Día de Pascua (C) - 2016

March 27, 2016

¡Aleluya! Cristo ha resucitado! ¡Es verdad! El Señor ha resucitado. ¡Aleluya!

En las últimas semanas nos hemos embarcado en un peregrinar de meditación y reflexión sobre la vida, ministerio, pasión y crucifixión de Jesús. Las lecturas durante la Estación de Cuaresma y el Triduo Pascual nos proveyeron un espacio oportuno para reflexionar sobre el arrepentimiento, el perdón y la reconciliación.

Hoy celebramos la victoria de vida dada a todos gracias al sacrificio de Jesús y a su triunfo sobre la muerte. En esta fiesta litúrgica celebramos un hecho histórico y relevante para la vida de todo creyente: ¡Jesús resucitó de entre los muertos!

En este gran misterio están los fundamentos de nuestra fe. Gracias a la muerte y resurrección de Jesús, somos reconciliados con Dios. A través de Jesús tenemos acceso a una relación renovada con Dios Padre. Un simbolismo de este acceso se muestra en un evento que precede a la resurrección. Cuando Jesús murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos partes lo que simboliza el acceso que tenemos al lugar santísimo.

En los tiempos de Jesús, cuando se menciona el lugar santísimo, se refiere a la parte interior del tabernáculo en el templo de Jerusalén, el cual contenía el arca del pacto con las tablas de los diez mandamientos. Cuando el templo fue reconstruido, después del cautiverio en Babilonia, el arca ya no estaba presente en el lugar santísimo; en lugar de esto, una porción del piso fue levantada ligeramente para indicar el lugar donde el arca hubiese estado. Cada año, en el Día de Expiación el sumo sacerdote visitaba el lugar santísimo, y regaba la sangre del chivo expiatorio para el perdón de las transgresiones propias y del pueblo. ¡Y en el primer Viernes Santo, miles de años atrás, el velo del templo se rasgó por completo! La muerte y resurrección de Jesús nos ofrece acceso permanente al lugar santo del corazón de Dios.

La resurrección es una verdad que sobrepasa toda lógica intelectual. Es una verdad que creemos por fe y proclamamos con nuestras vidas. Es una verdad que recibimos a través de la tradición oral de los primeros creyentes, cuyas vidas fueron radicalmente impactadas por la experiencia de la Resurrección.

Esta experiencia de la resurrección transformó las vidas de los primeros discípulos y discípulas en una manera poderosa. Esa transformación se puede observar en la lectura de los Hechos de los Apóstoles. Previamente y por miedo a una inminente persecución, Pedro había negado a su maestro. Sin embargo, en esta lectura se levanta en público con valentía y convicción a proclamar el mensaje de vida del Cristo resucitado. La vida de Pedro y de los demás discípulos no volvió a ser la misma. Su convicción fue tal que muchos sufrieron martirio al no querer negar la verdad de la Resurrección.

La historia de los primeros creyentes tiene una clara distinción del antes y después, marcada por la Resurrección. A partir de ese momento, todas las experiencias y enseñanzas que los discípulos vivieron durante el ministerio público de Jesús, cobraron un verdadero sentido. Fue sólo después de la resurrección de Jesús que los primeros creyentes lograron comprender más profundamente la naturaleza del Reino del cual Jesús le había compartido.

No sólo fueron transformadas las vidas de los creyentes, la resurrección puede que haya impactado parámetros sociales y percepciones excluyentes predominantes en aquel tiempo. ¡Es maravilloso leer en el Evangelio de hoy, que la primera persona que encuentra la tumba vacía y que comparte ese mensaje de vida y esperanza es una mujer! Las mujeres en el tiempo de Jesús experimentaban cierto nivel de opresión y desigualdad. Las mujeres fueron las primeras portadoras del mensaje de nueva vida. María Magdalena fue a la tumba esperando muerte y dolor, sólo para encontrar vida y esperanza, convirtiéndose así en la primera participante y testigo del Movimiento de Jesús.

Nosotros también estamos llamados a participar del Movimiento de Jesús, el proclamar sin cesar las buenas nuevas de vida y el amor reconciliador de nuestro Dios, en todos los lugares donde Dios nos ha colocado.

Para nosotros, creyentes del siglo veintiuno, la verdad de la resurrección continúa vigente, transforma nuestro entendimiento y toca nuestras vidas. Una vez hayamos tenido un encuentro con el Cristo resucitado, nuestras vidas y corazones no pueden contener este mensaje. Una vez transformados por el poder de Dios y el mensaje de vida en Cristo, somos llamados a compartir este mensaje de Buenas Nuevas con el mundo entero.

Nuestra tarea de evangelizar no está reservada solamente para un grupo selecto. Es un llamado para todos los bautizados. Por virtud de nuestro bautismo, formamos parte de la labor evangelizadora del pueblo de Dios. Una de las preguntas del Pacto Bautismal nos reta a proclamar por medio de la palabra y el ejemplo las Buenas Nuevas de Dios en Cristo, a la cual respondemos “¡sí!” con el reconocimiento de que es posible realizar dicha tarea con el auxilio de Dios.

Y Dios, a través de su Espíritu nos guía, nos inspira y nos ilumina en nuestro llamado a evangelizar. Después de su resurrección, Jesús extendió una invitación y una promesa a sus discípulos, y a través de ellos a nosotros, diciendo: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos”.

Estos son tiempos de nueva vida en la Iglesia Episcopal. Estamos viviendo una renovación.

¡Es tiempo de mover las piedras que nos impidan vivir a plenitud el mensaje de resurrección y de vida en Cristo Jesús!

¡Es tiempo de asumir nuestra voz profética y hacer una diferencia en este mundo!

¡Es tiempo de vivir a plenitud como personas de la resurrección!

¡Es tiempo de ser participantes activos en el Movimiento de Jesús, de proclamar la libertad, la justicia y la vida abundante del Reino de Dios, las cuales recibimos a través de nuestra fe en la resurrección de Cristo Jesús!

¡Es tiempo de hablar de vida y renunciar a la muerte!

Hay una escena de El Rey León, un caricatura de Disney, cuando nace Simba, el cachorro del rey. Él es presentado al reino por Rafiki, el sacerdote de la selva, un babuino. Ya adulto, en un momento de crisis el sacerdote lleva a Simba a una laguna para mostrarle a su padre, que había muerto. Simba ve la imagen de sí mismo en el agua y dice que no es su padre, sino sólo la imagen de sí mismo. Rafiki, le dice “Mira con más intensidad, él vive dentro de ti”. Cuando Simba mira nuevamente escucha la voz de su padre que le dice “Simba, no olvides quién eres, eres más de lo que eres ahora, recuerda quién eres…”

Al celebrar esta gran fiesta de Resurrección, recordemos quiénes somos: La preciosa comunidad de Dios. ¡Somos el pueblo de la Resurrección! ¡Somos los portadores del mensaje de vida abundante!

¡Somos parte del Movimiento de Jesús! Así que, ¡salgamos a nuestros vecindarios, a nuestros lugares de trabajo y proclamemos al Cristo Resucitado!

¡Aleluya! Cristo ha resucitado! ¡Es verdad! El Señor ha resucitado. ¡Aleluya!

 
 
 
 
 
 
 

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