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Convención General Sermón predicado por Obispa Presidente Katharine Jefferts Schori

The Episcopal Church
Office of Public Affairs

Jueves, Julio 5, 2012

El siguiente sermón fue presentado hoy en la 77a Convención General de la Iglesia Episcopal, que se reúne en Indianápolis, Indiana, hasta el 12 de julio.

 

EUCARISTÍA DE APERTURA

Convención General

Jueves 5 de julio

Walter Rauschenbusch, Washington Gladden, Jacob Riis

 

Rvdma. Katharine Jefferts Schori

Obispa Presidente y Primada

Iglesia Episcopal

 

Ésta no es sólo una reunión de la Iglesia Episcopal. Estamos aquí para representar al mundo de la creación de Dios, al que Jesús vino, en medio nuestro, a redimir y santificar. ESTAMOS aquí como episcopales de Taiwán, Micronesia y Hawái, de diferentes regiones de América del Norte, América Central y Sudamérica, del Caribe y de Europa. Tenemos  a invitados anglicanos, ecuménicos e interreligiosos provenientes de muchas partes de Asia, África, Europa y las Islas Británicas, el Oriente Medio, Nueva Zelanda y América, así como de aquí mismo de Indianápolis.

Estamos aquí para hacer causa común a favor de la restauración de este mundo —de sus muchos pueblos y naciones, así como del resto de la creación. El sueño de Dios de un mundo restaurado es a lo que se refiere [el profeta] Isaías: “Mi propósito se cumplirá, y haré todo lo que deseo”.

Nuestro reto permanente es el de mirar más allá de nuestros propios intereses al deseo de Dios para este mundo. Eso seguirá siendo nuestro reto hasta el fin de todas las cosas, porque no hay nada tan característico del pecado como la centralidad de nuestro interés personal. Tendremos repetidas oportunidades aquí de recordar y mirar atrás. Tendremos oportunidades de llegar más allá de nosotros mismos hasta nuestros prójimos de aquí y de muy lejos. Las buenas dádivas que anhelamos para nosotros y para nuestras familias y para nuestra gente son las mismas que Dios desea para todos sus hijos. Los diputados y los obispos son elegidos para tomar en cuenta el bien común, no sólo el de sus propias congregaciones o diócesis, no sólo el de esta Iglesia.

Los santos que conmemoramos aquí  son un recordatorio de esa catolicidad —algunos nos resultan familiares, y otros son nuevos para muchos de nosotros. Los tres que celebramos hoy fueron activistas del reino de Dios en su día. Cada uno de ellos insistió, a su manera, en que el reino de Dios estaba concebido para realizarse tanto en la tierra como en el cielo, y no sólo como algo que esperábamos después de la muerte. Cada uno de ellos nació a mediados del siglo XIX y murió durante la primera guerra mundial. Juntos hicieron el arduo trabajo de la teología, el periodismo y el activismo  en pro de una sociedad más humana y más divina sobre la tierra.

Walter Rauschenbusch fue un teólogo bautista de Nueva York que  sentó las bases del Evangelio Social. Él no se anduvo con rodeos al insistir que el pecado particular engendra el pecado social cundo dijo: “la intolerancia religiosa, la combinación de soborno y de poder político, la corrupción de la justica, el espíritu mafioso… la acción mafiosa, el militarismo y el desdén de clase —todo estudioso de la historia reconocerá que estos [elementos] constituyen las fuerzas constitutivas del Reino del Mal”.[1]  Insistió en que la sustitución del reino de Dios por la salvación personal significaba que la gente “busca salvar sus propias almas y es egoístamente indiferente a la evangelización del mundo” La Buena Nueva al mundo era, a sus ojos, acerca del reino de Dios en esta tierra.

Washington Gladden fue ministro congrecionalista y periodista en Nueva York, Pensilvania y Massachussetts, y durante breve tiempo concejal en Columbus, Ohio.  Entendió el cristianismo como “una religión que está afincada en la vida y cuyo fin primero y fundamental es realizar el Reino de Dios en este mundo”. Él fue el primer clérigo que se pronunció a favor de los sindicatos obreros y, luego de conocer a WEB Dubois y de ver algunas de las realidades de la vida de los afroamericanos en el Sur a principios del siglo XX, laboró diligentemente contra la segregacion. Denunció la corrupción en el gobierno urbano, abogó por la propiedad pública de los recursos municipales y probablemente se le recuerde más por una carta a la junta de misiones de su Iglesia en que denunciaban el que ésta hubiera aceptado dinero “manchado” de un líder de la industria.[2]

Jacob Riis fue un inmigrante danés que llegó a estas costas en 1870. Padeció pobreza, discriminación y explotación y finalmente se convirtió en un conocido periodista. Escribió —y fotografió— acerca de la vida de las cuarterías de los pobres neoyorquinos en Cómo vive la otra mitad [ How the Other Half Lives].  Él y Teddy Roosevelt ayudaron a limpiar el Departamento de Policía de Nueva York, y él también trabajo en la limpieza del acueducto de esa ciudad, contaminado río arriba por aguas negras. Su obra contra las casas de vecindad también dio lugar a la creación de pequeños parques y jardines en Nueva York.

Estos tres evangelistas, proclamadores de las buenas nuevas del reino de Dios, insistieron en que éste era algo que debía realizarse en esta vida “así en la tierra como en el cielo”. Aún vivimos en un mundo de corrupción, intolerancia y desdén hacia muchas clases y condiciones de personas del pueblo de Dios, y mantenemos una propensión por el uso de la fuerza —lo que Rauschenbusch llamó militarismo y comportamiento mafioso.

Contamos aquí con oportunidades en abundancia de abjurar de esos males, de deponer nuestras diversas armas de división y de laborar juntos para el bien común del mundo creado de Dios. ¿Tenemos fe para trabajar juntos hacia esa clase de vida abundante?[3]  En todo lo que hacemos aquí, que recordemos a quienes servimos, que los tratemos como querríamos que nos trataran a nosotros – porque ésa es la Ley y los Profetas y, en verdad, las buenas nuevas del reino de Dios.

 

 

 

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