Miércoles de Ceniza – 2010

February 17, 2010

¿Qué tesoro? Los pobres no tenemos tesoro. ¿Cómo se atreve Jesús hablarnos de nuestro tesoro? En vez de tesoro, tenemos esperanza. Una esperanza larguísima, paciente, una esperanza que sabe que Dios provee. Porque nuestro único tesoro es Dios mismo.

Y, ¿de qué nos vamos a arrepentir este gran día de penitencia, si nuestro tesoro está en Dios? ¿Nos vamos a enorgullecer de haber venido a misa, y de andar por ahí con la frente tiznada, pretendiendo que somos mejores que los que tienen la frente limpia? Jesús advierte claramente que no debemos practicar nuestra piedad en público para que otros nos admiren.

No. Las cenizas que vamos a imponer son un signo de que sabemos muy bien dónde está nuestro verdadero tesoro. Son signo de que sabemos muy bien que somos polvo, casi nada, y que confiamos en que Dios entiende nuestras debilidades y las perdona.

¿Debilidades? ¿Tenemos debilidades? ¿No somos perfectos? ¿Cómo es de débil usted? ¿Cómo falla? ¿Qué hace que después desearía no haber hecho?

Cada uno de nosotros tiene su propia lista de pecados. Si somos valientes y confiamos que Dios es amor y quiere perdonarnos, podemos identificar nuestros pecados individuales. Si somos cobardes y le tememos a la verdad, vamos a pretender que no tenemos casi ningún pecado personal y se nos pasa la oportunidad de recibir el perdón de Dios.

Pero también hay pecados en el pueblo hispano de Estados Unidos. Los hispanos tienen preocupaciones personales muy básicas: ¿Dónde hay chamba? ¿Cómo educaré a mis hijos? ¿Dónde aprendo inglés para salir adelante en este país? Estas tribulaciones toman la mayoría de nuestro tiempo, y por eso nuestra atención rara vez se torna a nuestros pecados como pueblo.

Un pecado que tienta a algunos hispanos es el de perder la esperanza. Las preocupaciones y fracasos de la vida nos pueden derrotar. Sin embargo, el pueblo hispano es un pueblo de gran esperanza. Si usted vino acá de otro país, ¿recuerda el día en que tomó una gran decisión tal como lo hizo Abrahán, nuestro padre en la fe? ¿Recuerda cuando usted decidió jugárselo todo y venir a este país? Esa decisión estuvo llena de esperanza y de confianza en un Dios que provee. ¿Tenemos esa esperanza viva aún? Arrepintámonos hoy de nuestra falta de esperanza. Que las cenizas de hoy sean signo de esperanza y confianza en Dios, que cada día hace que salga el sol y nos da nuevas oportunidades.

Sin esperanza, es fácil darse por rendido. Es fácil dejar de trabajar en nuestro matrimonio, o dejar de participar en la escuela de los niños, o dejar de mejorar el vecindario. Es fácil pretender que los retos que la vida nos trae no tienen solución. Es fácil cruzarse de brazos y dejar de buscar trabajo. Es fácil creer que nunca habrá reforma migratoria en este país. Es fácil ser indiferente. Pero ahora, aquí, este día, podemos dejar atrás nuestra indiferencia. Este es el momento oportuno. Este es el momento de salvar y sanar a nuestro pueblo. Que las cenizas de hoy sean signo del compromiso de cada uno a trabajar duro para mejorar nuestras vidas, comenzando por nuestra familia, y mejorando nuestro vecindario, nuestra ciudad, nuestro país. Así podremos recibir el reino que pedimos a Dios venga pronto: un reino, un mundo nuevo de paz, justicia y amor.

Otro pecado que nos tienta especialmente a nosotros es la negación de lo que está sucediendo en nuestras vidas: “No, yo no tengo ningún problema de alcoholismo,” es una excusa conveniente para evitar enfrentarse a lo obvio. “Bueno, mi esposo me pega, pero yo lo tengo que aguantar”. Es una mentira que nos decimos para no enfrentarnos a la realidad. Es fácil para nosotros pretender que nuestros problemas no existen, o que van a desaparecer sin enfrentarnos a ellos. Que las cenizas de hoy sean signo de que estamos dispuestos a enfrentarnos a la verdad, hasta la muerte.

[Si hay candidatos para el bautismo en la Pascua:]
A partir este próximo domingo nos unimos a N, N, en su camino de renovación de vida, según se acerca(n) al gran día de su bautismo, el día de Pascua de Resurrección. Con él o ellos, nosotros también, caminamos el camino de la renovación de vida, aprendiendo una vez más que el reino que Dios nos quiere dar comienza aquí, en nuestro trato, unos con otros, en la familia, en el trabajo, en toda nuestra vida, para que cuando renovemos las promesas que hicimos en el bautismo, con los que se van a bautizar, experimentemos un renacer a una nueva etapa, a una nueva oportunidad, a una nueva vida.

La cuaresma que comenzamos hoy no es una oportunidad para castigarnos a nosotros mismos y mucho menos para dejar de comer chocolates. Es -hablando seriamente- una oportunidad para examinar nuestras vidas y volver a aceptar el amor infinito de Dios. Un Dios que quiere nuestra felicidad, un Dios que camina con nosotros. Un Dios orgulloso de nosotros, que espera pacientemente según vamos renaciendo nuestras vidas hacia un mundo mejor.

Que el mismo Dios que ha sembrado en nuestros corazones la esperanza en un mundo mejor, nos perdone y nos vuelva a llenar de esperanza y de compromiso para que juntos podamos recibir su reino, que viene ya.

 
 
 
 
 
 
 

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