Cuaresma 5 (C) – 2010

March 21, 2010

La Semana Santa está a la vuelta de la esquina y el evangelio que acabamos de escuchar en este quinto domingo de cuaresma así nos lo recuerda. Sí, mis hermanos y hermanas, nos adentramos en esa porción de la historia de salvación que tanto habla a nuestra fe del infinito amor de Dios para con nosotros: la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La Palabra encarnada no se queda sólo en palabras sino que obra por nosotros hasta la máxima consecuencia. El evangelio de hoy está puesto en el contexto de la etapa final del ministerio de Jesús. El evangelista Juan delicadamente lo sitúa justo antes de la entrada triunfante en Jerusalén (Jn 12:12-18). Es un pasaje evangélico con una simbología muy fuerte que, mirado con cierta profundidad, nos hace pensar en preparación-despedida. También se puede ver como una pre unción de Jesús antes de su partida física. Betania es una ciudad situada a unas dos millas de Jerusalén. Es probablemente un lugar predilecto por Jesús en su camino a la ciudad santa. Tal vez eso explique su fuerte conexión con Lázaro y sus hermanas Marta y María. Desde allí asciende al cielo delante de sus discípulos después de su resurrección (Lc 24: 51). De modo que Betania tiene un significado especial en esta construcción evangélica.

Mirando al relato como una mera sucesión de acontecimientos, podríamos suponer lo siguiente: Lázaro y sus hermanas tenían algunos recursos para poder comprar un frasco de perfume, caro para esa época. Obviamente tenían gran aprecio a Jesús. Jesús comenzaba a dar claras señales de que sabía lo que le esperaba en Jerusalén. Judas, como tesorero del grupo, tenía muy buen ojo para las cosas de valor.

En el pasaje del evangelio de san Juan podemos imaginar que hay un diálogo tenso entre Jesús y Judas acerca del valor del frasco de perfume. El diálogo a veces suena un poco complicado. La reacción de Judas es la siguiente: “¿Por qué no se vende este perfume para ayudar a los pobres?” “Déjala, dice Jesús, lo tenía guardado para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán” (Jn 12:5-8).

La actitud de Judas puede provocar diversas reacciones e interpretaciones entre nosotros. El evangelista Juan nos dice que: “… Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella”. Sea cual sea nuestra reacción ante las palabras de Judas, es importante reconocer que lo que más llama a la atención es la asombrosa respuesta de Jesús: “A los pobres siempre los tendremos con nosotros”.

¡Qué verdad! ¡Algo desolador, pero verdad! Una verdad incómoda que abraza por detrás y por delante la naturaleza de la misión de la Iglesia si es que queremos mantenernos fieles a los ideales del reino de Dios tal como nos los describió Jesús. Lo dicho por Jesús acerca de los pobre es una verdad que, a modo de sentencia, nos pone sobre aviso de lo difícil que es el cambio de corazón. El cambio que la humanidad necesita dar para que toda persona tenga acceso a la abundancia de los bienes que Dios creó para nosotros. Este tipo de verdad realmente incomoda, pero más incomoda la acción que nos invita a considerar.

“A los pobres siempre los tendrán con ustedes” no suena nada optimista, pero es una expresión llena de realismo que puede significar el trabajo incansable y desafiante que siempre nos espera a los seguidores de Jesús. Pero, ¿quiénes son esos pobres de los que hablan Jesús y Judas? Sabemos por el contexto evangélico que son aquellos que carecen de las cosas materiales necesarias para vivir dignamente. Esos que vemos a diario al caminar por las calles o al conducir nuestros autos por las ciudades. Son los que nos encontramos en los centros comerciales haciendo cálculos meticulosos para asegurarse que haya paridad entre lo que necesitan comprar y lo que pueden llevar. Son los que se retuercen de dolor en la casa del frente o en el apartamento vecino por no tener seguro médico y carecen de los recursos necesarios para pagar una consulta. Esos pobres son los que dependen de las remesas de muchos para poder saldar en la bodega y comenzar el círculo nuevamente. ¡Cuidado! Es muy posible que uno de esos pobres esté sentado al lado nuestro, o que esta iglesia esté llena de pobres hoy día.

Una de las bendiciones, entre otras, del evangelio de hoy es que no nos permite entrar en el juego de a qué tipo de pobres se está refiriendo. Es obvio que no es de los pobres de espíritu del evangelio de san Mateo (Mt 5:3). Pero sí son los pobres de los cuales habla san Lucas y de los cuales Jesús nos advierte que siempre tendremos con nosotros. Tenemos todo el tiempo del mundo para servirles y luchar por sus causas.

Quizás vale la pena preguntarnos ¿cuál es el provecho que podemos obtener del comentario de Judas? Puede que sea la sospecha perspicaz. La advertencia es que Jesús no nos está sugiriendo que nos quedemos envueltos en el aroma del perfume que absorbe, sino que nos levantemos, nos volvamos a poner las sandalias, nos arremanguemos los ruedos de los pantalones y doblemos las mangas de las camisas y hagamos el camino hacia Jerusalén. Eso fue exactamente lo que hizo Jesús al día siguiente del relato que estamos comentando: caminó hacia Jerusalén para seguir su misión.

“A los pobres siempre los tendrán con ustedes” significa en este contexto de cuaresma una llamada a revisar nuestro compromiso con Dios a través de los más necesitados. Es una llamada a salir del cubículo de la comodidad. Ese cubículo en que algunos nos hemos instalado dejándonos acorralar por las apariencias de un mundo que nos confunde con los olores de su perfumería. Y con esa confusión nos distanciamos del compromiso contraído a través de nuestro pacto bautismal cuando respondamos a la pregunta: “¿Lucharás por la justicia y la paz entre todos los pueblos, y respetarás la dignidad de todo ser humano?” (LOC, p.225).

Nosotros ya sabemos la respuesta: “Así lo haré, con el auxilio de Dios”. Que Dios nos dé la gracia de vivir una Semana Santa empapados del espíritu de su Hijo y nos regale la virtud de descubrirle en todos nuestros hermanos, especialmente en los que son más pobres.

 
 
 
 
 
 
 

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