Cuaresma 4 (C) – 2010

March 14, 2010

“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuentro, y lo recibió con abrazos y besos” (Lc 15:20b).

No sabemos si el padre de la parábola del evangelio de Lucas esperaba cada día el regreso de su hijo menor. La lectura no nos lo dice. Sin embargo, podemos imaginar que sí lo hizo, mirando, quizás ocasionalmente, por la ventana o sentándose, por las tardes, frente a su casa y mirando hacia el camino. Ama a su hijo. Quiere verlo otra vez. Desea que su hijo regrese. Finalmente, el padre ve al hijo “cuando todavía estaba lejos”. En ese instante sintió compasión.

¿Cuántas veces este padre habrá imaginado este encuentro? ¿Cuántas veces habrá imaginado o pensado en lo que haría en el momento de ver a su hijo? Su sueño se había realizado. Entonces, quizás levantando su túnica sobre sus rodillas, corre hacia su hijo tan rápido como le es posible y, al alcanzarlo, pone sus brazos alrededor de él y lo besa.

El hijo habría estado ensayando durante todo el camino hacia la casa del padre lo que le iba a decir. Este hijo, que había tomado su herencia, ido a un país lejano y derrochado todo el dinero “llevando una vida desenfrenada,” había reaccionado y recordado que aún los trabajadores en la casa de su padre vivían mejor que él. Estaba incluso dispuesto a comer el alimento dado a los cerdos que él cuidaba, mientras que los trabajadores en la casa de su padre tenían comida de sobra. “Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti”, habría repetido una y otra vez, “ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores”. Sin embargo, el padre no permite que termine este discurso ensayado. Mientras su hijo está todavía bajo su abrazo, el padre ordena a los sirvientes que traigan rápidamente ropa (y no cualquier ropa, sino la mejor), un anillo y sandalias para ponérselas y hacer arreglos para que el banquete empiece. “¡Porque este hijo mío”, dice el padre, “estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado!”

Algo interesante, es que aunque la confesión sea suficientemente importante para ser incluida en la parábola, como Joel B. Green dice en su comentario del evangelio de Lucas, “es el regreso del hijo, y no su confesión, lo que hace la reconciliación posible”. Aún antes de que el hijo termine su discurso, el padre lo ha restaurado al estatus familiar.

Quizás algunos de nosotros hayamos ido a aquel “país lejano” en una ocasión u otra; ese lugar lejos de Dios. Aquel “país lejano” podría haber sido un trabajo, una relación, un vicio o cualquier cosa que nos aleja de Dios. Podemos encontrarnos, como el hijo más joven de la parábola, hambrientos, sin saber qué hacer ni cómo regresar. Como el hijo, tratamos de encontrar las palabras “correctas”, una manera de decirle a Dios que estamos sinceramente arrepentidos. Sin embargo, las buenas noticias son que tenemos a un Dios que está listo para perdonar. Tenemos a un Dios que permite giros completos.

Algunos de nosotros podemos sentirnos, a veces, sucios, mugrientos, sin merecernos que nos dejen regresar y permanecemos en aquel “país lejano”. Sin embargo, debemos alegrarnos porque tenemos un Dios que espera día y noche nuestro regreso. Tenemos un Dios lleno de compasión y misericordia que nos ve aún cuando todavía estamos lejos y corre hacia nosotros, nos abraza, nos besa y nos restaura. Esto es el evangelio. Estas son las buenas noticias, las buenas nuevas de Jesucristo.

En la obra La Capital del Mundo, Ernest Hemingway cuenta la historia de un padre español y su hijo adolescente. La relación entre este padre y el hijo llegó a tener muchos problemas y finalmente se rompió. Cuándo el hijo rebelde (cuyo nombre era Paco, un nombre español muy común) se escapó de casa, su padre empezó una búsqueda larga y dura para encontrarlo. Como último recurso, el padre, agotado, colocó un anuncio en un periódico de Madrid, esperando que su hijo viera el anuncio y respondiera. El anuncio decía: “Mi querido Paco, encontrémonos por favor frente a la oficina del periódico al mediodía. Todo está perdonado. Te quiero, papá”.

Hemingway cuenta que al mediodía del día siguiente, frente a la oficina del periódico de Madrid, había 800 Pacos, todos en búsqueda del perdón del papá.

Hay muchos Pacos por todas partes del mundo en búsqueda de perdón. Quieren regresar a casa. Alguien todavía en aquel “país lejano” podría ser alguien que conocemos o tal vez seamos nosotros.

El apóstol Pablo pregunta en su carta a los romanos: “¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, las dificultades, la persecución, el hambre, la falta de ropa, el peligro, la muerte violenta?” (Rom 8:35). ¿Hay algo que nos pueda separar del amor de Cristo? “Estoy convencido,” continúa el apóstol Pablo, de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo más alto ni lo más profundo, ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús nuestro Señor!” (Rom 8:38-39). Tenemos un Dios que espera que regresemos a casa.

En el evangelio de san Juan leemos: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él” (Jn 3:17). Si ya sabemos esto, compartámoslo con los demás. ¿Cómo? Lo hacemos mostrando el amor de Dios a los demás de la misma manera que lo hemos recibido, de una manera abundante y sin condiciones. Seamos como esos signos de tráfico que dicen “sí se permiten giros completos”, y apuntemos hacia Dios. Recordémosle al mundo entero que Dios, cuando todavía estamos lejos corre hacia nosotros, lleno de compasión, listo para abrazarnos, besarnos y restaurarnos. Y eso, hermanos y hermanas, son las buenas nuevas de Cristo Jesús.

 
 
 
 
 
 
 

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