Día de Pascua (C) - 21 de abril de 2019

April 21, 2019

Episcopal Pascua Sermon¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! Con la fiesta que celebramos hoy, llegamos al culmen de todo un caminar a través del desierto, un camino de reflexión, transformación y revisión de la vida que llevamos. Al final, hemos conquistado esa tierra prometida que se lee en el libro del profeta Isaías; un lugar nuevo, libre de sufrimiento, de la opresión, del hambre y del desierto, un lugar de alegría y paz. La tierra prometida es el “cielo nuevo y la tierra nueva” que deja atrás toda clase de esclavitud, hambre o sed, toda idolatría y sufrimiento. Se trata de la promesa de Dios hecha realidad pues él nunca desampara a su pueblo sufriente.

Sin embargo, para los bautizados, el acontecimiento Pascual va más allá, pues ya no se trata de la conquista de un lugar físico o geográfico que al final también resulta perecedero. La Pascua de Cristo es el triunfo de la vida sobre lo hasta entonces invencible: la muerte. Su victoria nos trae la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra y que al final el sepulcro quedará vacío como lo atestigua María Magdalena en el evangelio de hoy. Con la resurrección, Dios ha cumplido su promesa de salvación pues, es la vida la que ha triunfado. De esta manera, los cristianos por el bautismo tenemos la fe de que con Cristo nos levantaremos nuevamente y saldremos de cualquier clase de sepulcro. Esa es nuestra esperanza y la razón de nuestra fe; Pedro así lo proclama en los Hechos de los Apóstoles y por ello los bautizados anunciamos con él al mundo la resurrección. Declaramos que Jesús es vida, vida en abundancia.

En tiempos de Jesús, muchos signos de anti-vida, es decir, de muerte se imponían sobre ciertos grupos sociales, y lo hermoso del mensaje y la obra de Cristo, es que la vida que comunica se trata también de vida digna para ellos. Es el caso de la mujer, por ejemplo; ella llevaba sobre sí cargas pesadas de muerte al carecer prácticamente de derechos y relevancia social. Durante su ministerio entre nosotros, Jesús exaltó el papel fundamental de la mujer en la sociedad, la privilegió y le dio un lugar digno en medio de un contexto machista. Ellas tuvieron palabras y acciones que fueron ejemplo para sus vecinos, incluso para los mismos apóstoles: la samaritana, la sirofenicia, su madre María, las hermanas de Lázaro: Martha y María, la Magdalena, entre otras. Esta reivindicación de derechos incomodó a los líderes religiosos quienes tenían a la mujer como impura, como menor frente al hombre. Ahora, el mismo día en que Jesucristo vence la muerte y al sepulcro, una vez más exalta el papel fundamental de la mujer al darle un lugar principal en los acontecimientos más importante de esta mañana de resurrección.

En efecto, en los cuatro evangelios, es la mujer la primera anunciadora del sepulcro vacío y de la resurrección: “¡Se han llevado del sepulcro al Señor”, dice María Magdalena a los apóstoles. La desaparición del cuerpo de Jesús se trata de un doble drama pues, no sólo han perdido al mesías vivo, sino ahora también su cuerpo muerto. Es el escenario del fracaso total en medio de la oscuridad; ya no tienen ni si quiera un cuerpo para recordar a su amigo, a quien les dio su lugar en medio de una realidad que las excluía. Por esto, es de los labios de la mujer de donde proviene la denuncia, es ella la que no calla ante el dolor y la indignación: “¡no sabemos dónde lo han puesto!”

Pero María es mujer perseverante, es la que se levantó primero ante las dificultades y frustraciones; fue ella quien permaneció junto a su maestro durante la dura tortura y al lado de la cruz en su último aliento, incluso cuando sus amigos varones le habían dado la espalda. Ahora Cristo, resucitado, pone sobre esta mujer valiente, antes que sobre los apóstoles supuestamente “más calificados”, la tarea evangelizadora al decir a la Magdalena: “ve y di a mis hermanos que voy a reunirme con el que es mi Padre y Padre de ustedes.” Le está encomendando a la mujer la responsabilidad de anunciar la resurrección; y ella, presta a proclamar atiende el envío: “Entonces María Magdalena fue y contó a los discípulos que había visto al Señor, y también les contó lo que él le había dicho.” Así las cosas, es de la mujer de donde viene el primer testimonio de la Buena Nueva; es ella quien corre a comunicar, es la primera voz del anuncio de la resurrección.

En nuestros tiempos seguimos viviendo esta Pascua. El Señor vivo, en medio de la oscuridad, aún pregunta a la mujer como antes a María: “¿por qué lloras?” Porque muchas aún tienen razones para llorar: el maltrato, la discriminación, la rebeldía de sus hijos, el acoso laboral, el desprecio, el desplazamiento de su tierra o la injusticia social; todavía son muchos los signos de desesperanza que se ponen como obstáculo frente a la emancipación de la mujer. Muchas de ellas quieren acercarse a Jesús pero solo ven vacío y sepulcro, tristeza y decepción; y aunque él está vivo, como María, simplemente no le pueden reconocer; la oscuridad, la gravedad de sus dramas, a veces les nubla el panorama y les impiden ver claramente menguando sus esperanzas. Pero ahí están, siguen buscando a Jesús, perseverando contra toda adversidad. Como mujeres luchadoras, ellas insisten, cuestionan, plantean salidas y propuestas nuevas y creativas a la realidad que les asfixia. La Magdalena insiste: “Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, para que yo vaya a buscarlo.” Es su constancia y la de toda mujer de fe, la que les llevará a la experiencia del resucitado.

Hoy, Jesús vivo sigue llamando por su nombre a tantas mujeres que lloran en la oscuridad; él conoce a cada mujer de fe, por eso la llama con nombre propio, como a María. Y ellas siguen reconociéndole vivo en su historia, en su día a día; siguen proclamando el mensaje de la vida sobre toda muerte, la victoria de Dios sobre toda oscuridad. Son muchos los retos, los sepulcros vacíos, las desilusiones que las mujeres deben enfrentar; pero de la mano de Jesús vivo, tomarán las fuerzas para caminar hacia la luz de la claridad, para anunciar la vida, la victoria, la plenitud y la dignidad. En Pascua, toda madre, hija, trabajadora, luchadora, puede tener la esperanza que Jesús conoce su esfuerzo, sus luchas, sus temores y sacrificios; que su búsqueda dará fruto y que la vida que comunica Cristo resucitado la llenará de fortaleza para ser a la vez ella misma comunicadora de vida, anunciadora de esperanza, transformadora de realidades de muerte.

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