Adviento 3 (C) - 2015

December 13, 2015

En este tercer domingo de Adviento hemos encendido la tercera vela. Es de un color diferente a las otras tres que se encuentran en el círculo exterior de la corona. Esto es para indicar que el Adviento está a mitad de camino y la Navidad ya está cerca. Esta vela es conocida como la “Vela de los pastores” e indica alegría.

¿Alguna vez se han preguntado qué es lo que significa la palabra alegría? Esta palabra proviene del latín “alicer” o “alecris” que significa “vivo y animado”. Esta es una de las emociones básicas en el ser humano. Es muy real que todos nosotros nos sentimos más vivos cuando estamos alegres. De hecho, está médicamente demostrado que la alegría ayuda al mejoramiento de la salud. Es ahí cuando nos sentimos interiormente frescos, vivaces, emprendedores y optimistas. En pocas palabras, la alegría es un generador de bienestar general y es contagiosa.

En este contexto podemos resaltar el júbilo que trasmite el profeta Sofonías en la primera lectura que escuchamos hoy cuando dice: “¡Grita, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital! Que el Señor ha expulsado a los tiranos, ha echado a tus enemigos; el Señor dentro de ti es el rey de Israel y ya no temerás nada malo”. Estas palabras están siendo dirigidas a un pueblo que ha sido largamente oprimido y sometido a un estado de esclavitud. Ahora, el profeta anuncia a este pueblo la liberación que proviene del Dios con estas palabras de ánimo: “Tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo, renovando su amor, se llena de júbilo por ti…”.

En otras palabras, la alegría, como toda otra emoción, nace en el corazón y brota de él. Nadie puede forzar a otros a estar felices puesto que la alegría es un evento espontáneo de nuestro interior. Me encantan estas palabras del profeta que dicen, “… tu Dios, es dentro de ti un soldado victorioso que goza y se alegra contigo…”. Lindo, ¿no es así?

Y entonces podemos reconectarnos con la palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses. Vamos a saborearlas, porque este texto es muy rico, dice: “Tengan siempre la alegría del Señor; lo repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea reconocida por todos. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, más bien preséntenselo todo a Dios en oración, pídanle y también denle gracias. Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”.

Desde la alegría del corazón se desencadena toda una serie de reacciones positivas en la vida como son, según san Pablo, la bondad, el agradecimiento –pero presten especial atención a esto- “Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. Estas palabras las pronuncia Pablo desde su cautiverio. Cuando él está siendo transportado de Jerusalén a Roma para ser juzgado y penalizado con la muerte por profesar la fe en Cristo Jesús.

¡Qué contraste entre las alegrías del profeta Sofonías y las de Pablo! La primera es una invitación a ella basada en el acto de la liberación, la segunda es sugerida desde el cautiverio. Ilumino esto con una pequeña historia: se dice que una señora ya mayor, sin familia y con limitaciones de salud, fue ingresada a un asilo de ancianos. Durante su momento de registro, la gerente de admisiones del asilo comenzó a describir las facilidades del asilo, las actividades, las normas del centro para ancianos, y todo eso. Conforme la gerente describía todo lo que el asilo tenía a ofrecer, la anciana respondía a todo con palabras positivas exclamando ¡Oh esto es maravilloso! ¡Pero qué lindo es esto! Pero lo que más le llamó la atención a la gerente es que la anciana en un momento dijo: “¡Oh, mi cuarto es tan bello!” Entonces la gerente le preguntó a la mujer: “Señora, ¿cómo es que usted dice que su cuarto es bello si todavía no se lo hemos enseñado?” La anciana respondió: “Hija, no todo lo que importa en la vida es sobre aquello que está ahí afuera; lo más importante es lo que llevamos por dentro, en el corazón. Yo he decidido que ese cuarto es bello, no importan las condiciones en que se encuentre, pues en mi corazón he decidido amarlo desde ahora mismo”. Así mismo, Jesús le dijo a sus discípulos en una ocasión, en el capítulo 12 del Evangelio de Lucas: “Porque donde está el tesoro de ustedes, allí también estará su corazón” (Lucas 12,34).

Hoy hemos encendido la tercera vela en la corona de Adviento, es la vela de la alegría, también llamada “Vela de los pastores”. Y cuando aunamos la imagen de la alegría y la de los pastores, me viene a la mente la narrativa del Evangelio de san Lucas en el capítulo anterior al que hoy escuchamos. Es el capítulo 2 de este mismo evangelio y se trata del momento en que los pastores reciben la visita de un ángel para anunciarles el nacimiento del Niño Dios. El texto dice: “Había unos pastores en la zona que cuidaban por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos sintieron un gran temor. El ángel les dijo: No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (Lucas 2:8-11).

Aquí encontramos una primera reacción de temor por parte de los pastores, seguido de un anuncio alegre. La buena noticia de “el Salvador, el Mesías y Redentor”. La narrativa continúa diciendo: “Cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían: Crucemos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor. Fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado”.

Dentro de la pobreza en este retrato, un establo, un nacimiento y el niño acostado en el pesebre, existe un acto de grandeza que merece ser glorificada. Desde la humildad surge un acto portentoso. Desde el lugar más frágil surge la razón para una alegría profunda.

Nuestra invitación, a lo largo de esta reflexión, es que nos enfoquemos a hacer una revisión de nuestra vida, desde la perspectiva de la alegría. Este es uno de los regalos que nos ofrece este tiempo de Adviento. Quizás las palabras del evangelio de hoy son fuertes y ausentes de toda alegría. Expresiones como ¡raza de víboras!… Amenaza de la condena que llega … Quemar la paja con un fuego que no se apaga… Creo que todas estas imágenes sugeridas por Juan el Bautista son duras y no contienen nada de alegría. Pero esto puede ser entendido desde la perspectiva de la función de un profeta. Los profetas eran personas que denunciaban los pecados del pueblo con palabras duras, pero también anunciaban la alternativa del perdón y la reconciliación. Un llamado de atención, y la invitación a buscar un camino nuevo en la vida. Anuncio y denuncia, este es una de las funciones de los profetas. En el evangelio de hoy, Juan el Bautista usa la aproximación de la denuncia como instrumento de invitación a las personas para que transformen su vida. La alegría se encuentra en el acto de reconciliación. Juan no dice, “bautícense para seguir sufriendo en su conciencia”. La invitación que hace es, “arrepiéntanse de sus pecados, bautícense, y vivan la vida nueva y alegre en el perdón de Dios”. Preparemos nuestro corazón para vivir una Navidad llena de alegría.

 
 
 
 
 
 
 

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