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Enseñanza Pastoral de la Cámara de los obispos de la Iglesia Episcopal

The Episcopal Church
Office of Public Affairs

Una enseñanza pastoral de la Cámara de los Obispos de la Iglesia Episcopal: Quito, Ecuador
Lunes, Octubre 3, 2011

 

La Cámara de los Obispos de la Iglesia Episcopal, reunida en la IX Provincia, en Quito, Ecuador, emitió la siguiente enseñanza pastoral:
 
Una enseñanza pastoral de la Cámara de los Obispos de la Iglesia Episcopal: Quito, Ecuador
 
Nosotros, vuestros obispos, creemos que estas palabras de Jeremías describen nuestros tiempos y nos llaman al arrepentimiento cuando nos enfrentamos a la creciente crisis del medio ambiente de la tierra: ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra, y la hierba de todo el campo estará seca? Por la maldad de los que moran en ella han desaparecido bestias y aves. Porque han dicho: “No ve (Dios) nuestros senderos” (Jeremías 12:4)
 
La creciente urgencia de nuestra crisis medioambiental nos desafía en este momento a confesar “nuestros apetitos y hábitos egoístas”, “el abuso y la contaminación de la creación de Dios” y “nuestra falta de preocupación por los que vendrán después de nosotros” (Liturgia del Miércoles de Ceniza, Libro de Oración Común, pp.186-7). También nos obliga a enmendar nuestras vidas y a trabajar por la justicia ambiental y por prácticas ambientalmente más sostenibles.
 
Los cristianos no podemos permanecer indiferentes ante el calentamiento global, la contaminación, el agotamiento de los recursos naturales, la extinción de especies y la destrucción del hábitat, todo lo cual amenaza la vida en nuestro planeta. Debido a que muchas de estas amenazas son ocasionadas por la codicia, también tenemos que trabajar activamente para crear unas economías más compasivas y sostenibles que apoyen el bienestar de toda la creación de Dios.
 
Estamos especialmente llamados a prestar atención al sufrimiento de la tierra. La Red Ambiental de la Comunión Anglicana nos alerta de las terribles consecuencias a que se enfrenta nuestro medio ambiente: “Sabemos. . . que ahora estamos exigiendo más de lo que [la tierra] es capaz de proporcionar. La ciencia confirma lo que ya sabemos: nuestra huella humana está cambiando la faz de la tierra y puesto que venimos de la tierra, nos cambia también a nosotros. Estamos involucrados en el proceso de la destrucción de nuestro propio ser. Si no podemos vivir en armonía con la tierra, no vamos a vivir en armonía los unos con los otros”[i].
 
Este es el momento adecuado para que todos los hijos de Dios trabajemos por el objetivo común de la renovación de la Tierra como un lugar acogedor para el florecimiento de toda la vida. Estamos llamados a hablar y actuar en nombre de la buena creación de Dios.
 
Considerando los relatos de la creación en el Génesis, vemos que la creación de Dios era “muy buena”, que proporciona todo lo que los humanos necesitamos para una vida abundante y pacífica. Al crear el mundo, la solicitud amorosa de Dios se extendió a su totalidad, no solamente a los seres humanos. Y el alcance del amor redentor de Dios en Cristo es igualmente amplio: el Verbo se encarnó en Cristo, no sólo por nosotros, sino para la salvación de todo el mundo. En el libro del Apocalipsis leemos que Dios va a restaurar la bondad y la integridad de la creación en la “nueva Jerusalén”. Dentro de esta nueva ciudad, Dios renueva y redime al mundo natural en lugar de arrasarlo. Ahora vivimos en ese tiempo entre la creación de Dios de este mundo bueno, y su redención final: “La creación entera gime con dolores de parto hasta el presente, y no sólo la creación, sino también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Romanos 8:22-3).
 
Afirmando el testimonio bíblico de amor duradero y global por la creación de Dios, reconocemos que no podemos separarnos a nosotros mismos como seres humanos del resto del orden creado. La misma historia de la creación presenta la interdependencia de todas las criaturas de Dios en su maravillosa diversidad y fragilidad, y en su necesidad de protección frente a peligros de todo tipo. Esta es la razón por la que la Iglesia reza regularmente por la paz de todo el mundo, por un clima estacional y por la abundancia de los frutos de la tierra, por un reparto justo de los recursos y por la seguridad de todos los que sufren. Esto incluye a todas las criaturas: animales, aves y peces que están siendo destruidos o se enferman por los efectos a largo plazo de la deforestación, los derrames de petróleo, y una multitud de maneras en las que, intencionalmente o no, destruimos o envenenamos su hábitat.
 
Uno de los retos más peligrosos y difíciles que enfrentamos es el cambio climático global. Esto es, al menos en parte, resultado directo de nuestro consumo de combustibles fósiles. Tales actividades humanas podrían aumentar en todo el mundo el promedio de las temperaturas de tres a once grados centígrados en este siglo. El aumento del promedio de las temperaturas ya está causando estragos ambientales, y, si no se controla, augura consecuencias devastadoras en todos los aspectos de la vida en la tierra.
 
La Iglesia siempre ha contado entre sus prioridades la preocupación por los pobres y los que sufren. Por lo tanto, no es necesario ponerse de acuerdo sobre las causas fundamentales de la devastación humana del medio ambiente, o sobre qué nivel de vida permitirá un desarrollo sostenible, o sobre las raíces de la pobreza en una cultura, a fin de trabajar para minimizar el impacto del cambio climático. Son los pobres y los desfavorecidos quienes más sufren a causa de una irresponsabilidad ambiental insensible. La pobreza es una realidad local y global. Una economía sana depende absolutamente de un medio ambiente sano.
 
Las naciones más ricas cuyas industrias han explotado el medio ambiente, y que ahora están pidiendo a las naciones en desarrollo que reduzcan su impacto sobre el medio ambiente, parecen haber olvidado que los que consumen la mayor parte de los recursos del mundo también han contribuido a la mayoría de la contaminación de los ríos y océanos del mundo, han despojado a los bosques del mundo de árboles que ofrecen sanidad, han destruido numerosas especies y sus hábitats y han añadido la mayoría del veneno a la atmósfera de la Tierra. No podemos evitar la conclusión de que la producción industrial irresponsable y una economía movida por el consumo se encuentran en el corazón de la actual crisis ambiental.
 
Los cristianos más privilegiados en nuestro contexto global actual debemos pasar de una cultura de consumismo a una cultura de conservación e intercambio. El desafío consiste en examinar la participación de uno mismo en los hábitos ecológicamente destructivos. Nuestras iglesias deben convertirse en lugares donde haya debates honestos sobre formas de vida más sostenible y se anime a vivir conforme a ellas. Dios nos llama a morir a las viejas formas de pensar y de vivir y a resucitar a una nueva vida con un corazón y mente renovados.
 
Aunque como pueblo de fe nos dividan muchos temas, una cooperación ecuménica e interreligiosa sin precedentes nos está involucrando en la preocupación de proteger a nuestro planeta. Y, sin embargo, los esfuerzos para detener la degradación ambiental no deben ser simplemente impuestos desde arriba. Los más afectados deben formar parte en la toma de decisiones. Por ejemplo, en Estados Unidos damos la bienvenida a los esfuerzos por involucrar a los líderes tribales nativo americanos y por capacitar a las organizaciones comunitarias locales para abordar las cuestiones del medio ambiente. Estrategias similares deben ser empleadas en numerosas comunidades en todos los lugares.
 
Nuestros retos ambientales actuales nos piden permanentes formas de arrepentimiento: tenemos que cambiar y llegar a pensar, sentir y actuar de nuevas maneras. La sabiduría antigua y las disciplinas espirituales de nuestra fe nos ofrecen profundos recursos para ayudarnos a enfrentarnos a esta crisis ambiental. Prácticas -consagradas por el tiempo- de ayuno, la observancia del sábado y una atención centrada en Cristo nos brindan una prometedora promesa para nuestro tiempo.
 
El ayuno sana y disciplina nuestros deseos y apetitos caprichosos, y nos conduce a equilibrar nuestras necesidades individuales con la voluntad de Dios para el mundo entero. En el ayuno reconocemos que el hambre humana requiere más que llenar el estómago. Solamente en Dios quedan nuestros deseos finalmente satisfechos. El ayuno, recomendado en el Libro de Oración Común, se basa en las prácticas de Israel, enseñadas por Jesús y mantenidas en la tradición cristiana. La crisis ecológica conserva y profundiza el significado del ayuno como una forma de autonegación: aquellos que consumen más de su justa parte deben aprender a actuar con moderación a fin de que toda la comunidad de la creación pueda ser alimentada.
 
La práctica de la atención centrada en Cristo, es decir, la recolección habitual en Cristo, llama a los creyentes a un conocimiento más profundo de la presencia de Dios en sus propias vidas, en otras personas y en todos los aspectos del mundo que nos rodea. Tal percepción espiritual debería mantener a los fieles en alerta de los efectos dañinos de nuestro estilo de vida, atentos a nuestra huella de carbono [ii] y de los peligros del consumo excesivo. Debe hacernos profundamente conscientes del don de la vida y menos propensos a ser ecológicamente irresponsables en el consumo y la adquisición.
 
Al asumir con nuevo vigor nuestro deber de enseñar, nosotros, vuestros obispos, nos comprometemos a una renovación de estas prácticas espirituales en nuestras propias vidas y les invitamos a que se unan a nosotros en este compromiso por el bien de nuestras almas y de la vida del mundo. Más aún, a fin de honrar la bondad y la santidad de la creación de Dios, nosotros, como hermanos y hermanas en Cristo, nos comprometemos y exhortamos a todos los episcopales:
 
A reconocer la urgencia de la crisis planetaria en la que nos encontramos, y a arrepentirnos de todo acto de codicia, consumo excesivo y malgasto que haya contribuido a ello.
A elevar oraciones en el culto personal y público por la justicia ambiental, por un desarrollo sostenible, y para ayudar al restablecimiento de las relaciones apropiadas, entre los seres humanos y entre la humanidad y el resto de la creación.
A tomar medidas en nuestras vidas individuales y en la comunidad, en la política pública, negocios y otras formas de toma de decisiones corporativas, para practicar una justicia y mayordomía ambiental, incluyendo (1) un compromiso en la conservación de energía y el uso de energía limpia, renovables fuentes de energía, y (2) esfuerzos para reducir, reutilizar y reciclar, y siempre que sea posible comprar productos hechos de materiales reciclados.
A tratar de comprender y arrancar de raíz las causas políticas, sociales y económicas del abuso y la destrucción ambiental, [iii].
A abogar por un tratado climático “justo, ambicioso y vinculante”, y a trabajar por la justicia climática mediante la reducción de nuestra huella de carbono y defender a los más afectados por el cambio climático.
Que Dios nos dé la gracia de escuchar las advertencias de Jeremías y de aceptar la amable invitación del Verbo encarnado de vivir, en, con, y a través de él, una vida de gracia para el mundo entero, para que así toda la tierra pueda ser restaurada y la humanidad llena de esperanza. Regocijándonos en tus obras, oh Señor, envíanos con tu Espíritu a renovar la faz de la tierra, para que el mundo vuelva a ser colmado de tus cosas buenas: los árboles regados abundantemente, aguas corriendo entre las colinas de verdes valles, toda la tierra fecundada, tus múltiples criaturas, los pájaros, las bestias y los seres humanos, todos saciando su sed y recibiendo de nuevo alimento a su debido tiempo (Salmo 104).
 
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[i] >De “The Hope We Share: A Vision for Copenhagen,” una declaración de la Red Medioambiental de la Comunión Anglicana en preparación de la Convención sobre el Cambio Climático en las Naciones Unidas  (UNFCC), diciembre 2009.
[ii] La huella de carbono es una medida de todos los gases que producimos en nuestra vida diaria por la quema de combustibles fósiles para crear electricidad, calefacción, transporte, etc.
[iii]Estamos en deuda con los obispos episcopales de Nueva Inglaterra por su carta pastoral publicada a principios de 2003, “Servir a Cristo en toda la creación”. Varios de estos “compromisos” y otras frases son citas o adaptaciones de su trabajo.