Epifanía 3 (C) – 2013

January 27, 2013

Celebramos el tercer domingo después de epifanía. Después del tiempo de Navidad, la liturgia de estos domingos hasta que llegue el tiempo de cuaresma nos va a presentar a Jesús de Nazaret ya como un hombre maduro entregado de lleno a la tarea del reino de Dios. El domingo pasado fue en Caná de Galilea hoy en la sinagoga de Nazaret, asistimos a sus primeras intervenciones en público.

Su vida, su palabra, su trabajo, toda la persona de Jesús estará centrada en el anuncio de la nueva alianza. Dios quiere por su medio comunicar y realizar su plan en beneficio de toda la humanidad.

Según hemos conocido por los evangelios, Jesús lo abandonó todo: su casa, su trabajo, su vida familiar tranquila, para llevar adelante este momento privilegiado de la historia de la salvación. Vino a renovar a fondo la esperanza decaída de su pueblo y a restaurar por envejecida y deformada la experiencia del Dios de Abrahán y Moisés.

Para nosotros como discípulos sinceros que queremos ser, importa mucho despojarnos de todo prejuicio y abrir nuestro corazón y nuestra mente. Atentos porque es importante verle hacer, oírle hablar, aprender de él y sacar consecuencias.

Nuestro camino de vida cristiana tiende muchas veces a enfriarnos y necesitamos siempre renovarnos a partir de Jesucristo, palabra del Padre siempre nueva y siempre salvadora.

Por eso, en fidelidad a Dios para entrar en la sinagoga de Nazaret y allí escuchar atentamente a Jesús, hemos leído del Antiguo Testamento el texto correspondiente a Nehemías 8, 2-10. En esa lectura hemos visto la gran veneración que el pueblo siente por el Dios de la alianza y el hambre que tiene de oír y de vivir su palabra.

Tras un largo tiempo de oscuridad e infidelidades, de desconcierto y lejanía, toda la gente renovó su adhesión al Dios que con tanto amor les rescató y fortaleció en los largos desiertos que hubo de recorrer. Fue un momento de reencuentro cargado de emoción.

Así Nehemías y todos los encargados de dar la enseñanza decían al pueblo: “Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: no hagan duelo ni lloren (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley)” (Nehemías 8:9).

Y aunque esto les trajo a la memoria lo mal que lo habían pasado cuando abandonaron al Señor, recuerdan la frialdad de los ídolos que adoraron y todavía pesa su desesperanza en el perdón, sin embargo debe dominar un sentimiento hondo de alegría, por eso añade: “No estén tristes, pues el gozo en el Señor es su fortaleza” (Nehemías 8:10).

Hoy también necesitamos estar atentos al libro de la ley para tomar conciencia de nuestra responsabilidad de cristianos. Se trata de una auténtica celebración, de una renovación sincera de nuestra pertenencia al único Señor de la vida. Es la celebración del amor inagotable del Dios de la alianza.

Este impacto que produjo la lectura de la ley ilumina también el momento en que Jesús se dirigió a su pueblo y definió su proyecto. Así lo escribe san Lucas citando al profeta Isaías: “El Espíritu del Señor esta sobre mí porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos: para anunciar el año de gracia del Señor” (Lucas 4:18-19).

Este es un momento culminante en la ida de Jesús. El Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, se presenta ante “el pueblo que habitaba en tierra y sombra de muerte” (Mateo 4:16) para anunciarles algo definitivo: “El reino de Dios está cerca” (Marcos 1:15).

Podemos pensar en la emoción e ilusión de Jesús al estar entre los suyos, y venir a ellos a decirles los primeros la mejor noticia que tiene de parte de Dios: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír” (Lucas 4:21).

Es lo mismo que decirnos, que con su persona comienzan a cumplirse todas las esperanzas y promesas de liberación y restauración; que es puro regalo, y ya no tenemos que preocuparnos de anteriores infidelidades, que la amnistía, palabra que conocemos muy bien, es total. Que los primeros en notar el amor de Dios serán los que parecían con menos derechos para que se vea bien su generosidad. Esto realmente es una buena noticia.

Jesús también quiso decirles y decirnos algo más, que solo basta que creamos en él porque es la verdad revelada, y así lo afirma: “Porque el Espíritu de Dios está sobre mí, él me ha ungido” (Lucas 4:18), y ha venido para decirnos su amor y para que vivamos ya como una luz y un gozo que nadie pueda jamás apagar.

Pero la desilusión de Jesús debió ser muy grande, y no es más que el comienzo. Aunque el texto litúrgico solo nos cuenta la parte positiva, recordamos la reacción de los oyentes, sus malicias y el claro desprecio a la acción de un compatriota.

La actitud de sus paisanos era clara, sus corazones se habían endurecido y no creyeron sus palabras. Les desconcertó lo inesperado de la noticia y la forma humilde de presentarse el ungido del Señor como uno de los suyos sin más pompa, ni signos, ni solemnidad. Pero sobre todo les pareció totalmente inaceptable el contenido del mensaje de Dios, que es todo gracia y es gracia para todos.

Y Jesús se confirmó en su triste experiencia constató una vez más que la desesperanza, la injusticia, la esclavitud, la miseria tan abundante, y los ídolos del dinero y la gloria se habían apoderado de la humanidad. Que ya no creían en un Dios que se fuese a ocupar de ellos.

En otras palabras, que no era posible ser tan justo y tan fiel para hacerse digno de que Dios cumpliese sus promesas. Que ya en la práctica desesperaban que él mismo les fuese a conducir a un reino que produjera la verdad y la justicia, el bien y la paz, el amor y la vida.

Y Jesús fue rechazado, amenazado, malinterpretado. Y todos, él incluido, quedaron en las mismas sombras de tristeza y de muerte. Pero el Señor no se va a quedar atrás. Y Jesús será una luz que jamás se apagará, y el amor incondicional de Dios a la humanidad llegará en él hasta el final. La condición básica para nosotros es aceptar la nueva justicia y misericordia que Dios nos manifiesta, y vivirlas entre nosotros mismos, siendo justos y misericordiosos como él.

 
 
 
 
 
 
 

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