Último Domingo después de la Epifanía (C) - 2016

February 7, 2016

Hemos pasado de un año al otro, de la ternura de la Navidad y el esplendor de la Epifanía, a este tiempo en nuestro calendario litúrgico después de la Epifanía. Se han vivido días de especial ánimo en estos últimos meses y los días se van alargando—cada día hay más luz.
La visión de Dios está fuera de nuestra propia visión del tiempo. Dios lo sabe todo. Tiene una memoria infinita y una visión de todo lo que ha de venir. Aún así, se preocupa por nosotros y desea mantenerse en constante comunicación. Por eso, se sigue manifestando a través de los tiempos hasta llegar a ser uno de nosotros para comunicarnos su mensaje de amor y de luz.

En las lecturas de hoy hay comunicación a distintos niveles. En el antiguo testamento esa comunicación entre los personajes principales se da entre Moisés, Aarón y el pueblo de Israel. En la lectura del Evangelio Jesús, sus discípulos y el pueblo se comunican en dos momentos distintos. En uno de esos momentos Jesús ora y se comunica con Dios. Todo lo que ocurre en el cerro va a comunicarse con quienes estaban presentes con Jesús.

La Epifanía es una manifestación, y como tal, es fuertemente comunicativa. En esa comunicación, un Dios de amor llegó a todos nosotros y nosotras. Somos impulsados por un continuo respirar de este Dios de amor que interactúa con todo dentro y fuera de nuestra vida. Por eso es que al mejorar nuestra manera de relacionarnos los unos a los otros, mejora nuestra vida.

Jesús y Moisés manifestarán la voluntad de Dios a su pueblo cumpliendo con su llamado. A pesar de que en la vida de los personajes bíblicos percibimos sus victorias y frustraciones, nos falta ver cómo enfrentaban el día a día, cómo desarrollaban sus tareas y cómo no perdían el enfoque de lo que tenían que lograr. Muchos de nosotros desperdiciamos el tiempo y no logramos muchas de las cosas a las que se nos ha llamado:
estamos pendientes de qué me hacen otras personas
pasamos mucho tiempo viendo qué hacen los demás
comentamos lo mal que va todo en este país, el sistema, la iglesia…

No buscamos con la misma firmeza la forma de actuar y tomar cada reto que enfrentamos paso a paso hacia buenos cambios.
Moisés respondió al llamado de Dios siendo obediente y sirviendo de puente de su mensaje al pueblo de Israel. Moisés enfrentó barreras, pero de su obediencia surgió esa constancia de tomar el primer paso en su deseo de cumplir con la voluntad de Dios. Jesús también responde a su Padre con obediencia y constancia.

Al revisar las lecturas encontramos tareas que se pueden determinar y que están relacionadas en cómo nos comunicamos ya sea con Dios, con los y las demás y con nosotros mismos.
Veamos algunos elementos que complementan el mensaje que recibimos hoy:
Tanto Moisés como Jesús oraban y se comunicaron con Dios en un cerro.
En su encuentro con Dios, ambos experimentaron una transfiguración.
Jesús brilló y este fenómeno les envió un mensaje a los discípulos presentes. 
Moisés dialogó con Dios y su rostro brilló y después pasó a compartir el mensaje con la comunidad de fieles.

Como vemos, todo lo que vive se comunica. Debemos aprender cómo podemos comunicarnos mejor y hacerlo con amor. Estas son algunas de las tareas que nacen de los relatos bíblicos y que nos pueden ayudar a ser mejores comunicadores:

Dios siempre está buscando nuevas formas de comunicarse, sólo hay que prestar atención. Estemos atentos a su mensaje. Todo, todo nos habla de Dios.

Nuestro “yo” es con quién más hablamos a diario. Aquí es donde nacen las respuestas al diario vivir. Presta atención a qué te estás diciendo tú mismo y transforma ese mensaje en palabra de Dios en Jesucristo Nuestro Señor. Será un alimento que mejorará lo que sale de ti.

Cuida tu mente. Bien se nos enseña en Filipenses capítulo 4 versículo 8, que debemos pensar en todo lo que es verdadero, honesto, justo, puro, amable y en lo que tiene virtud. Al hacer esto seremos constructores de vida. Y como bien dijimos anteriormente, la comunicación se inicia dentro de mí y por lo tanto, al destruirla fuera de mí es porque ya lo he hecho dentro de mí.

Esfuérzate por cumplir con tu palabra. Esa es la piedra angular, así como Jesús es nuestra piedra angular. Procuremos ser más de lo que profesamos ser.

Persiste en buscar maneras de conocer el mundo en el que vives. Muchas de las Iglesias a las que asistimos no viven la realidad del lugar donde se encuentran. Conocer nuestro entorno, el medio en el que nos movemos es parte de la tarea que Jesús nos dio. Él no pudo ignorar el sufrimiento de las personas a su alrededor. Nosotros tampoco debemos ignorar las necesidades a nuestro alrededor. Al comprometernos con nuestros vecinos sembramos ese amor de Dios que arraiga esa manifestación de Jesús en la vida de cada persona cristiana.

Jesús nos dice, “Ustedes son luz del mundo”. No se trata de aprender a brillar, sino a ser obedientes, consecuentes y solidarios. Al hacer esto la luz de Jesús brillará a través nosotros. Jesús no subió al cerro a brillar. Pero creemos que su intensa disciplina de oración lo lleva a un momento de encuentro con Dios. Un momento que resonará como un fuerte eco en la vida de sus discípulos y que ha tenido un gran impacto para nosotros hasta hoy.

No le damos suficiente valor al poder de la oración ni a la frecuencia con que debiéramos orar. Este valor tiene que ver con el hecho de que la oración es la comunicación que deseamos y como resultado una relación más profunda con Dios.

Que nuestra oración nos permita un acercamiento mejor cada día. Que esa comunicación con Dios nos lleve a momentos de transfiguración para que brillemos en este mundo, demos testimonio de su amor reconciliador y por medio del servicio a nuestro prójimo—especialmente a los más necesitados.

Llevemos nuestra experiencia con Jesús a una realidad diaria y a todas las situaciones que vivimos. Digamos alegremente: Jesús vive, vive en mí y vive también en ti y nos guía con amor a caminar en su luz, brillando también igual que Jesús en su transfiguración.

 
 
 
 
 
 
 

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