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Convención General Sermón predicado por Presidente Bonnie Anderson

The Episcopal Church
Office of Public Affairs

Viernes, Julio 6, 2012

El siguiente sermón fue presentado hoy en la 77a Convención General de la Iglesia Episcopal, que se reúne en Indianápolis, Indiana, hasta el 12 de julio.

 

Bonnie Anderson, Presidente

Cámara de Diputados

 

Sermón

6 de Julio de 2012

Convención General – Eucaristía comunitaria

 

 

En el nombre del Creador, del Santificador y del Redentor. Amén.

 

Valor.

En la colecta que rezamos hace unos minutos recordamos que Dios le dio a Juan Hus el valor para confesar la verdad de Dios y para recordarle a la Iglesia la imagen de Cristo.

Hoy somos testigos de un valor increíble. Nuestro antepasado, Juan Hus, que cuestionó públicamente la infalibilidad papal y que también pidió la remoción de un papa hereje. Juan Hus, sacerdote y reformador bohemio, que influyó en el movimiento reformado y que estuvo dispuesto a dar su vida antes que retractarse de su lealtad a la Escritura. Valeroso Juan Hus, quemado en la hoguera mientras cantaba en alta voz “Kirie Eleison”.

 

Valor.

C.S. Lewis nos recuerda que el “valor no es simplemente una de las virtudes, sino la forma de todas las virtudes en el momento de la prueba”.

 

El valor anima todas nuestras virtudes: sinceridad, confianza, humildad, compasión, integridad, denuedo. Sin valor, todas estas virtudes quedan latentes. No hay receta para enseñar valor. El curso de Valor 101 no se enseña en la escuela.

 

No obstante, enséñese o no en la escuela, toda nuestra vida es un aprendizaje de valor. Lo aprendemos de nuestros padres, de nuestros amigos, de las personas que nos sirven de arquetipos, como son las de nuestras comunidades cristianas, de figuras públicas que asumen posturas valientes sobre importantes asuntos de derechos humanos. Aprendemos de la sabiduría de teólogos místicos cristianos de los primeros siglos, tales como Evagrio Póntico, para quien nuestra trayectoria espiritual incluye una conversión esencial que nos lleva del temor al valor permanente.

 

Nunca conoceremos a algunas de las personas que nos dan lecciones de valor. Particularmente en esta era tecnológica tenemos la oportunidad sin precedentes de ser testigos del valor en el mundo entero. Incluso hoy, en esta celebración eucarística, la lengua de los montañeses del Sudeste Asiático, destinados al genocidio en el Laos controlado por los comunistas en 1975, fluye a través de nuestros oídos al cantar la melodía de una composición valiente. El pueblo hmong en Vietnam sigue siendo marginado y vive en la pobreza. Todos los días es llamado a mostrarse valeroso. Ello es intrínseco a su espíritu y a su vida diaria.

 

El valor individual surge en nosotros a partir de recuerdos creados por acontecimientos de la vida —acontecimientos que presenciamos en los que alguien que conocemos, amamos o admiramos se muestra valeroso. O en un momento cuando nosotros mismos salimos en defensa de algo que realmente nos importa.

 

Puedo recordar vívidamente la primera vez que salí en defensa de algo. Apuesto que ustedes también pueden. Ese recuerdo se convierte en el relato de un momento definitorio que se incorpora a nuestra identidad y se torna la piedra fundamental de nuestra moralidad o de nuestro valor moral. Si reflexionamos sobre nuestra vida, cada uno de nosotros probablemente pueda contar hoy acerca de sucesos y de personas que ayudaron a conformar nuestro valor moral. El valor moral nos define en nuestro ser más íntimo y nos impulsa a actuar a pesar del temor.

 

Los actos de valor son contagiosos.  Nos infundimos valor mutuamente. Al igual que la verdad, reconocemos el valor cuando lo vemos y es difícil ser testigo de un acto valeroso y que no nos inspire valor. El valor es una especie de “reacción en cadena” con su propia dinámica. Partiendo del valor individual, que se inspira en momentos definitorios de nuestra vida, una persona actúa y otros se sienten animados a hacer lo mismo.

 

Cuando no “ejercitamos” nuestro valor —como sucede con un músculo se atrofia por falta de ejercicio— éste se debilita y lentamente se desvanece. Sin usarlo regularmente, resulta más difícil sacar a relucir nuestro valor, está menos a nuestra disposición. Finalmente, si no somos habitualmente valerosos, nuestro valor se seca y se convierte tan sólo en un recuerdo de lo que solía ser.

 

Pero no nos equivoquemos. El ejercitar regularmente nuestro valor, el ser un cristiano valeroso, incluso un episcopal valeroso, tiene un alto precio. Pero aquí tenemos una pequeña ventaja. Contamos con un ADN espiritual y religioso. Nuestro bautismo, que no es un mero ritual para ser miembro de la Iglesia, nos coloca a cada uno de nosotros en un linaje ancestral de personas impetuosas y valerosas; por ejemplo, Juan el Bautista y Jesús. El alto costo del curso es que nuestro bautismo, en las palabras de mi amiga Jeannie Wylie Kellerman, exige “obediencia a la aviesa ética de nuestro Señor basada en la vulnerabilidad y en la ganancia a través de la pérdida”.

 

Luego, pueden ver ustedes, ciertamente, que para seguir a Jesús, para ser sus discípulos, tenemos que ejercitar nuestro valor. Tenemos que aprender valor y enseñar valor a través de nuestras propias acciones valerosas nacidas de un amor y de una fe profundos. Debemos estar en una comunidad cristiana que siempre esté centrada en Jesús. Una comunidad cristiana que sea devota, auténtica y fiel. Cantando en alta voz hasta el día que muramos: “Kyrie Eleison”.

 

Amén.

 

 

 

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