Cuaresma 1 (C) – 2013

February 17, 2013

A veces nos olvidamos que la vida humana está rodeada de pruebas y tentaciones en el diario vivir. La seducción asalta a todas las personas y a todos los grupos. Muchas personas están heridas por las tentaciones y con frecuencia son vencidas por ellas. Entre las múltiples pruebas que nos acechan, tres sobresalen por su importancia y Cristo pasó por las tres dándonos la clave para resistir y vencerlas.

Somos tentados para que nos extralimitemos sobre nuestras posibilidades. Nos atrae desmesuradamente encontrar una fórmula que nos convierta en dioses, conocedores y poseedores de la fuente de la riqueza material y de la vida misma. Nos urge hacer unas cuantas preguntas que nos hagan reflexionar sobre este hecho de la vida cotidiana: ¿Se puede encontrar en uno mismo el principio vital que nos ayude a recuperar las fuerzas perdidas? ¿Tenemos un pan propio que llegue a asociar el deseo de sobrevivir sin desgastarse? Cuando encontramos este pan, ¿No hemos convertido las piedras en pan, en fuente de nuestra propia debilidad?

Indudablemente de este texto del cuarto capítulo del evangelio de Lucas se desprende una lección muy importante: vivir con esperanza no es un camino fácil. Tener una actitud de superación, tampoco lo es. Por esto las personas y los grupos buscan motivos espectaculares para mantener la fe; muchos esperan señales contundentes para creer, pero los mesías no andan por los aleros de las casas altas para que nosotros creamos al verlos caer sin hacerse daño porque los ángeles del cielo lo sostienen en sus manos para que no tropiece con piedra alguna (Lucas 4:10-11).

Otra de las tentaciones y seducciones que asaltan a los seres humanos en el diario vivir es la voluntad de poder o de dominio. Esta tentación nos acecha a todos y nos avasalla y es el origen de los grandes males de la sociedad. La voluntad de poder segrega las clases sociales e impide unas estructuras en las que sea posible la igualdad humana, la libertad y la fraternidad. Estas tres tentaciones de las que nos habla el evangelio de este primer domingo de Cuaresma están a la orden del día y también le tocó a Jesús vivirlas y vencerlas con la fuerza de la palabra de Dios. La actitud de Jesús es motivo de esperanza, pues muestra que todo ser humano puede enfrentarse a ellas con confianza de éxito.

Nosotros, que somos la Iglesia de Cristo, no recibimos la tentación diabólica de una vez para siempre, sino que cada día se nos presentan de manera diferente y atractiva. Por eso hay que estar siempre en vela, ya que cuando menos se piense, el demonio encontrará la ocasión más oportuna para él y menos esperada para nosotros y la misma Iglesia.

Y no olvidemos que lo diabólico está encarnado en las estructuras del poder principalmente: poder político, social, religioso y empresarial. Cada día nos encontraremos con esos tres tipos de tentaciones a veces revestidas y justificadas por la Palabra de Dios mal interpretada o fuera de contexto… La Biblia no justifica el hambre, sobre todo cuando es producto de la injusticia y del abuso del poder porque “no solo de pan vivirá el hombre” (Lucas 4:4).

Todos sabemos que millones y millones de niños y de personas de todas las edades mueren por desnutrición debido al hambre que pasan y la tentación de todos es convertir las piedras en pan. Cuando el espíritu del ser humano se sacia con la palabra de Dios la comunidad de fe convertirá su amor y su servicialidad en pan, medicina y ropa. La tentación del poder y la grandeza está en todas las dimensiones de la vida y todos sabemos que el “poder corrompe” cuando no se ejerce como un servicio a la comunidad.

Cuando el liderazgo cristiano se convierte en poder y grandeza los templos empiezan a vaciarse y el amor en la comunidad se enfría o muere. En muchas ocasiones perdemos de vista que sólo Dios es el Soberano, el Grande, el Todopoderoso y entonces cuando concebimos mal el poder queremos convertirnos en dioses y es ahí cuando se daña todo porque es como arrodillarse ante Satanás y no podemos olvidar que al Señor tu Dios “adorarás y a él sólo darás culto” (Lucas 4:8).

Nuestras grandes ciudades son el desierto donde el Espíritu Santo nos guía para ser tentados por el maligno en medio del bullicio de las multitudes, del olor y el sonido del dinero y sobre en el ansia de poder que nuestra sociedad de consumo nos infunde cada día a través de la propaganda comercial. Nos urge tener el espíritu de Jesús para vencer las tentaciones que se nos presentan constantemente en este moderno desierto de rascacielos y de tecnología de punta.

Necesitamos fe, oración y sacrificio como los que hizo Jesús en el desierto. La fe del cristiano consiste esencialmente en creer que Jesús es el Señor, el único Señor, y que, por consiguiente, no permite que surjan otros “señores” que pretendan hipotecar la libertad del individuo o de los pueblos. Cristo ha vencido definitivamente el poder del mal.

En el sacramento de la eucaristía proclamamos que por Jesús todo ser humano tiene el poder de Dios para superar las pruebas y las tentaciones que circundan la existencia de todo ser humano. Abramos nuestros corazones y nuestras mentes a la luz del Espíritu Santo para responder exitosamente y vencer con el poder de Dios todas las tentaciones que se nos presenten. La palabra de Dios nos capacita para resistir las constantes pruebas y tentaciones convirtiéndonos en el “otro Cristo” de que hablaban los antiguos padres. Somos un evangelio viviente en el poder de Cristo.

Pidamos al Todopoderoso nos colme de su bendición para vencerlas en el nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo.

 
 
 
 
 
 
 

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