Día de la Santa Cruz – 2013

September 14, 2013

Celebramos la fiesta de la santa Cruz. Todo el mensaje de las lecturas correspondientes a esta celebración, están orientadas a que creamos en el que Dios ha enviado al mundo y que será levantado en lo alto del madero de la Cruz para que alcancemos la salvación.

Dios nos ofrece salvarnos y llevarnos a la libertad, pero nos exige asumir con responsabilidad el sacrificio del camino para lograr lo deseado. Ya desde el Antiguo Testamento el libro de Números 21:4-9 nos da una enseñanza sobre el plan salvífico de Dios para la humanidad.

Moisés, responsable de conducir al pueblo de Israel de la esclavitud hacia la tierra de la libertad, cuando el pueblo sintió hambre y cansancio fue fuertemente murmurado y criticado. Dios vio este acto de desobediencia y respondió permitiéndoles serpientes venenosas que mordían y mataban.

El pueblo reconoció su pecado y pidieron a Moisés que detuviera este castigo porque estaba muriendo mucha gente. Moisés se dirigió a Dios y él le dijo: “Hazte una serpiente como esas y ponla en el asta de una bandera. Cuando sea mordido por una serpiente, que mire hacia la serpiente del asta y se salvará. Moisés hizo lo mandado por Dios, y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba a la serpiente de bronce y se salvaba” (Números 28:1-9).

Este episodio de rebelión y castigo, seguidos del arrepentimiento y el perdón es común cuando no se quiere asumir la responsabilidad y el sacrifico de lo que cuesta alcanzar la libertad. El pueblo de Israel prefiere el camino más corto que es la murmuración y la crítica, que continuar hacia la meta de la transformación. También hoy, este recurso no ha pasado de moda.

Para los israelitas la serpiente de bronce le pareció una orden muy extraña, pero es un gesto profético.  Dios quiere sanar el pecado por el mismo instrumento del pecado. Por eso dice: “El que la mire sanará” (Números 21:8). Este también es otro gesto profético. El pecador no tendrá que cumplir prescripciones rigurosas que empiecen más bien con mirar con fe la señal que Dios le otorga para su curación.

Este relato de la serpiente es en la Biblia una de esas imágenes de sentido oculto que esperaban el día en que Cristo les diera significado, lo mismo que el suceso de Melquisedec en Génesis 14 o la historia de José, el hijo de Jacob, que llegó a gobernar a Egipto.

Así es también en nuestra vida, ocurren acontecimientos que en el momento no tienen explicación pero si perseveramos en la fe, algún día la luz de Cristo vendrá a darle su significación.

Todo el Nuevo Testamento nos habla de Jesús y de cuánto nos amó. La vida y pasión, muerte y resurrección de Jesús es un compendio perfecto de lo que significa la Cruz. Cristo ha vencido a la muerte y la cruz desnuda evidencia que ha resucitado. Aquí se unen la salvación y la esperanza de la humanidad.

En el evangelio de hoy, san Juan nos presenta a Jesús en su papel de maestro, dialogando con Nicodemo acerca de la fe y la conversión. Así lo expresa Jesús mismo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así el Hijo del hombre tiene que ser elevado de la tierra, a fin de que quien crea en él tenga vida eterna” (Juan 3:14).

Este ejemplo de la serpiente de bronce es imagen de Jesús exaltado en la Cruz. La serpiente libraba de una muerte improvisa, Jesús crucificado dará vida eterna. Su entrega y sacrificio es por la salvación de toda la humanidad.

Así lo escribe el evangelista hablando Jesús de la vida eterna: “Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él” (Juan 3:16-17).

No podemos llegar a comprender la cruz, si no entendemos primero el núcleo central del mensaje de Jesús que es el amor. Este es el mandamiento principal del evangelio como resumen de la ley y los profetas, concretándose después en el mandamiento nuevo como yo los he amado.

San Pablo lo explicará en la carta a los efesios diciendo: “Cristo les ha amado y se ha ofrecido por ustedes, ofreciéndose a Dios como sacrifico” (Efesios 5:1-2). Ese amor de Jesús con el que muere en la cruz tiene carácter de disponibilidad y servicio ofreciendo su propia vida por los hermanos. Este amor es modelo para cualquier amor auténtico.

Así el mensaje de la cruz es tan influyente que se convirtió en el centro de las primeras predicaciones de los apóstoles, así lo expresa san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado escándalo para los judíos, locura para los gentiles mas poder y sabiduría de Dios para los llamados” (1Corintios 1:23-24).

Dios Padre lo quiso así: “Pues no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Romanos 8:32). Y Jesús también lo entendió igual dice san Lucas: “El Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, y será rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Lo van a  matar, pero al tercer día resucitará” (Lucas 9:22).

Jesús no evadió el compromiso y la responsabilidad de hacer la voluntad del Padre. Y cuando Pedro quiere apartarse de la idea de ir hacia la cruz le amonesta seriamente diciéndole: “Quítate de mi vista Satanás, pues eres un tropiezo para mi. Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres” (Mateo 16:23).

Vivir la cruz de nuestro Señor Jesucristo implica una espiritualidad de vida y esta espiritualidad de vida se apoya sobre el misterio. El misterio de una vida que crece allí donde aparece la muerte, el misterio de un amor que surge allí donde se manifiesta el odio. La cruz da una respuesta para todo eso.

La glorificación tiene lugar en la cruz: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Juan 15:3). La cruz es la máxima expresión de que Jesús es amor, y, por consiguiente, de que es Dios. Dios es, en efecto, amor” (1Juan 4:8).

 
 
 
 
 
 
 

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