Adviento 3 (C) - 2009

December 13, 2009

Hay dos temas importantes en las lecturas de hoy: celebrar y trabajar. Las lecturas de hoy son de pura alegría y de cantar y dar alabanzas. Y, ¿por qué no? ¡Ya casi llega la Navidad!

¿Se acuerdan de la felicidad que pasa uno de niño durante estos días? ¿Se acuerdan de esas ansias de espera a que llegaran los días de Navidad; las visitas de familiares, las posadas, las fiestas, la comida y más que nada los regalos? Esas ansias y esa felicidad eran tan desbordantes que no podíamos andar quietos. Esa es la felicidad descrita por las lecturas de hoy. Desafortunadamente, ya de adultos y con el comercialismo y el estrés de estar en los centros comerciales, la Navidad se siente a veces como nada más que una rutina. Se nos ha ido esa felicidad inocente, cuando no sabíamos exactamente qué iba a pasar. Pero sabíamos que era bueno. Es exactamente esa felicidad la que debiéramos sentir durante la Navidad por el nacimiento del Hijo de Dios.

El año litúrgico de la Iglesia empieza con la espera de los domingos de adviento. El adviento nos conduce hasta esa noche buena y oscura en la cual nos llega el milagro de la luz de Dios. Debiéramos de estar alegres por la llegada de esa luz que ilumina nuestros días y noches. ¡El Hijo de Dios se hace presente entre nosotros, hay que celebrarlo!

Y después de cantar y dar alabanzas, sigue el trabajo. ¿Qué pasa después de abrir los regalos de Navidad? Sacarlos de sus imposibles cajas, armarlos, insertar las pilas y recoger la basura. El trabajo que sigue a una celebración también ocurre en otras situaciones importantes, como en la elección del presidente Obama. Hay un documental sobre la elección de Barack Obama. El documental empieza con la historia de la elección de Obama en Iowa, contando los grandes esfuerzos de los voluntarios de la campaña. Una escena tiene un parecido al evangelio de hoy y a los consejos de Juan el Bautista. En esa escena enseñan a los voluntarios a festejar al constatar, unos días antes de las elecciones estatales, que su candidato Obama iba ganando en las encuestas electorales. El director de la campaña en Iowa deja que los voluntarios, la mayoría jóvenes adultos, griten y festejen un rato. Después les dice, con una cara muy seria, que las encuestas no valen nada y que la verdad existe solamente en el voto. Y con esa declaración, los gritos y la fiesta terminan al instante. Uno puede imaginarse que los discípulos de Juan el Bautista tuvieron una experiencia similar. Ellos siguen a Juan y muchos piensan que él es el Mesías y están alegres porque sienten que son testigos de la venida del Mesías. Pero así como el director de la campaña de Obama calma el ánimo de los voluntarios, Juan baja el ánimo de sus discípulos y les dice que él no vale nada: “Yo…los bautizo con agua; pero viene uno que los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo…” (Lc 3:16). Juan les advierte que no festejen tan pronto porque el momento verdadero estaba todavía por llegar.

Después, en el documental, llega otra escena importante con una similitud al evangelio de hoy. Obama eventualmente gana en Iowa y los voluntarios empiezan a celebrarlo. Muchos hasta lloran de la felicidad. Sin embargo, sale otra vez el director y les dice muy feliz, pero seriamente: “Ahora empieza el trabajo duro”. Y como buenos voluntarios, renovados por su victoria, exclaman: “¡Vamos a trabajar!” De igual modo, Juan el Bautista dice a la gente que deben gozar de la venida del verdadero Mesías, pero les aconseja que, con su venida, llegará también el momento de la verdad. Juan les dice que el Mesías traerá “su aventador en la mano, para limpiar el trigo” y lo que no sirva lo quemará “en un fuego que nunca se apaga”. La gente, en vez de tener miedo tras estas advertencias, y como buenos discípulos, le preguntan: “¿Qué debemos hacer?”

Juan nos anima a celebrar la venida del verdadero Mesías. Quiere que estemos alegres y listos para recibir a nuestro Salvador, pero al mismo tiempo nos avisa que no podemos celebrarlo ciegamente. Al contrario, debemos entender que el Mesías viene a “limpiar el trigo” y tendremos que mostrarle que merecemos ser salvados. Entonces: “¿Qué debemos hacer?”

Juan no nos presenta una lista de retos difíciles o imposibles de cumplir. Cuando la gente le pregunta: “¿Qué debemos hacer?” Juan contesta: “Él que tenga dos trajes, déle uno al que no tiene ninguno”. “El que tenga comida, compártala con el que no la tiene”. A los que cobraban impuestos les decía: “No cobren más de lo que deben cobrar”. A los soldados: “No maltraten ni denuncien a nadie y conténtese con su sueldo” (Lc 3:11-14).

Juan no les pide que sean héroes. Les pide solamente que sean lo mejor que puedan ser en sus propios contextos. A los soldados y a los que cobran impuestos, les dejó tareas especificas a sus funciones. Quizás, si Juan hubiera hecho una lista válida para todo el mundo, los mensajes hubieran sido distintos y más universales. Quizás a los que trabajan con clientes, Juan les hubiera dicho: “Traten a todos con el mismo respeto y dignidad” y a los atletas: “Respeten a sus competidores y no se burlen de ellos” y a los cocineros: “Preparen la comida para todos como si fuera para sus propias familias”. Las lecciones de Juan son humildes y fáciles; es algo que podemos hacer actualmente en el trabajo o en nuestro hogar. Juan nos da tareas simples para que todos podamos ser salvados. Juan pide simplemente tres cosas: compartir, ser justos y no abusar.

La historia de Juan es la del descubrimiento del verdadero Mesías, la de la celebración de su venida, la del trabajo de prepararnos para recibir al Salvador y la de la celebración por la salvación que nos trae. En este adviento podemos iniciar nuestras celebraciones navideñas sabiendo que Jesús está por llegar y también podemos celebrar el futuro sabiendo que nuestro trabajo y nuestras preparaciones pueden resultar en una celebración divina.

Y éstas son las buenas noticias de Juan. Así que hagamos como nos dice san Pablo: “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está cerca” (Flp 4:5-5).

 
 
 
 
 
 
 

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