Navidad 2 – 2014

January 5, 2014

Durante los años que Jesús vivió en Nazaret fue descubriendo poco a poco la vida social exactamente como cualquier niño o joven de su edad. Hay que tener en cuenta que el joven Jesús no asistió a ninguna escuela especial ni recibió ninguna educación especial. Él no manifestó ninguna dote extraordinaria ni gesto de magia. José, el carpintero, sencillamente le transmite la fe y el amor a las Escrituras Sagradas. La comunidad de Nazaret, por más insignificante que fuera, hace de Jesús un judío observante, sometido a la ley y respetuoso de las Sagradas Escrituras.

Tendríamos que preguntarnos: ¿cuál fue la experiencia profunda de Jesús? ¿Cómo se fue situando el Hijo de Dios en el mundo de los seres humanos, a medida que lo descubría? Lucas nos cuenta al respecto un hecho, que le pareció significativo, como también lo fue para María. A los doce años, el adolescente Jesús empieza a estar sometido a los preceptos religiosos, entre otros, a la peregrinación a Jerusalén para las fiestas. Sentados en el templo los Maestros de la ley enseñaban a los grupos de peregrinos y dialogaban con ellos. Fue precisamente en esta ocasión cuando Jesús, por primera vez, desconcierta a su familia.

¿Por qué nos ha hecho esto? Preguntan sus padres. Lucas en su Evangelio hace resaltar esta incomprensión: el reproche de María a Jesús y el reproche de Jesús a sus padres. Luego pone de relieve la conciencia que tenía Jesús de su misión y su relación privilegiada con el Padre Dios. Jesús vivió las etapas del desarrollo psicológico y a su modo las dominó. ¿Cómo pudo quedarse dos días sin pensar que sus padres lo buscaban muy preocupados? Pero no fue así. Jesús pensó que ese sufrimiento era necesario y conquistó su libertad de una manera radical antes de re-encontrarse con ellos.

En vez de hablar del niño perdido, sería más exacto decir que el joven Jesús se descubrió a sí mismo: “Yo debo estar en las cosas de mi Padre” (Lucas 2:49). El Espíritu Santo hizo posible la encarnación del Hijo de Dios a través de María. Jesús pertenece a Dios como pertenecemos nosotros y debemos estar en las cosas de Dios y no de este mundo. Ellos no comprendieron, pero María guardaba todas estas cosas en su corazón. María había entendido el mensaje de la anunciación del ángel y sabía que Jesús era el Hijo de Dios, pero jamás había pensado que ser Hijo de Dios sería justamente lo que Jesús acababa de hacer. Esa incomprensión no estaba reservada sólo a María y José, sino a toda la humanidad, pues por más que lo sepamos, muy a menudo, la acción de Dios nos escandalizará porque no coincide con la lógica humana. La lógica de Dios no entra en la lógica de los seres humanos.

Lucas no dice nada más sobre esta etapa de la vida de Jesús de Nazaret. Sólo se limita a decir que Jesús “crecía en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lucas. 2:52). Ese es precisamente el esquema de crecimiento de la vida cristiana: sabiduría de Dios, edad madura y gracia espiritual. La sabiduría de Dios es diferente al simple conocimiento que nos proporciona la ciencia, es algo más profundo. La edad nos da la madurez para tomar conciencia de nuestra mayordomía cristiana y nuestros compromisos de fe. Pero sobre todo la gracia que es la que garantiza nuestro desarrollo en la vida espiritual haciéndonos soldados de Cristo que luchamos por hacer siempre el bien, al estilo de Jesús de Nazaret.

Cristo, con este pasaje, nos abre el camino para alcanzar el conocimiento de nosotros mismos, descubrirnos en la propia búsqueda de las cosas de Dios. Nuestra vida es un peregrinar por el mundo en búsqueda constante del bien en el amor a los demás. El diálogo abre la comunicación sana entre los seres humanos y esto fue precisamente lo que hizo Cristo.

Pablo en su carta a los efesios en el capítulo primero nos describe este proyecto de crecimiento en nuestra vida espiritual. Lo llama proyecto misterioso (Efesios 1:9) queriendo decir que es una decisión personal basada en una doctrina secreta: el cristianismo. Nos habla del designio de Dios creador que se arraiga en el misterio de las tres personas divinas. Nos recuerda que en Cristo Dios nos eligió: toda criatura viene de Dios a través de su Hijo en quien Dios contempla su riqueza y al que colma de todo su amor. Somos tal como Dios nos ha amado en él, y estamos en él, en cierta manera desde el comienzo.

Ese crecimiento cristiano en sabiduría, edad y gracia es un sello del Espíritu Santo. Los cristianos recibimos el Espíritu Santo que actúa en nosotros en la fe, en la esperanza y en el amor y, sobre todo, en las diversas formas de servicio como son el don de conocimiento, los milagros y las curaciones. Estos dones son las pruebas más evidentes de que hemos llegado a ser hijos de Dios. Estos dones son también un anticipo de todas las maravillas que Dios nos tiene reservadas.

Pidamos al Espíritu Santo para que nos llene de su gracia para crecer cada día más en sabiduría, madurez y vida espiritual y así difundir el mensaje de la Buena Nueva de la salvación.

 
 
 
 
 
 
 

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