Adviento 2 (C) - 2012

December 9, 2012

Celebramos el segundo domingo de adviento. Comenzamos un año más un nuevo camino hacia la Navidad. Un camino al encuentro de aquel Jesús que es la clave que da sentido a nuestra existencia.

El domingo pasado iniciábamos el camino del adviento. Por esto, es favorable preguntarnos, ¿qué sentido tiene para nosotros como creyentes hoy? Son cuatro semanas, como cuatro etapas en el camino que nos lleva al misterio central. Un tiempo que deberíamos vivirlo intensamente. Es la búsqueda de Dios. Una época de esperanza, porque al final del camino nos encontraremos con aquel que es la razón de nuestra espera.

Las lecturas de hoy nos invitan a celebrar, a vivir la alegría, a la acción de gracias, a la solidaridad, a animarnos en la esperanza y a prepararnos para recibir el cambio que Dios va a producir en nosotros y en el mundo.

Así lo expresa Baruc en su libro animando a Jerusalén que ha sufrido el terrible dolor del destierro: “Vístete la túnica de la victoria de Dios, y ponte en la cabeza la gloria del eterno. Pues el nombre eterno que Dios te da es: Paz en la justicia y gloria en el servicio a Dios” (Baruc 5:2-4).

El dolor y la destrucción causado por el destierro a Babilonia se convertirá en gozo y alegría por la noticia del regreso. Dios en persona es el que cambia el castigo en liberación. El esplendor de Jerusalén se extenderá por toda  la tierra  y recibirá un nombre simbólico que exprese la paz. Este nombre es fruto de la justicia y la gloria que recibe por adorar al único Señor.

El anuncio del retorno glorioso despertó la esperanza dormida. Así lo expresa Baruc con fuerza de voluntad: “Levántate, Jerusalén, colócate en lugar alto, mira hacia el Oriente y verás cómo vienen tus hijos de Oriente y Occidente, reunidos por orden del Dios santo, alegres al ver que Dios se acordó de ellos” (Baruc 5:5).

El triste viaje de partida al destierro exigido por el enemigo queda sanado con la vuelta majestuosa que el Señor realiza en su pueblo que cree y confía. Este relato no termina en queja, sino en esperanza. Su proyección apunta a los tiempos mesiánicos.

De esta esperanza y de este nuevo tiempo nos habla hoy el evangelio de Lucas, al presentarnos a Juan el Bautista como figura clave y protagonista del tiempo de adviento. Juan el Bautista es un profeta de transición y esperanza y dio esperanza. Así lo escribió Lucas en su evangelio: “Por aquel tiempo, Dios habló en el desierto a Juan, el hijo de Zacarías, y pasó por todos los lugares junto al río Jordán, diciendo a la gente que ellos debían volverse a Dios y ser bautizados para que Dios les perdonara sus pecados” (Lucas 3:2-4).

Juan fue un hombre que suscitó esperanza. Israel estaba decepcionado, pasivo. Hacía mucho tiempo que no se escuchaban palabras alentadoras. Ya no había profetas en Israel. Todo el mundo sentía la necesidad de un cambio, la necesidad de la llegada de un mesías, pero nadie pensaba que fuese posible. Nadie indicaba por dónde podría aparecer. Como si Dios se hubiese olvidado de su pueblo.

Dios, siempre fiel cumple sus promesas en el tiempo y momento oportuno. Así lo señala Lucas: “Era el año quince del gobierno del emperador Tiberio y Poncio Pilato era gobernador de Judea” (Lucas 3:1).

Lucas, tomando modelo de los muchos relatos proféticos del Antiguo Testamento, se preocupa como historiador, de hacer una presentación de fechas, lo más preciso posible, de la actividad profética de Juan el Bautista. Con esto pone fin a la misión transitoria de Juan y da paso al nuevo tiempo que inaugura Jesús.

La misión de Juan como profeta del adviento de Dios está claramente definida. Así lo dice Lucas citando al profeta Isaías: “Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, ábranle un camino recto. Todo valle será rellenado. Todo cerro y colina será nivelado, los caminos torcidos serán enderezados, y allanados los caminos disparejos. Todo el mundo verá la salvación que Dios envía” (Lucas 3:4-7).

Juan nos habla de Dios y de los caminos para preparar su venida. Este es el tiempo propicio para escuchar la llamada de Dios a una vida nueva y transformada. La salvación viene siempre de una palabra.  De la palabra que es Dios mismo.

Hoy necesitamos escuchar profundamente la voz de Dios. La humanidad sigue necesitando hombres y mujeres atentos a escuchar la voz de Dios que haga efecto en nuestras actitudes y comportamientos y nos conduzca a encontrar la verdad del camino, a transformar nuestras vidas desde dentro de nosotros mismos.

Juan era un profeta; y más que un profeta. Era el mensajero que venía preparando caminos y enderezando senderos. Para nosotros hoy es una invitación a un esfuerzo personal y colectivo para que desde una visión crítica de la realidad trabajemos más para crear las condiciones que favorezcan la justicia, la libertad y la solidaridad.

San Pablo también, cuando escribe a los filipenses, se refiere a la solidaridad y lo expresa así: “Siempre que rezo por ustedes, lo hago con gran alegría. Porque han sido colaboradores míos en la obra del evangelio, desde el primer día hasta hoy” (Filipenses 1:4-6).

La solidaridad es una tarea necesaria en el adviento. Es la recepción en nuestra vida de una voz que nos impulsa a llenarnos de amor y compasión para compartir con los más necesitados. Solo así podremos celebrar el verdadero sentido de la Navidad. La solidariedad es el nombre del futuro y el precio de la esperanza.

Entre nosotros, que nos consideramos cristianos, decimos muchas veces que una corriente de esperanza, de búsqueda de algo y de alguien es la sustancia del adviento. Pero la realidad de lo que vivimos en nuestros ambientes es radicalmente distinta, al parecer ya no esperamos nada.

Un camino de adviento es llevar a los hombres y mujeres al descubrimiento de la esperanza. Pues parece y estamos seguros, que una crisis de esperanza está afectando a nuestra humanidad, ya que le falta la fe en sí mismo y la confianza en la vida.

A nuestras comunidades les falta la vivencia de ser comunidades de esperanza. Sin que tenga nada que ver con el lenguaje político, podríamos decir que a nosotros y a nuestras comunidades nos falta un rearme de esperanza. La esperanza bien podría ser una tarea prioritaria del adviento.

De todo esto, tenemos una profunda esperanza y una fiel promesa, así lo expresa san Lucas hoy: “Y todos verán la salvación de Dios” (Lucas 3:6).

Que en este adviento, mientras esperamos y preparamos el retorno definitivo del Hijo de Dios, cambiemos nuestras amarguras en gozo y alegría, auténticos frutos de la justicia y el amor.

 
 
 
 
 
 
 

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