La Anunciación del Señor – 2011

March 25, 2011

Celebramos hoy la fiesta de la Anunciación del Señor, y es directamente María la figura evangélica que mejor y más íntimamente nos acerca al misterio del Salvador. María virgen y María madre nos da claves para entrar en el misterio rico, en el secreto hondo de la persona de Jesús. El sentido de su venida y de su vida es ser Dios-con-nosotros. Haciendo énfasis en la palabra de Dios para este día, la profecía de Isaías al rey Acaz, releída sin cesar, mantuvo viva la ardiente esperanza en el nacimiento de un hijo de David por quien el Señor estaría finalmente y para siempre en medio de su pueblo. Ninguno de los herederos del trono, algunos de los cuales faltaron a su misión, era realmente Dios-con-nosotros. Por eso, la esperanza fue apuntando siempre a otro descendiente de David que sería alguien fuera de lo común. Este es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, en quien la fe reconoce al Salvador anunciado. “Aquí estoy, oh Dios para hacer tu voluntad”. Así lo atestigua el autor de la carta a los hebreos (10:7). Jesús ofreció su propio cuerpo y su propia vida para hacer la voluntad de Dios, mejor que ofrecer sacrificios de víctima expiatoria. Esto coincide también claramente con el caso de María: ella ofreció su propio cuerpo como su mejor colaboración para posibilitar que se cumpliera la voluntad de Dios. En este sentido, algunos puntos del evangelio de la anunciación a María, nos recuerdan datos sobre la tierra donde fue sembrada tan rica semilla. Se trata de Galilea, Nazaret, una mujer virgen…entra Dios, una vez más, en la historia de un pueblo con muchas divisiones, infidelidades y marginalidades. Todo esto lo vivirá Jesús influyendo sin duda en su talante humano y social.

Los habitantes de Galilea, aunque fieles a la alianza, y las tradiciones, no serán bien considerados por los dirigentes judíos. Sin llegar a ser considerados herejes como los samaritanos, pero en Judea saben que la gente de Galilea siempre ha sido muy autónoma, respecto a la línea oficial de Jerusalén. Y al mismo tiempo sus gentes son de mentalidad mucho más dialogante. Por eso se le conoce como “Galilea de las Naciones”.

La tierra de donde es originaria la familia de Jesús, es una zona donde se producen revueltas. Allí nacen y viven innovadores y revolucionarios. De allí viene Juan el Bautista y el mismo Jesús. Este mismo será pronto conocido y hasta sospechoso porque viene de esta tierra: “Es de Nazaret de Galilea”. ¿Acaso puede venir de Galilea algo que sea bueno para el pueblo escogido y para la humanidad?

Por otra parte los fértiles campos, las abundantes colinas y el trabajo agrícola de esta región palestina, le harán a Jesús mucho impacto y le darán mucho juego para explicar la buena noticia del reino. De ahí se inspiran las parábolas del sembrador y las de los viñadores, los sarmientos arrancados y las pequeñas ovejas perdidas. También las colinas, desde donde Jesús oraba al Padre y desde donde anuncia una alianza nueva que llenará de alegría a los más entristecidos. Todo esto nos parece lógico, pero a veces olvidamos que Jesús es hijo de su propia tierra e hijo de su pueblo.

Pero hay cosas en su pueblo escogido que al Dios del éxodo y de la alianza no le gustan. Algo importante falla en la fidelidad de Israel. Orgulloso de sí mismo ha olvidado su condición de esclavo y despreciado, de extranjero y de indigente. Por eso, Dios escoge como punto de partida y como interlocutor al venir a nosotros precisamente a una mujer, y a una mujer virgen y humilde. Alguien que sea fiel de verdad, que siga teniendo la mirada y el corazón totalmente puestos en el Dios único que puede salvar. Ella transmitirá en san Lucas el nombre al hijo: “Se llamará Jesús que significa el Salvador”.

Encontró Dios en María una acogida plena y confiada, y pudo así trabajar él a gusto contando con ella. María es toda de Dios y toda para Dios y para su causa de salvación.
Es “la llena de gracia”. En ella el Señor está, vive Dios como en su propia casa. Es la morada perfecta para Dios, la única que él quiere y necesita.

Es bendita de Dios como ya él prometió, por su entrañable fidelidad al mandamiento principal, como leemos en Marcos capítulo doce: “Escucha, Israel, el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él: tienes que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas…y amarás al prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:28-32). Así es para María, así lo aprendió Jesús, ahí queda resumida toda la ley y todos los profetas. Ella por ser mujer no podía recitar esas palabras en público en la sinagoga, pero llevaba las palabras de Dios escritas en sus entrañas.

Por eso sólo faltaba esta última palabra del Señor que le trae el mensajero, para que inmediatamente se realizase lo que anunciaba. Estaba entrenada en el sí íntimo a Dios. La Palabra de Dios se encarnaba en María. El Espíritu de Dios no encontraba obstáculo alguno en su trabajo de creación.

Esta vez, por el sí de María, como leemos en Lucas capitulo primero: “Hágase en mi según tu palabra” (Lucas1:38), era el mismo Dios en el Hijo quien se hacía hombre en María madre. Era voluntad y trabajo de Dios, todo de Dios, todo Dios y todo hombre. Este era el secreto, el misterio de la identidad de Jesús de Nazaret. María conocía el misterio en sus dos vertientes, y colaboró aportando su personalidad de mujer virgen, creyente y humilde al gusto de Dios.

Nosotros, cristianos, seguimos teniendo en María la madre y modelo de una humanidad nueva. Tenemos la vía privilegiada para entrar en el conocimiento de Jesucristo. Pero un conocimiento hondo de su persona que nos lleva, como a María, a amarle y seguirle, sobre todo en su sencillez y en su humildad. Parece que Dios encuentra más facilidades para llevar su reino adelante en los que de corazón son sencillos y humildes.

La fiesta de la Anunciación del Señor, nos invita a mirar a María como un estímulo para nuestra esperanza. Todos atravesamos momentos difíciles sin esperanza. Hay en toda vida humana, por lo menos, algunos momentos de crisis, en los que a uno le parece perder pie, no tocar fondo en la vida, ir flotando sin suelo en qué apoyarse…Son momentos en que necesitamos ayuda para mantener viva la esperanza. La encomienda es confiar y saber esperar como lo hizo María que vivió la fe hecha de esperanza. No se trata de afirmaciones teóricas, si no de confiar en la acción del Señor que se realiza en la historia de manera eficaz.

 
 
 
 
 
 
 

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