Adviento 1 (C) - 2015

November 29, 2015

Hoy estamos celebrando el primer domingo de Adviento. Adviento significa aquello que está por venir; aquello que con certeza habrá de llegar. Y estoy seguro que todos ya sabemos qué es aquello que se aproxima. Y lo sabemos, quizás, no tanto por lo que la iglesia nos dice, sino porque los comerciales de la radio y televisión constantemente nos lo recuerdan.

No en tanto, para nosotros los cristianos, la Navidad tiene un significado más profundo. Es la celebración de ese momento enorme cuando la divinidad adquiere rostro humano. Es la celebración del misterio de la encarnación de Dios en Jesús, el Verbo  – o la Palabra – hecho carne, el nacimiento del que es nuestro Cristo, Mesías y Redentor. Este es un misterio divino portentoso y maravilloso. El prólogo del evangelio de san Juan, en el capítulo 1, verso 14, nos describe este hecho de una manera muy agraciada diciendo: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad” (Juan 1, 14).

Sin embargo, en los versos anteriores del 9 a 11 de este mismo capítulo, el anuncio alegre se transforma en triste al indicar que: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron”. O sea, la constatación es que el mundo no estaba preparado para reconocer la presencia de Dios.

Bien podríamos decir que los tiempos han cambiado, y que después de más de 2000 años de celebración de la Navidad, ahora el mundo está más dispuesto a reconocer la presencia de Dios en la vida. Pero me pregunto, ¿será que esto es verdad? En otras palabras, los cristianos, después de más de 2000 advientos, ¿estamos verdaderamente preparados para reconocer el rostro de Dios en nuestro medio, aquí mismo y ahora mismo?

Estas preguntas no tienen la intención de hacernos sentir mal o de apuntar con el dedo diciendo, “culpable y culpable”. Lo que se pretende con estas preguntas es hacer una toma de conciencia de la forma como nos preparamos para la Navidad. Prepararse bien significa vivir un buen Adviento.

Como decíamos al principio, nuestro medio cultural se inclina a celebrar la Navidad de forma consumista. Los cristianos debemos ir más allá. No que sea malo ofrecer regalos, el error es no saber por qué los ofrecemos. El regalo de Dios para nosotros es su presencia; el regalo de nosotros a nuestros seres queridos, no es tan sólo el objeto regalado, sino la intensión de hacernos presentes en su vida. En otras palabras, el mensaje de nuestro regalo es, “yo reconozco la presencia divina en ti; hoy nuestro Dios se encarna en el mundo y en nuestra relación humana”. Por esta razón, cuando hablamos de la Navidad siempre debemos tener presentes: la esperanza, el amor, la alegría y la paz. Cuando somos capaces de revisar nuestra vida a través de estos cuatro valores navideños, entonces hemos honrado el propósito del Adviento, y ahora sí estaremos más preparados para recibir la Navidad.

He aquí otras palabras bellísimas del mismo prólogo del evangelio según san Juan; el versículo 12 dice: “Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios;…”. Entonces el Adviento es un tiempo de capacitación. Este es el tiempo de preparación para que todos celebremos dignamente el misterio de la encarnación de Dios.

A lo largo de la historia de la Iglesia, han existido muchas maneras de cómo podemos prepararnos para este gran evento de la Navidad. Por años, la iglesia ha sugerido usar el Adviento como una experiencia austera; o sea, omitir todo aquello que simbolice sobriedad. Como si estuviéramos viviendo una pequeña cuaresma. De hecho, durante el Adviento algunas iglesias no colocan flores alrededor del altar, ciertas personas hacen sacrificios especiales, y hay otros ejemplos. El propósito detrás de esta tradición es ayudar a los cristianos a entender el Adviento como un tiempo de revisión de vida, oportunidad espacial para el arrepentimiento de los pecados, y generar en las personas una apertura a la renovación de vida.

Todo esto es algo bueno. Pero por otro lado algunas iglesias usan este entendimiento para hacer del Adviento un ambiente sombrío. De hecho, el evangelio de san Lucas que escuchamos hoy usa este tipo de lenguaje, el cual suena duro. Dice en los versos 25 y 26: “Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje. Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo…”.

¿Apoco no es preocupante? ¡Claro que lo es! ¡Esta imagen sugerida por san Lucas suena muy terrible! Pero, no nos asustemos, el propósito verdadero de esta imagen no es llenarnos de miedo, sino proveernos con una metáfora que no deben ser tomadas literalmente; sino ayudarnos a mantenernos alerta respecto al hecho de que no todo en la vida es “color de rosa”.

Sin embargo, sin olvidar este llamado a la preparación, hoy quiero invitarles a no dejarnos dominar por el miedo. Hagamos del Adviento una experiencia para el crecimiento espiritual. Enfoquémonos en el mensaje de la “Corona de Adviento”. Esa corona verde adornada con cinco velas (tres moradas, una rosa o azul, y una blanca). Cada componente de la corona tiene un significado: la corona verde representa la perennidad de la vida. Aquello que permanece estable independientemente de las circunstancias que le rodean. En otras palabras, es una manera de decir que Dios es el Dios de la vida, y la vida está contantemente alimentada por y con su presencia.

Las velas tiene un nombre o nos recuerdan algo específico: la primera vela que se enciende es una vela morada y ésta es llamada “Vela de la profecía” y representa la esperanza. La segunda vela es purpura también y representa al amor; es llamada la Vela de Belén, refiriéndose al pesebre donde fue colocado el niño Dios. La tercera vela que se enciende es la rosa o azul –de diferente color pues marca la mitad del tiempo de adviento- y representa la alegría; es llamada la “Vela de los pastores”. La cuarta vela es purpura, representa la paz y es llamada la “Vela de los ángeles”. La vela del centro es blanca, la cual se enciende el día de la Navidad y es llamada la vela de Cristo; representa la luz de Cristo que se hace presente en el mundo.

Mi invitación es que vivamos el espíritu del Adviento siendo alimentados por estos cuatro valores fundamentales: la esperanza, el amor, la alegría y la paz. ¿No sería este el mejor regalo que le podemos ofrecer en esta Navidad? Esto es lo que nos capacita para ser llamados “hijos e hijas de Dios”.

 
 
 
 
 
 
 

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