La Obispa Presidente de la Iglesia Episcopal, Katharine Jefferts Schori ha publicado una Carta Pastoral sobre la paz israelí-palestina.
UNA CARA PASTORAL SOBRE LA PAZ ISRAELÍ-PALESTINA
En el monte santo está la ciudad que él fundó;
ama el Señor las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob.
De Sión se dirá:“Todos han nacido en ella, y el Altísimo mismo la sostendrá”
-- Salmo 87 (página 605, Libro de Oración Común)
Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,
Los acontecimientos de las últimas semanas han conducido una vez más el pensamiento de muchos en todo el mundo al viejo conflicto israelí-palestino. Nuevos actos de violencia y hostilidad dirigidos contra el Estado de Israel desde los estados vecinos de la región, la continua expansión de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos, y la esperada consideración en las Naciones Unidas sobre el asunto de un Estado palestino son todos reflejo de la insostenible naturaleza de la realidad actual. Mientras que el optimismo de una negociación real y constructiva entre las dos partes se atenuó en el último año, los acontecimientos de las últimas semanas - y las nuevas oportunidades que pueden presentar - nos invitan a reflexionar en oración sobre lo que cada uno puede hacer para brindar una nueva esperanza a aquellos que viven, se mueven y tienen su ser en la realidad cotidiana de este conflicto en la tierra llamada santa por todos los hijos de Abrahán.
I. El momento presente
En un principio, vale la pena observar lo que la Iglesia Episcopal ha dicho en repetidas ocasiones a lo largo de varias décadas: una paz justa y duradera entre israelíes y palestinos solamente puede lograrse mediante negociaciones bilaterales entre las dos partes. Este importante principio se reafirmó el mes pasado por un comunicado conjunto de los Patriarcas y Jefes de las Iglesias locales de Jerusalén. Los contornos de lo que tales negociaciones deben producir son tan claros como siempre: una solución de dos Estados que establece la seguridad y el reconocimiento universal de Israel y la seguridad de todos sus habitantes, la viabilidad y la integridad territorial de un Estado para el pueblo palestino, y una puesta en común de la ciudad santa de Jerusalén.
Por desgracia, la brecha entre este resultado y la voluntad política y moral necesarias para lograrlo ha demostrado ser amplia. Hace apenas un año, existía la esperanza de que las negociaciones comenzarían, y que - en particular con la participación del Presidente de Estados Unidos - el momento de una solución pacífica, finalmente podría haber llegado. Trágicamente, los acontecimientos de los últimos años han alejado más a las partes en vez de acercarlas, llevando a algunos a preguntarse si los esfuerzos internacionales para apoyar el proceso de paz han perdido credibilidad y si hay algún camino hacia unas negociaciones significativas.
Sin embargo, incluso en medio de tal crisis y complejidad, se pueden observar dos razones muy poderosas para seguir participando. En primer lugar, la gente de cada lado comparte un sueño común de un futuro de paz y un apoyo político común en los compromisos necesarios para lograrlo. En segundo lugar, a pesar de que cada lado se siente frustrado y cree que el momento actual es insostenible, casi todos están de acuerdo en que un futuro sin paz es aún más insostenible. Nuevas discusiones entre israelíes y palestinos durante este fin de semana pasado sobre la reanudación de las negociaciones en un futuro próximo son un recuerdo de que debemos mantener la esperanza y apoyar activamente a aquellos que buscan lograr la paz.
Si estamos de acuerdo en que un futuro sin paz no es futuro en absoluto, y que las negociaciones entre israelíes y palestinos son la única manera de lograr la paz, debemos preguntarnos lo que cada uno de nosotros puede hacer para apoyar a las partes para que inicien juntos el camino hacia la paz.
II. Un Estado palestino y las Naciones Unidas
Como indicó el Consejo Ejecutivo de nuestra Iglesia en una resolución aprobada en junio, los esfuerzos de la Autoridad Palestina hacia el reconocimiento de la condición de Estado en las Naciones Unidas son una respuesta al impasse del momento presente. No son un rechazo de la necesidad de negociaciones, sino una respuesta a la ausencia de negociaciones. Los palestinos comparten con los israelíes el dolor y la frustración de un conflicto que ha entrado ahora en su séptima década, pero carecen del derecho político de la auto-determinación al que todas las personas tienen derecho.
La cuestión de cómo la comunidad de naciones debe lidiar sobre la propuesta del reconocimiento de Palestina en las Naciones Unidas es más complejo que si una resolución sobre la condición de Estado debe ser afirmada o rechazada. Lo que está claro es que el aislamiento diplomático de Israel que podría resultar de una votación en la que solo un puñado de naciones denegara el reconocimiento de un Estado palestino no sería productivo para lograr la paz. Al mismo tiempo, también está claro que una votación en la que Estados Unidos, como principal agente internacional en el proceso de paz, vote - ya sea por sí mismo o con otros miembros del Consejo de Seguridad - en contra incluso de un reconocimiento simbólico de un Estado palestino seria profundamente contra productivo.
El curso más responsable para las Naciones Unidas sería que los estados miembros pensaran más allá de la cuestión de un reconocimiento simbólico de un Estado palestino y en su lugar ofrecieran una propuesta sustancial nueva y creativa para un proceso de negociación que pueda producir resultados duraderos y significativos. Si el proceso de negociaciones se ha roto o ha perdido credibilidad - como aparece en casi toda la evidencia actual – es no sólo apropiado sino imperativo que los líderes mundiales, incluyendo a los líderes israelíes y palestinos, trabajen para arreglarlo. El momento de las declaraciones simbólicas ha pasado. Como los jefes de las Iglesias locales en Jerusalén, dijeron en su reciente declaración: “Las negociaciones son la mejor manera de resolver todas las cuestiones pendientes entre las dos partes”, y este es el momento de “intensificar las oraciones y los esfuerzos diplomáticos hacia la paz”.
Me siento alentada por las acciones del Cuarteto para la paz en Oriente Próximo - Estados Unidos, las Naciones Unidas, la Unión Europea y Rusia - para responder a la resolución de un Estado palestino con la presentación de un plan claro para que las partes vuelvan de inmediato a la mesa de negociaciones. Es alentador ver que los líderes israelíes y palestinos han expresado su apertura a este curso, y espero que las próximas semanas ofrezcan oportunidades significativas para que cada uno de nosotros pueda apoyar a las partes para que se sienten a la mesa.
III. Lo que podemos hacer
Entonces, la pregunta para cada uno de nosotros es ¿qué podemos hacer para contribuir a la creación de la paz en la Tierra Santa? En este caso, ¿cómo vivimos nuestro pacto bautismal de luchar por la justicia y la paz y promover la dignidad de todo ser humano?
En última instancia, tendremos que decidir cómo apoyar a nuestros propios dirigentes políticos. Pero primero quiero hacer hincapié en la especial responsabilidad que tenemos como cristianos de solidarizarnos con las comunidades cristianas de la Tierra Santa que sufren los dolores del conflicto y siempre actúan como agentes de paz. El obispo Suheil Dawani, el obispo anglicano de Jerusalén, en una reciente conferencia en Londres, sobre los cristianos de la Tierra Santa, se expresó de esta manera: “Como cristianos, estamos llamados a ser constructores de paz, a seguir ofreciendo esperanza donde se haya debilitado, a ser las voces de los sin voz y a defender una paz justa y duradera. Tenemos que trabajar juntos con personas de otras religiones para alentar a los políticos a que dejen de lado la política y se encuentren a mitad de camino, donde todas las personas son iguales: los marginados y los poderosos, los pobres y los ricos, los hombres y las mujeres, los niños y los ancianos, independientemente de la fe o condición social”.
Por desgracia, la presencia cristiana en la Tierra Santa ha disminuido notablemente en el transcurso de las últimas décadas. Las causas de esto son complejas y variadas, y se relacionan de muchas maneras con las realidades de los conflictos que han afectado a la zona y a las comunidades circundantes. Si vamos a ayudar a mantener la presencia cristiana, las “piedras vivas” de la tierra en la que nuestro Señor anduvo y en la que nació la Iglesia, debemos apoyar con energía a las comunidades cristianas en su testimonio variado.
La Diócesis de Jerusalén está involucrada en múltiples iniciativas críticas para mejorar la vida de todas las personas en la Tierra Santa, sobre todo mediante la educación, la salud, y la creación de un diálogo religioso entre la gente de cada una de las tres grandes tradiciones abrahámicas. Animo a todos los episcopales a leer el discurso del obispo Dawani en la conferencia de Londres este verano Bishop Dawani’s address (1), para aprender más acerca de los ministerios de la diócesis de Jerusalén, y considerar en oración lo que ustedes pueden hacer para apoyar a esos ministerios mediante socios como la Agencia Episcopal de Ayuda y Desarrollo Episcopal Relief and Development(2) y los Amigos Americanos de la Diócesis Episcopal de Jerusalén American Friends of the Episcopal Diocese of Jerusalem.(3)
No solo la inversión financiera en estos ministerios apoya a la misión de la Iglesia en el lugar de su nacimiento, sino que también ayuda al desarrollo de la infraestructura económica y social de los territorios palestinos. En 2006 la Iglesia afirmó esto como clave para la creación de un futuro Estado palestino en la Ribera Occidental y en la Franja de Gaza.
Como el obispo Dawani nos recuerda, también los cristianos tienen la responsabilidad de la defensa de sus gobiernos, pidiendo a los políticos que busquen soluciones nuevas y creativas a mitad de camino entre las antiguas y persistentes posiciones que los dividen.
Como nuestro gobierno tiene el potencial de ser la fuerza externa más potente en la resolución del conflicto, los americanos tenemos varias medidas claras que podemos adoptar. En vista de la propuesta del Cuarteto para la inmediata reanudación de las negociaciones entre israelíes y palestinos, estoy pidiendo a la Oficina de Relaciones Gubernamentales de nuestra Iglesia en Washington que inicie campañas de defensa en las próximas semanas en torno a varias acciones clave:
Estos actos de defensa deben ser llevados adelante no sólo por los representantes de nuestra Iglesia, en Washington, sino por cada uno de nosotros en Estados Unidos, por lo que insto a todos los episcopales de EE.UU. a unirse a la Red Episcopal de Políticas Públicas, Episcopal Public Policy Network,(4) la cual, en las próximas semanas, llevará a cabo acciones de promoción de base en torno a estas cuestiones importantes.
Para los episcopales que no viven en Estados Unidos, la defensa con sus gobiernos no es menos importante y animo a varias respuestas adicionales de defensa:
Por último, y muy fundamentalmente, insto a todos los episcopales a que oren regularmente por todo el pueblo de la Tierra Santa, por la paz entre los hijos de Abrahán, y por un futuro compartido que refleje la visión del salmista de Jerusalén como “una ciudad bien unida entre sí”, que haya paz dentro de sus murallas y tranquilidad en sus ciudadelas. (Salmo 122).
IV. Una palabra final
No hay duda de que el impasse del momento presente ha elevado las frustraciones en todos los sectores a nuevos máximos. Para los palestinos, los desafíos y las cargas de la vida bajo la ocupación y una reducción de la huella por un futuro Estado palestino, son insostenibles. Para los israelíes, el temor de que los cambios en la región aumenten la violencia y la hostilidad en todas las direcciones tras una década de relativa armonía es igualmente insostenible. Para aquellos de nosotros que amamos tanto a Israel como al pueblo palestino, la frustración de un fomento continuo de soluciones políticas que no llegan a buen término es discapacitante y desmoralizador. Es justo decir que no sólo estamos en un callejón sin salida, sino en una crisis real.
El mayor riesgo en estos momentos de crisis es que la frustración conduce a una reducción ulterior, a una mayor polarización que pasa por justa ira y a la creación de corazones de piedra en lugar de corazones de carne. Sin embargo, la fe compartida por los hijos de Abrahán exige una respuesta diferente. Exige que veamos que el repliegue mismo, en todas partes, es precisamente lo que ha creado la crisis del momento presente, una crisis de conflicto de generación en generación. Si somos serios acerca de la visión bíblica de Jerusalén como la posesión de Dios, que permanece como una señal de la paz y justicia de Dios para las naciones, debemos ser los mensajeros que anuncien la paz en los momentos en los que parece más difícil lograrla. Debemos, como nos recuerda el obispo Dawani, coger las manos de los políticos y llevarlos a que se encuentren a mitad de camino, a que logren compromisos que ellos pueden encontrar incómodos o incluso antes impensables, a una paz real y significativa.
Algunos se preguntarán por qué debemos mantener la esperanza cuando cada año que pasa se siente como un cierre adicional de la ventana que debe lograr la paz y cada nuevo evento parece ser un nuevo impedimento para la paz en vez de un incentivo. Recordemos lo que el compromiso de millones de personas de buena voluntad ha logrado en este conflicto. La última década ha logrado para los palestinos una infraestructura económica y social que no existía antes y una gestión eficaz en la Ribera Occidental que se puede demostrar que es seria sobre la paz y es tenida en gran estima por los asociados internacionales. Para los israelíes, la última década ha conseguido una seguridad y bienestar que, aunque lejos de ser perfectos, sin embargo, son tan firmes como lo hayan sido en ningún momento desde 1948. Esto no hubiera sido posible sin el compromiso, apoyo y amistad de millones de personas en todo el mundo. Es precisamente debido a que estos avances ahora parecen encontrarse en situación de riesgo la razón por la que los niveles de frustración han aumentado, pero es precisamente debido al hecho de que estos avances se encuentran en riesgo lo que debe inspirarnos a continuar.
La gente de fe está llamada a ser gente de esperanza, incluso cuando todo parece más oscuro. Únanse a mí esperando más allá de la esperanza por una solución fructífera en esta crisis. Permitan que nuestra motivación surja de la visión de Isaías de decir en voz alta a Jerusalén que su tiempo de guerra realmente ha terminado.
Su servidora en Cristo,
La Rvdma. Katharine Jefferts Schori
Obispa Presidente y Primada
1 http://www.archbishopofcanterbury.org/articles.php/2135/archbishops-host-international-conference-on-christians-in-the-holy-land-opening-speeches
2 http://www.er-d.org/JerusalemWestBankGaza/
3 http://www.afedj.org
4 www.episcopalchurch.org/eppn