y privilegio, la que estábamos acostumbrados a ser, nos parecía muchísimo como ser esclavos en Egipto. A otros de nosotros les iba muy bien en Egipto, y se sentirían más felices regresando allí. Vagamos en un desierto de declinante membresía y de reducciones presupuestarias y estamos segurísimos de que vamos a morir aquí.

Pero no hay regreso a Egipto. Estamos en la calzada de la Tierra Prometida, y hemos dedicado muchísimo tiempo a comportarnos como los israelitas. Lloriqueamos, no confiamos los unos en los otros e intentamos acaparar lo que nos ha sido dado aunque no lo guardemos. Aunque cuando tomamos más de lo que necesitamos, crie gusanos y se descomponga. Y estoy segurísima de que todos podemos nombrar a algunos becerros de oro a los que hemos adorado.

Debemos eliminar eso. Todos nosotros. Si vamos a llegar a la Tierra Prometida juntos, con la integridad intacta, necesitamos de los dones de Dios de todos los que participamos en este viaje. Necesitamos de los que fueron esclavos en Egipto y de los que fueron amos en Egipto y de los que no habían nacido aún cuando salimos de Egipto y de los que vinieron de otros lugares para hacer este camino con nosotros.

Me preocupa que este reciente recorrido por el desierto haya puesto en peligro nuestra identidad fundamental como pueblo cuya democrática toma de decisiones nos ha llevado una y otra vez a asumir la acción profética sobre problemas de justicia y paz y a edificar vigorosas relaciones de misión unos con otro y con nuestras hermanas y hermanos a través de la Comunión Anglicana. Me preocupa que una falsa elección entre la misión y el gobierno nos impida oír las voces de todos los bautizados mientras reestructuramos la Iglesia y creamos un presupuesto para ella.

Es mi oración que el proceso de reestructuración de la Iglesia Episcopal y la creación de su presupuesto nos permita escuchar más de cerca a personas que no ostentan títulos importantes ni se sientan en los consejos de la Iglesia, pero que saben muchísimo —tal vez más que nosotros— del modo de encontrar nuestro camino en el desierto y de cómo crear esa próxima clase de Iglesia que Dios nos llama a ser.

La gran Verna Dozier nos recordaba que nosotros, la Iglesia, somos un gigante dormido, y la manera de despertarnos es asumir la historia bíblica como nuestra historia y comenzar a enfrentarnos con lo que tiene que decir de nuestras vidas y de nuestra senda cómo discípulos cristianos. “Una cosa curiosa sucedió en el camino al reino”, escribió ella en La autoridad del laicado [The Authority of the Laity]. “La Iglesia, el pueblo de Dios, se convirtió en la Iglesia, la institución”.

He aquí lo que voy a hacer en esta Convención General, y les invito a acompañarme. Voy a considerar los próximos nueve días como un largo estudio bíblico en el cual nosotros, la Iglesia institucional, podemos asemejarnos más a la Iglesia pueblo de Dios. Mientras viajamos por el desierto —a través de reestructuración y presupuestos, audiencias y resoluciones— voy a mantener el rostro en dirección a la Tierra Prometida adonde Dios nos llama, hacia la Iglesia del futuro en que se escuchen las voces de todos y se reconozca el liderazgo de todos.

Quiero concluir con un pasaje de Nosotros los teólogos [We Are Theologians] una obra seminal de la diputada Fredrica Harris Thompsett. Escuchen con atención que ella tiene sabias palabras para nosotros:

Si nuestra visión de la Iglesia es magra o incluso modesta, no hemos captado los poderosos hechos de Dios. Si consideramos a los cristianos como irremediablemente asediados, hemos perdido la experiencia de nuestros antepasados de la expansión del reino de Dios. Si rechazamos la sabiduría bíblica porque vemos la Biblia usada como una herramienta de opresión legalista, hemos olvidado la respuesta del evangelio a los fariseos, la manera en que el ministerio liberador de Jesús amenazó a la dirigencia religiosa de su propio tiempo. Si creemos que la complacencia y la indiferencia religiosas  son hábitos modernos, hemos pasado por alto las denuncias de los profetas bíblicos. Y si creemos que la pregunta “¿Qué tiene la Biblia que ver con mi vida?” arroja más luz sobre el cielo que sobre nuestro quehacer en la tierra, hemos perdido la esencia creadora de la obra de Dios.

En los próximos nueve días, reconozcamos con humildad los poderosos hechos de Dios y seamos inspirados por el Espíritu Creador de Dios.   Seamos la Iglesia del pueblo de Dios, unida en nuestro liderazgo compartido y en el amor y la liberación de Jesucristo.

Oremos.

Dios de poder inmutable y luz eterna: Mira con favor a toda tu Iglesia, ese maravilloso y sagrado misterio; por la operación eficaz de tu providencia lleva a cabo en tranquilidad el plan de salvación; haz que todo el mundo vea y sepa que las cosas que han sido derribadas son levantadas, las cosas que han envejecido son renovadas, y que todas las coas están siendo llevadas a su perfección, mediante aquél por quien fueron hechas, tu Hijo Jesucristo nuestro Señor. Amén. (LOC 211-212).