Día de Pascua (C) – 2010

April 4, 2010

¡Aleluya! Cristo ha resucitado. ¡En verdad! El Señor ha resucitado. ¡Aleluya! Y, ¿por qué buscamos entre los muertos al que está vivo? ¿Por qué buscamos en las cosas de ayer lo que ya está muerto? ¿Por qué vivir nuestras vidas agobiados por las cosas de ayer que no podemos retractar? Hermanos este es el día que Dios ha hecho para que podamos regocijarnos en él, el día de la resurrección de Jesucristo.

Hoy es el día de la Resurrección y nosotros estamos llamados a vivir en el gozo de la resurrección de Jesucristo. Y lo vivimos como hijos adoptados y renovados por medio del agua bautismal y del Espíritu Santo. Dios resucitó a Jesús de la muerte para así vencerla y al mismo tiempo darnos el medio de allegarnos a él. La muerte has sido devorada por la victoria en la resurrección. Por lo tanto gritamos, ¿dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria? Gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

En la lectura del profeta Isaías escuchamos lo que Dios nos está diciendo: “Llénense de gozo y alegría para siempre por lo que voy a crear. Porque voy a crear una Jerusalén feliz y un pueblo contento que viva en ella. Mi pueblo tendrá una vida larga, como la de un árbol” (Is 65:17-18). Esa es la promesa que Dios hizo a Abrahán, y la que se cumplió en la muerte y resurrección de Jesús.

Hermanos, nosotros, como Iglesia, somos herederos de esa promesa y de esas obras salvadoras que Dios ha venido realizando a través de la historia. Somos los herederos porque somos los descendientes de los que el Señor ha bendecido. Por tanto, seguimos firmes y constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor porque sabemos que no es en vano el trabajo que hacemos en unión con Jesucristo.

Hemos llegado a este día de la Resurrección también conocido como día de Pascua confiados que en la resurrección de Jesús, Dios ha restaurado la dignidad de la naturaleza humana. Es decir, esa naturaleza que fue perdida en el pecado del primer hombre Adán, es hoy restaurada con dignidad a su origen perfecto por Dios en el segundo hombre, Jesús. En Jesús Dios mismo se humilló al tomar la naturaleza humana para compartir nuestra humanidad y así restaurar la dignidad de la naturaleza humana. La celebración pascual nos recuerda que hoy, nuevamente Dios nos está concediendo la oportunidad de que compartamos la vida divina con Aquel que se humilló para compartir nuestra humanidad, su Hijo Jesucristo. En la resurrección de Jesús, Dios derrotó al último enemigo del hombre que es la muerte. Así como por causa del hombre Adán entró la muerte en el mundo, también por causa del hombre Jesús entró la resurrección de los muertos siendo Jesús el primer fruto de la cosecha. Jesús es el primero en ser resucitado.

En la resurrección de Jesús Dios hizo un pacto de reconciliación con nosotros en el cual nos ha sacado del pecado a la rectitud y nos da la fortaleza del Espíritu Santo en nuestro bautismo para que podamos someter todas nuestras necesidades a él y vivir en plenitud una vida nueva, con piedad, con alegría y libres del pecado. El Dios que nos ha sellado por su Espíritu Santo nos ha dado la voluntad y el valor con que quiere que hagamos ver al mundo que las cosas que han sido derribadas son levantadas; las cosas que han envejecido son renovadas; y que todas las cosas están siendo llevadas a su perfección. Por lo tanto, estamos llamados al arrepentimiento y a la reafirmación de nuestra renuncia al mal y a la renovación de nuestra entrega a Jesucristo para que lo que proclamamos con nuestras bocas sea evidente en nuestras vidas para gloria de Dios.

Dios ya ha proclamado que en Cristo estamos consagrados y destinados a una vida enriquecida. Con la resurrección de Jesús los afligidos tienen alivio. Al levantar Dios a Jesús de entre los muertos nos ha puesto en libertad a vivir la vida con optimismo y esperanza porque Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Con la resurrección de Jesús Dios nos abrió la puerta para que podamos acercarnos a Dios con nuestras tristezas, angustias, enfermedades y todas las adversidades que nos tienen agobiados. Al llamar en nombre de Jesucristo, Dios está listo a socorrernos y darnos la prometida consolación. Es como Jesús lo anunció cuando abrió las Escrituras en el templo. Dios nos está ofreciendo una corona en vez de ceniza; perfume de alegría en vez de llanto; cantos de alabanza en vez de desesperación. Esos son algunos de los robles victoriosos plantados por Dios para mostrarnos su gloria en este año favorable del Señor; en este día que celebramos nuestra Pascua, el día de la resurrección de Jesucristo.

Hermanos, ¡Cristo sí murió! Y Dios sí le levantó de la muerte para darnos una vida nueva tanto en cuerpo como en mente. Pues, demos gracias a Dios, porque él es bueno y su amor es eterno. Y como libró a su pueblo escogido de la esclavitud del Faraón, también con su brazo poderoso nos libera diariamente de la esclavitud al pecado. Con la resurrección de Jesús, Dios todopoderoso ha establecido un pacto en los cielos para que seamos salvados por medio del agua y del Espíritu. Con ese pacto somos dignos de ofrecerle nuestros sacrificios de acción de gracias porque, ¡Aleluya! Cristo, nuestra Pascua, se ha sacrificado por rostros. ¡Así pues, celebremos la fiesta! Ya no buscamos en el ayer las cosas ya pasadas, y ya muertas por el arrepentimiento y el perdón de Dios. Por el favor de Dios, ya no perdemos la diadema y la corona con que Dios nos ha coronado. Celebremos recordando que este es el día en que Dios ha actuado cuando levantó a Jesús de los muertos. ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo volverá! Por eso, en este día tan glorioso podemos estar contentos y felices. Comamos del pan que es su cuerpo dado por nosotros. Bebamos del cáliz su sangre del nuevo pacto derramada por nosotros y por muchos para la remisión de pecados. Como leemos en el Libro de Oración Común: Nos presentamos y hacemos ofrenda de nosotros mismos, nuestras almas y nuestros cuerpos, como un sacrificio razonable, santo y vivo a Dios. Celebramos y hacemos aquí ante la divina Majestad lo que el resucitado Jesucristo nos ha mandado hacer recordando su bendita pasión y preciosa muerte, su poderosa resurrección y gloriosa ascensión; tributándole las más cordiales gracias por los innumerables beneficios procurados para nosotros.

Hermanos hemos oído la santa palabra de Dios. Dios quiera que la hayamos recibido y que tengamos nuestros corazones dispuestos para hacer sabias decisiones y acciones justas en favor del bienestar y la paz del mundo. Con la entrega de nuestras vidas a Jesucristo y confiados en las promesas del Padre, salgamos con gozo al mundo en el poder del Espíritu Santo, dándole gracias a Dios por todas las buenas obras que Dios ha preparado para que andemos en ellas. ¡Aleluya, y Amén!

 
 
 
 
 
 
 

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