Fiesta de la Epifanía - 2011

January 6, 2011

¿Por qué Dios nos sorprende siempre? Es como si quisiera destruir las ideas falsas que tenemos de él.

La palabra epifanía, significa revelación o manifestación. En este caso es la revelación del Hijo de Dios, que es Dios hecho hombre. Es la revelación más grande que el mundo ha conocido.

Sin embargo, los primeros en reconocerlo no fueron los líderes del pueblo escogido, o sea los judíos, sino unos astrólogos paganos, que por cierto no eran reyes – pero la tradición insiste en llamarlos reyes – y unos pobres pastorcillos que cuidaban de su rebaño de ovejas. Los pastores se encontraban en el lugar más bajo de la escala social, eran pobres y quizás analfabetos. Pero ellos, de los que menos se esperaba, fueron los primeros en descubrir al Mesías, al Salvador del mundo.

Tampoco la salvación que esperaba el pueblo judío, –que era el pueblo escogido de Dios –, no fue la que Jesús trajo. Se suponía que el Mesías iba a componerlo todo; que iba a expulsar a los invasores romanos y que iba a hacer que todo el mundo fuera rico, bueno e inmortal. Y, sin embargo, se encontraron con un hombre humilde, que creció como un pobre carpintero, cuya vocación y mensaje fue proclamar la paz y el amor, no la fuerza y el poder. Su vida fue un ejemplo de servicio a los demás.

Y es que el principal mensaje de la Epifanía es este: que Dios ama a todos y no hace distinción de personas; que Dios quiere que todos le conozcan y se salven y que su mensaje llegue “hasta los últimos rincones de la tierra”.

Últimamente se ha perdido en las culturas del hemisferio norte la costumbre de solemnizar con mucha fiesta y alegría la Epifanía. Entre la gente de habla hispana todavía se conserva en algunos países esta solemnidad. Los niños resultan ser los más favorecidos porque reciben dos veces regalos, unos en Navidad y otros en la fiesta de los “Reyes Magos”. A veces hasta se monta una pastorela donde algunos se disfrazan de pastores y otros de reyes, una señora hace el papel de la santísima Virgen María, otro de san José y así sucesivamente.

Pero, para el pueblo de habla hispana esta fiesta tiene un significado más especial. Como los pastorcillos, la mayoría de los hispanos ocupan los lugares más bajos de la escala social; también como los astrólogos, llamados tres reyes, han venido de lugares muy lejanos buscando un nivel de vida mejor o simplemente la sobrevivencia porque en sus países no hay oportunidades de empleo; otros han llegado huyendo de la tiranía y de la represión política que sufren en sus países.

Los trabajos en que se ocupan los hispanos son en su mayoría de servicio, lavaplatos, cocineros, jardineros, y otros trabajos semejantes. El comediante mejicano-americano George López cuenta que cuando él se movió a una casa muy buena en los suburbios y estaba podando la grama de su patio, paso un americano de habla inglesa y le preguntó, “¿cuánto cobra por hora para trabajar en jardinería?” Otro sacerdote hispano cuenta que cuando regresaba de la República Dominicana adonde asistió a una reunión de la Iglesia Episcopal el agente de aduanas le dijo a otro agente con una sonrisa burlona, “mira un salvadoreño viajando a la Republica Dominicana, ja, ja”. A lo cual el sacerdote le respondió, “discúlpeme pero yo soy americano”, y el agente respondió “si señor usted es ciudadano americano”, como implicando que era ciudadano de segunda clase. Esto es lo que se conoce con el nombre de “nativismo”. Aún siendo ciudadanos se ve a los hispanos como de segunda clase, así como los judíos veían a los que no lo eran.

Lo mismo ocurre incluso dentro de nuestra Iglesia. Aunque los latinos son el grupo étnico que está creciendo más numéricamente en Estados Unidos los recursos que la iglesia oficial dedica al ministerio hispano son muy pocos. Tampoco hay suficientes obispos latinos y que ocupen posiciones importantes. En estados como Texas y California donde debería haber más obispos latinos, simplemente no los hay. Hace poco en la diócesis de Los Ángeles había varios candidatos latinos muy bien calificados para ocupar el puesto de obispo y, sin embargo, no se eligió a ninguno.

En otras profesiones ocurre lo mismo. Hay latinos que poseen doctorados que no pueden conseguir trabajo en las universidades o seminarios porque los mejores puestos se les reservan a los que llegaron antes. Y así encontramos doctores, ingenieros y otros profesionales manejando un taxi o trabajando como porteros en un hotel de una, dos, o tres estrellas.

La buena noticia de la Epifanía es que Dios le ha dado vuelta a la tortilla y ha puesto los valores de este mundo cabeza abajo. Él ha escogido a los pobres, a los que se ven de menos, a los que no pertenecen, a los extranjeros, a los humildes para revelarles su mensaje de salvación, de paz, y de amor.

Existe, sin embargo, un peligro muy grande, especialmente entre las segundas y terceras generaciones de latinos que nacen en Estados Unidos y es el de caer en el mismo consumismo materialista en que está cayendo el resto del mundo. Incluso entre los inmigrantes ya establecidos se nota un consumismo desmesurado. Televisiones gigantes con sonido estereofónico, juegos electrónicos como el famoso Wii, computadoras caras y muchas otras cosas que no son esenciales.

Se está perdiendo el hábito de la conversación, de contar historias, de comer juntos, de pasear juntos, y casi todo se revuelve alrededor de la sala y la pantalla de la televisión o de la computadora. En vez de visitarnos, ahora “chateamos”, o sea, charlamos en el Internet. Y por ser a través de una cámara, la comunicación es extraña y distante. El aporte hispano a la cultura supermoderna de este país tiene que ser un aporte de amistad, de contacto personal, de vivir en comunidad.

Muchos hispanos han perdido el hábito de la misa dominical y van a la iglesia quizás solo en ocasiones especiales como la Navidad y la fiesta de los “Reyes Magos”. Por eso, en esta oportunidad en que las iglesias están un poco más llenas que de costumbre, hay que enfatizar el aprecio a los valores tradicionales y darle gracias a Dios por habernos escogido para vivir según su evangelio, es decir, una vida de paz, de amistad de servicio y de amor.

Este es nada más el principio de una estación de Epifanía en que Dios se nos revelará de muchas maneras como en las bodas de Caná de Galilea donde convirtió el agua en vino.

También aprovechemos para ver cómo Dios se manifiesta en nuestras vidas cada día, esas pequeñas epifanías: un suceso inesperado, una noticia buena, la sonrisa de un niño o de un extraño, un gesto generoso. En cualquier lugar, quizás adonde menos se espera, podemos encontrar una epifanía de Dios en este mundo maravilloso que él ha creado.

 
 
 
 
 
 
 

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