La cumbre de los ministerios de la frontera reúne a diócesis del suroeste, de California y de México

November 21, 2018

La frontera entre El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México, es el segundo cruce fronterizo más concurrido entre EE.UU. y México. Una estrecha franja del Río Grande separa las dos ciudades, cuya población conjunta asciende a más de 2 millones de personas. Desde las montañas Franklin en El Paso la frontera es invisible. Foto de Lynette Wilson/Episcopal News Service

[Episcopal News Service – El Paso, Texas] Mientras conducía a lo largo de la autopista Interestatal 25 de Albuquerque en dirección a Las Cruces, Nuevo México, Michael Hunn, el obispo de Río Grande, divisó una valla al lado izquierdo de la carretera , justo al sur de Belén, que casi le hizo chocar su camioneta.

“Me quedé tan confundido por el cartel. Decía en grandes letras, dos oraciones: ‘El cielo tiene un muro y estrictas normas migratorias. El infierno tiene fronteras abiertas’”, dijo Hunn, que entonces era obispo electo. “Casi arruino la camioneta… Tuve que desacelerar… ¿Realmente dice eso? Me sentí tan confundido, y aún sigo confundido”.

La valla le recordaba a Hunn —que antes de su elección como obispo de Río Grande fue el canónigo del obispo primado Michael Curry para el ministerio dentro de la Iglesia Episcopal— que “para aquellos de nosotros en la Iglesia, parte del quehacer de vincularse a Jesucristo y seguirle siempre es teológica. Y estamos viviendo en una sociedad y en una cultura donde hay cristianos que van regularmente a la iglesia e interpretan su fe de tal manera que pueden comprar una valla anunciadora que diga: ‘El cielo tiene un muro y estrictas normas de inmigración. El infierno tiene fronteras abiertas’.

“Si ese sentimiento está ahí, si esa teología está ahí —y yo creo que es real en todos nuestros lugares— luego tendría sentido para nosotros como episcopales, para nosotros como anglicanos, hacer alguna labor teológica”, dijo Hunn, el 18 de noviembre en su sermón durante la eucaristía de clausura de la primera Cumbre de Ministerios de la Frontera que [tuvo lugar] aquí en El Paso.

La próxima Cumbre de Ministerios de la Frontera tendrá lugar en Tucson, Arizona, del 14 al 16 de noviembre de 2019.

Alrededor de 60 personas asistieron a la cumbre que se celebró del 16 al 18 de noviembre en el [hotel] Marriott de El Paso. Aunque la cumbre se centró en los ministerios de la frontera llevados a cabo por las diócesis que comparten una frontera con México, los asistentes vinieron de tan lejos como Massachusetts. Una vez que un migrante o un solicitante de asilo cruza la frontera de EE.UU., con frecuencia viaja a otros estados en busca de trabajo o para reunirse con su familia. La Diócesis de Río Grande, que abarca el 40 por ciento de la frontera entre EE.UU. y México, auspició la cumbre para reunir a personas dedicadas a un ministerio fronterizo a fin de compartir experiencias y para relacionarse.

“Aproximadamente hace un año, comencé a fijarme en los ministerios fronterizos y pregunté que estaba pasando en otras diócesis”, dijo el Rdo. Paul Moore, que preside el Ministerio Fronterizo de la Diócesis de Río Grande y quien organizó la cumbre. La próxima cumbre tendrá lugar del 14 al 16 de noviembre de 2019 en Tucson, Arizona.

La cumbre coincidió con caravanas de migrantes que seguían llegando a la frontera de EE.UU. y México. Cientos de migrantes centroamericanos comenzaron a llegar el 14 de noviembre a Tijuana, México, y a otros puertos de entrada. Las caravanas han sido politizadas en Estados Unidos y en sus países de origen en Centro América, Guatemala, El Salvador y Honduras, donde uno de los principales móviles de la migración y de los desplazamientos forzosos por causa de la violencia, con frecuencia se niega. Aquí en Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha definido a los migrantes económicos y solicitantes de asilo como un “asalto a nuestro país” y su administración ha desplegado 8.000 soldados en la frontera. El Presidente ha prometido negar peticiones de asilo a los migrantes que intenten entrar ilegalmente en Estados Unidos, es decir no a través de uno de los puntos de entrada designados como tales.

Sin embargo, como bien lo saben las personas como Moore, al vivir junto a la frontera, como él lo ha hecho durante más de 25 años, uno puede sentirse a horcajadas sobre dos culturas, y los cruces fronterizos, ya para ir de compras o a la escuela, en busca de atención médica o de trabajo, o para reunirse con la familia, tienen lugar a diario. De hecho, antes de 1996, la gente cruzaba la frontera fácilmente para trabajar y regresaba a su hogar con su familia. Pero cuando el entonces presidente Bill Clinton firmó la Reforma de la Inmigración Ilegal y la Ley de Responsabilidad del Inmigrante, los cruces se hicieron demasiado peligrosos y la gente comenzó a quedarse en Estados Unidos.

La ley, dijo Moore, “creó una población permanente”, en algunos casos, separando a las familias, mientras la gente se quedaba en Estados Unidos a fin de trabajar y enviarles dinero para sostenerlos.

Durante los últimos dos años, Moore, que también presta servicio como rector de la iglesia del Buen Pastor [Church of the Good Shepherd] en Silver City, Nuevo México, ha celebrado la eucaristía el domingo más cercano al Día de la Madre en México, el 10 de mayo, en medio del Río Grande, que separa a EE.UU. y México, cerca de Lajitas, Texas. La eucaristía es parte de un evento anual que congrega a personas y reúne brevemente a familias de ambos lados de la frontera.

La eucaristía es uno de los muchos ministerios episcopales-anglicanos que tienen lugar a lo largo de la frontera.

El 17 de noviembre, representantes de las diócesis del Norte de México, de Texas Occidental, de Arizona,  de San Diego, de México Occidental y de Río Grande hicieron presentaciones. En McCallen, Texas, el Rdo. Rod Clark, vicario de San Pedro y San Pablo [St. Peter and St. Paul] en la vecina Mission, ofreció un ‘martes de tacos’para alimentar a los hambrientos; él también organiza inmersiones para personas interesadas en aprender a vivir en la frontera; y proporciona acercamientos con los agentes de la patrulla fronteriza, que con frecuencia tienen un trabajo difícil e ingrato y que, a veces, puede ser malinterpretado.

La Diócesis de Texas Occidental ha dirigido durante décadas Fronteras Unidas, un [programa] que ofrece educción continua a clérigos de ambos lados de la frontera y proporciona préstamos para microempresas a mujeres en el sur de México.

En Nogales, México, el Rdo. Rodger Babnew, Jr., diácono que presta servicio en la iglesia episcopal de San Andrés [St. Andrew’s Episcopal Church] en la Diócesis de Arizona, junto con un colega del Sínodo del Gran Cañón de la Iglesia Evangélica Luterana en América, dirige un sistema de albergues de cinco instalaciones y capacidad para 780 personas. Desde que las caravanas empezaron a llegar, de 18 a 22 familias han estado saliendo diariamente del albergue para solicitar asilo en la frontera, mientras hace dos semanas, veían salir del albergue de tres a cinco por semana.

En San Diego, California, fronteriza con Tijuana, México, el puerto de entrada más concurrido, donde los agentes de Inmigración y Aduanas han estado liberando diariamente de 75 a 100 solicitantes de asilo a quienes dejan sin ayuda en la estación de autobuses, los episcopales han estado supliendo paquetes con útiles de aseo y otros artículos esenciales, y han llevado una ducha de emergencia portátil.

En Tucson, han estado sirviendo voluntariamente en Casa Alitas, un albergue de corto plazo, que ofrece a migrantes y solicitantes de asilo un lugar para estar antes de abordar autobuses y aviones para reunirse con familiares en otras partes del país mientras esperan su juicio de inmigración.

Estas son sólo una muestra de los permanentes ministerios episcopales que han estado ocupados a lo largo de la frontera durante años. Dada la cobertura que los medios de prensa le han dedicado a la caravana, puede resultar fácil olvidar que varios miles de personas llegan dodos los días a la frontera de EE.UU. En 2017, un promedio de 850 personas eran arrestadas intentando cruzar ilegalmente la frontera, sin embargo, esa cifra es bastante menor que los 1.983 de 2007, según el Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de EE.UU.

Por ejemplo, cientos de personas salieron de El Salvador el 31 de octubre en tres diferentes caravanas, pero como el obispo David Alvarado de El Salvador dijo durante una presentación el 18 de noviembre sobre las causas fundamentales de la migración, entre 200 y 300 personas se van diariamente de El Salvador, uno de los países más violentos del mundo.

A través del Triángulo Norte de América Central, una región que incluye El Salvador, Guatemala y Honduras, más de 700.000 personas han sido desplazadas forzosamente por la violencia. No obstante, este es un fenómeno global que afecta a 68,5 millones de personas, una cifra récord, en todo el mundo.

La Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal con sede en Washington, D.C., compiló Una respuesta fiel a la caravana: cinco cosas a saber

Entre presentaciones diocesanas, los talleres de la cumbre se centraron en la labor social, las leyes de inmigración, la lucha contra el racismo así como la defensa social y la participación de la Iglesia Episcopal respecto a la inmigración, la migración y los refugiados en el ámbito federal.

“La política oficial de la iglesia sobre la inmigración se remonta a las resoluciones de la década del 30 [del pasado siglo] que piden la atenuación de las políticas migratorias restrictivas y racialmente discriminatorias, y luego, a través del siglo XX, instando a las parroquias a participar activamente en el auspicio de reasentamiento de refugiados y en las protecciones de los derechos civiles para inmigrantes indocumentados”, explicó Lacy Broemel, analista sobre refugiados y política de inmigración de la Iglesia Episcopal.

Broemel opera desde la Oficina de Relaciones Gubernamentales de la Iglesia Episcopal que tiene su sede en Washington, D.C. y la cual representa las políticas prioritarias de la Iglesia —tal como las determinan principalmente las resoluciones de la Convención General y del Consejo Ejecutivo— ante el gobierno de EE.UU.  Las resoluciones, explicó ella, se centran en varios temas, incluida la unidad de la familia: impugnando la discriminación y el racismo inherentes en muchas políticas restrictivas de inmigración; ofreciendo soluciones normativas y estables a largo plazo para inmigrantes mediante una vía conducente a la ciudadanía; protegiendo los derechos humanos y el debido proceso; ofreciendo protecciones a los refugiados; motivando a los refugiados e inmigrantes LGBTQ y abordando las causas raigales de la migración mediante la promoción de la paz y el desarrollo.

“La Iglesia reconoce que EE.UU. tiene legítimas necesidades de seguridad, pero podemos ser a un tiempo compasivos y sensibles. La Iglesia reconoce que los inmigrantes y los refugiados aportan dones que enriquecen a nuestra Iglesia y a nuestra nación”, dijo Broemel. “Y es importante destacar que la Iglesia Episcopal no sólo camina junto a los refugiados e inmigrantes a través de estas políticas oficiales, sino que somos una Iglesia compuesta de refugiados e inmigrantes. Los “soñadores” [dreamers], refugiados y otros inmigrantes son parte de la labor de la Iglesia en el ministerio, la defensa social y el compromiso con todos los inmigrantes”.

Durante su sermón en la clausura de la cumbre, Hunn señaló que en el principio con Adán y Eva, “prácticamente lo primero que le sucedió a la humanidad es que fuimos desplazados”. Luego señaló los ejemplos de Caín y Abel, Abraham y Sara, Moisés, María, José y Jesús, todos los cuales se vieron forzados a huir, exiliados o convertidos en refugiados. Hunn pareció hacerse eco de las palabras de la ex obispa primada Katharine Jefferts Schori, que ahora es obispa auxiliar en la Diócesis de San Diego, y quien pronunció el discurso de apertura el 16 de noviembre.

“La narrativa bíblica nos lleva de la creación cósmica, incluida la humanidad, a terrícolas plantados en un huerto por una temporada”, dijo Jefferts Schori. “Su anhelo de conocimiento los induce a una eterna búsqueda de hogar; nosotros, sus herederos, aún estamos buscando. Dios saca a Abram y Sarai de Harán en busca de una patria nueva. Ellos llegan a Canaán y siguen desplazándose, hasta Egipto, para después volver. Siempre hay conflictos respecto a quién posee qué y que tierra pertenece a quién.

“No obstante, nuestros antepasados comenzaron a contar nuestra historia como la búsqueda de un hogar en Dios, a lo largo de una calzada recta a través del desierto, un camino de justicia y de paz. Esto se trata de algo más que una parcela de tierra; se trata de abrirles la mano a tus prójimos, ya sea que los ames, los toleres o les temas. Los profetas comenzaron a desafiarnos acerca de nuestros prójimos en todas partes, no sólo entre nuestros parientes tribales. Aprendimos  que estamos hechos para amar a los extranjeros, a las viudas y a los huérfanos y a los indigentes, y a los problemáticos. Empecemos a soñar con el Reino de Dios, y con el gobierno que traiga justicia y paz en todas partes, y con un hogar donde todos puedan regocijarse, dar gracias y vivir en armonía y en abundancia”.

-Lynette Wilson es reportera y jefa de redacción de Episcopal News Service. Pueden dirigirse a ella en [email protected]  Traducción de Vicente Echerri.

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