Epifanía 6 (C) - 17 de febrero de 2019

February 17, 2019

Epifania 6 Episcopal SermonConsidere su condición en la vida. ¿Se encuentra relativamente bien económicamente? ¿Está seguro, con abundancia de posesiones materiales? ¿A menudo sale a comer afuera, a veces, en restaurantes caros? ¿Tiene un hogar confortable? ¿Disfruta de la vida? ¿Se piensa bien de usted en su iglesia, vecindario y comunidad? ¿Tiene mucho en qué esperar?

Probablemente la respuesta a estas preguntas sea “Sí. Sí, estoy seguro, bien alimentado, bien considerado y con un futuro de esperanza y promesa”.

Ahora, considere a otros en su comunidad y en el mundo: aquellos que viven en otros vecindarios. ¿Algunos de ellos son pobres, afligidos, odiados, excluidos, vilipendiados, tienen hambre?

Por supuesto, todos conocemos a gente así y las consideramos extremadamente desafortunadas. Nosotros somos felices. Ellos infelices.

Al menos esa es la opinión común. Pero fantaseemos por un momento. Imagínense a su obispo reuniendo a los desafortunados de su diócesis y diciéndoles: “¡Tienen suerte! ¡Cuán dichosos son ustedes de tener tanta pobreza, aflicción y miseria en sus vidas!”. La mayoría de nosotros pensaríamos que el obispo se habría vuelto loco. Sin embargo, tal conclusión ha de tener en cuenta el mensaje de la lectura del evangelio de hoy.

Jesús, como tantas veces lo hizo, confundió la sabiduría popular. El Señor miró a la clase de personas que nos dan lástima, que parecen desesperadas, y les dijo: “Dichosos ustedes porque son pobres, porque tienen hambre, porque lloran. Dichosos cuando la gente los odie, los excluya, reprenda y difame”.

Entonces, aún más asombrosamente, Jesús miró a otro grupo de personas, que son como la mayoría de nosotros, que parecen haber logrado bienestar, y les dijo: “¡Ay de ustedes, los que son ricos, los que están satisfechos y que se están riendo! ¡Ay de ustedes cuando todo el mundo los alabe!”. ¡Ay de los que son como nosotros, porque dice que estamos sujetos a gran dolor, tristeza y miseria!

Lo que Jesús realmente nos está diciendo es “¡Cuidado! Porque tu aparente bendición es en verdad un gran peligro”.

¿Cómo puede ser esto? Nos preguntamos con desconcierto, “¿qué demonios está pasando aquí? ¿Jesús no lo tiene todo al revés? Si los pobres, los hambrientos, los afligidos, los odiados, los excluidos y los vilipendiados son los felices, ¿cómo debemos entender esto? ¿Cómo podemos anhelar ser pobres? ¿Cómo podemos ver el ser odiados como un valor positivo? ¿Realmente Jesús quiere decir que el hambre y el dolor mejorarán nuestra suerte? ¿Por qué sería un honor el ser pobres? ¿No usamos nuestra riqueza para servir a los propósitos de Dios? ¿No podríamos hacer más por nuestros vecinos si tuviéramos más para ayudarlos?”

¿Cómo respondemos a estas preguntas inevitables? Comencemos por entender que al usar estas expresiones: “dichosos” y “ay”, Jesús no está haciendo un glamour de la pobreza y del sufrimiento. No nos pide que nos hagamos pobres o enfermos o débiles. No, hay algo mucho más profundo y más importante en su mensaje.

Jesús no quiere que veamos la incapacidad de una clase u otra como un remedio mágico para lo que nos aflige. Seguramente que él sabía, tan bien como nosotros lo sabemos, que la pobreza puede llevar a la desesperación y al suicidio, al crimen y a la violencia. Pero también sabía, como debemos aprender, que la necesidad nos puede llevar a Dios. La pobreza, el hambre y la desesperación pueden proporcionar un comienzo para quien busca la unión con Dios.

Añadió el “ay” porque sabía que la mayoría de la gente, como nosotros, tendría dificultad en imaginar que ser pobre podría ayudar a una persona. Jesús se centró en las cosas por las que la mayoría de nosotros trabajamos, esperamos y oramos. Así que las enumeró como lamentables y miserables para llamar nuestra atención. Sabía que estar bien alimentado, feliz y bien considerado es lo que realmente buscamos, mientras sonreímos caminando hacia el centro comercial o al banco.

Por encima de todo, sabía que comprar bienes materiales, comprar seguros y reservar ahorros para la jubilación o los días imprevistos nos llevaría a imaginarnos a nosotros mismos como seguros y en control de nuestras vidas. Sabía que gente, como nosotros, corremos constantemente el peligro de suponer, consciente o inconscientemente, que podemos llegar a la felicidad o comprar la alegría y la paz.

Nos es demasiado fácil creer que somos lo suficientemente poderosos o lo suficientemente independientes como para lograr todo lo que podríamos necesitar. Con la clase de recursos y habilidades, que la mayoría de nosotros tenemos, corremos el peligro de olvidarnos que necesitamos algo, especialmente un salvador. Y al olvidarnos de esa manera, no permitimos que Dios entre plenamente en nuestros corazones.

Lo que Jesús sabía es que la forma más probable de que nos volvamos a Dios es cuando nos encontramos en peligro y dificultad. Entonces, podremos llamar a la puerta que Dios abrirá. Entonces, encontraremos un salvador que nos ofrezca amistad.

Es mucho más fácil dar la bienvenida a Dios en nuestras vidas cuando conocemos nuestro pecado y bancarrota espiritual. Conoceremos la absoluta necesidad de lo que Cristo ofrece y que no podemos conseguirlo nosotros mismos. Qué benditos, qué envidiables, qué afortunados son los que entienden la necesidad urgente de los recursos que solo Dios puede proporcionar y que se pueden lograr simplemente pidiéndolos.

Mediante estas expresiones “dichosos” y “ay”, Jesús nos pide que nos unamos al espíritu de los pobres, a quienes se dirigió hace tanto tiempo. Aquellos del primer siglo, que carecían de todo, de los cuales Jesús habló; no tenían nada que esperar del mundo, pero esperaban de Dios todo lo que podían esperar.

A través de la necesidad de los pobres, Jesús nos muestra la manera de mirar hacia Dios, de acudir a Dios en busca de ayuda en nuestras vidas, actitudes y valores. Si logramos reconocer nuestra necesidad, podemos comenzar a aprender hacia dónde nos guía Dios. Comprendemos la necesidad de buscar a Dios. Nuestro profundo sentimiento de impotencia nos conduce a Dios, tal como somos, no como nos imaginamos ser. Podemos reconocer el poder de Dios que nos transforma en las personas felices, completas, cariñosas y amorosas que Jesús quiere que seamos.

Los pobres pueden ayudarnos a llegar a ese glorioso día en que renunciaremos a buscar recursos personales de privilegio o poder, como el camino hacia la verdadera felicidad. Los pobres de la época de Jesús, se volvieron al Dios que los sanaba y sustentaba, al Dios que, sobre todo, los amaba como eran. Su historia nos enseña que el amor de Dios está gentilmente al alcance de la mano y es más poderoso que los que gobiernan este mundo. Los pobres nos ayudan a ver la necesidad de un poder más grande que el nuestro para curarnos y darnos felicidad y significado. Nos ayudan a llegar al día en que veremos claramente a la fuente de este poder: a Jesús, el Cristo, nuestro Salvador.

Y ese día, nos uniremos con los santos de todas las edades mientras nos “regocijamos y saltamos de alegría”.

Este sermón, escrito por el Reverendo Ken Kesselus, se ofreció originalmente para la Epifanía 6 (C) en 2007.

 
 
 
 
 
 
 

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