Fiesta de la Epifanía - 2010

January 6, 2010

Hace muchos años estuvo de moda una canción de Joan Manuel Serrat basada en uno de los poemas más conocidos de Antonio Machado. Decía así: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás. Se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.

Estas palabras expresan en igual medida nuestros más profundos deseos y nuestros peores temores. Los pasos que tomamos definen nuestra vida. No tenemos un compás. El sistema de navegación (GPS) se dañó. La impresora no funciona y no hay cómo imprimir el mapa de Mapquest que nos ayudaría a llegar a nuestro destino. Y lo que es más: cada vez que damos un paso, el que acabamos de dar ya se borró y no hay cómo echar marcha atrás.

En un sentido, estos versos nos ayudan a entender el viaje de los reyes magos. Tratemos de imaginarnos que vamos acompañando a los reyes en esa jornada que iniciaron hacia Belén, sin mapa, sin GPS, sin celular y sin un Holiday Inn donde pasar la noche.

Empecemos en sus hogares cuando ya estaban a punto de partir. A lo mejor sus madres, sus esposas, sus primos y los vecinos, todos les dijeron que lo que iban a hacer era una locura. “¿Cómo que te vas de viaje y me dejas aquí cuidando de toda esta muchachada?” “Es que eres demasiado soñador, hijo mío. Aterriza un poco—allá no conoces a nadie. Andan diciendo que por todas partes hay ladrones y malhechores, ¿y tú diciéndome que vas a seguir una estrella? ¡Hijo, por Dios…!” Así les hablarían, tratándoles de sacar de su empeño.

No hubo nada fácil en esa partida. Y luego, los largos días del viaje. Días en que miraban hacia atrás y lo único que quedaba claro era que iban alejándose cada vez más de lo que les era conocido. Claro que seguía brillando esa estrella misteriosa, pero brillaba de noche. De día, lo que hacía era calor, los camellos malgeniados, los roces entre los viajeros, los inconvenientes y los momentos de temor. ¡Qué sed! ¡Qué ganas de dormir en cama propia, de jugar con los hijos! Las dificultades del viaje se acumulaban.

La noche también traía sus apuros. Es cierto que brillaba la estrella en el oriente, pero no lo suficiente para lograr que el resto de las personas a su alrededor dejaran lo que hacían para seguirla. El mundo no había cambiado para el resto de la humanidad. Nos podemos imaginar a Melchor, Gaspar y Baltasar, cansados y con desvelo, preguntándose una y otra vez qué habría al final del camino. Sabemos que en la oscuridad nuestros temores más grandes aparecen para burlarse de nosotros. ¡Es tan fácil dejar que esos temores y lo que lamentamos de nuestro pasado nublen el horizonte y escondan la estrella! En algunos momentos, tuvo que ser así para los reyes magos.

O, al menos, así nos imaginamos el viaje. Algo parecido sucede a todos los latinos que han sido peregrinos y viajeros. Han dejado atrás muchas cosas y han abierto camino andando. Al mirar atrás ven el desierto y las huellas que dejaron en la arena.

También, sabemos lo que es un buen alboroto: “¡Llegaron unos forasteros bien raros!” “Andan diciendo que han venido a adorar al rey de Israel que acaba de nacer”. Y,  ¿Herodes? – ¡ni si diga!- anda hecho una furia. ¡Qué atrevimiento que alguien se ponga a decir que ha nacido el Mesías. Ahora sí que se va a armar la grande”. El evangelio nos relata con lujo de detalles todo lo que aconteció en Jerusalén entre Herodes y los magos. Los chismes de quién le dijo qué a quién y cómo reaccionó la ciudad entera.

Y luego llega la culminación de esta historia. Después de la entrevista con el rey, los magos se pusieron en camino. Y ¡fíjense! La estrella que habían visto en oriente, iba delante de ellos hasta que se detuvo sobre el lugar donde estaba el niño. ¡Qué alegría más grande; habían visto otra vez la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre. Se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos.

Palabras sencillas, carentes de lujo o adorno literario. ¡Qué alegría tan grande! Vieron al niño. Se arrodillaron y le adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos. Es como si no hubiera palabras capaces de expresar la profundidad de ese encuentro. Es como si lo único que pudo hacer el autor para honrar cómo empezó a cambiar todo para los magos en ese instante fue usar las palabras más sencillas; las oraciones más breves para invitarnos a nosotros también a entrar y arrodillarnos con ellos en tierra sagrada frente a nuestro Salvador. ¿Será que es en el silencio y la sencillez donde hemos de encontrarlo? ¿Será que tenemos que hacer un peregrinaje, tal vez largo y complicado, pero en últimas, rendirle culto a nuestro Mesías? Gracias a Dios que por su gracia divina sólo requiere que estemos dispuestos a encontrar al Salvador y Dios se encargará de lo demás.

Muchos han sido peregrinos y viajeros. Han venido a este país en busca de nuevas esperanzas y promesas que brillaban casi como una estrella. Han venido a veces huyendo de una oscuridad destructiva que les obligó a abandonar lo conocido y bien amado a fin de vivir. Pero, al llegar al destino, ¿qué han encontrado? La historia de este país muestra que cuando llega un pueblo migrante, la primera generación sufre mucho, lo sacrifica casi todo para dar a sus hijos un nuevo porvenir. En medio de la lucha y del trabajo y de las dificultades, ¿qué han encontrado? Para las generaciones que ya gozan los frutos de la labor de sus abuelitos o de sus propios papás, ¡qué bendición la que han recibido!

Pero volvamos a la misma pregunta. ¿Todo el andar de la vida, el camino que nos hemos abierto, a dónde nos ha conducido? ¿Hemos visto al niño, nacido como el Salvador? ¿Nos ha llenado el corazón de la alegría más grande? ¿Hemos caído de rodillas en agradecimiento? ¿En adoración? Hagamos esas preguntas ya personales. Si tu vida todavía no te ha dejado boquiabierto/a, y sin palabras, tal vez sería bueno salir afuera, en las noches bien oscuras, y mirar al firmamento, buscando la estrella de Belén. O quizás, sería cuestión de detenernos durante un rato, guardar silencio y escuchar, y por si acaso, oír el llanto de un recién nacido; el llanto que proclama la nueva esperanza y la nueva vida. Sin encontrar a Jesucristo, el niño nacido como Salvador, y sin ofrecerle nuestras vidas, la verdad es que todavía no hemos llegado a nuestro destino. Llegar al destino es dar al Salvador el regalo más personal que le podemos brindar: nuestra vida.

La buena nueva es que Jesús no está lejos, ya ha nacido en nuestros corazones y nos espera. Salgamos rápido a verlo, porque ya ha nacido. Ya ha llegado a traernos una vida nueva en la que todo lo ha cambiado. Volvamos a nuestros lugares, a nuestras vidas comunes y corrientes. Pero, eso sí, sabiendo que tenemos un Mesías que nos acompaña en nuestro andar diario y nos da la luz que vislumbra nuestro camino por doquiera que vayamos.

 
 
 
 
 
 
 

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