Navidad 2 – 2011

January 2, 2011

“Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto… José se levantó, tomó al niño y a su madre, y salió con ellos de noche camino a Egipto” (Mateo 2: 13-14).

Huir de noche. Huir a un pueblo extraño. Huir al exilio. Huir con el niño y con la madre. Huir, huir, huir… ¿Es que acaso no había José huido suficiente ya?

En este segundo domingo de Navidad el evangelista Mateo nos presenta el drama de la huida a Egipto. No es una narración muy descriptiva ni extensa, pero suficientemente poderosa como para despertar lo mejor de nuestra imaginación y llevarnos al lugar y al tiempo donde ocurrieron las cosas.

La huida a Egipto nos introduce en uno de los capítulos que menos conocemos de la vida de Jesús, su etapa de inmigrante, pero que nos ayuda mejor a describir el terror de la época y las barbaridades que eran capaces de cometer las autoridades de aquel tiempo. Es un pasaje indignante no solo por lo que refleja del abuso del poder, sino porque toca la vulnerabilidad de un niño y la delicadeza de una madre recién parida.

El Dios encarnado comienza así su carrera humana, huyendo. ¡Bienvenido al mundo, Jesús! Este punto de arranque anticipa una nota distintiva de su ministerio, la persecución. Persecución en todos los aspectos posiblemente imaginable: ideológica, social, emocional, religiosa, racial, sexual y política. Una persecución que, en consecuencia, heredarían sus seguidores.

Tener que huir es mucho más que estar obligado a ponerse en camino; es dejar atrás parte de quien se es y enfrentarse a lo inesperado; arrancarse con desgarre y con sangrado. Es salir en búsqueda de un lugar seguro donde la sombra del mal parece que no alcanza, pero donde la ausencia de peligro no es garantizada. Huir nos hace sospechosos y nos obliga a sospechar de todo y de todos; nos hace vulnerables, con un sentimiento eterno de recién llegados. Huir pone en desafío la propia identidad, que a fuerzas de ser negada tantas veces termina por diluirse y confundirse.

Sin lugar a dudas, lo que acabamos de decir puede muy bien utilizarse como un acercamiento descriptivo a la experiencia humana del huir. Pero, ¿qué significa para el plan salvífico de Dios la huida de José, María y Jesús a Egipto?

Significa la alternativa de mantener con vida la esperanza que por tantos años había soñado el Pueblo de Dios; mantener vivo el sueño, que por fin, y de una vez por todas, se podía tocar en la piel de un recién nacido; asegurarnos que nuestro Salvador no muriera apenas empezaba a vivir.

Desde esa perspectiva la historia cambia de color y de sentimiento, y entonces ya como que comenzamos a simpatizar con la huida a Egipto en medio de la noche. No es que cambie el fondo de maldad que la provoca, eso sigue estando allí intacto; lo que se da es un cambio de lo inmediato a lo escatológico, del recurso alterno al recurso definitivo y único, de lo que humilla a lo que dignifica, del dolor pasajero al gozo infinito.

Muchos de nosotros hemos tenido que experimentar el desgarre de la huida, en cualquier aspecto que la hayamos sufrido: pobreza, hambre, opresión, guerras, amenazas, maltratos psicológicos, persecución religiosa, discriminación a los distintos niveles que esta ocurre. Pero cuando al pasar del tiempo miramos hacia atrás, nos damos cuentas de que la huida, en el momento que la emprendimos, era nuestra mejor opción. También nos damos cuenta de que no huimos por cobardía sino por preservación, de que al hacerlo privamos al odio y a la deshumanización de una víctima más.

Cuando llegamos a ese estado de conciencia de nosotros mismos, entonces ya estamos listos para el regreso y, al igual que Jesús, comenzar nuestra lucha para que otros nunca tengan que huir.

Que Jesús nos siga acompañando a lo largo de este año y podamos ser solidarios con los que se sienten perseguidos y amenazados.

 
 
 
 
 
 
 

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