Navidad (I) – 2010

December 25, 2010

¡Feliz Navidad! Este es un día de júbilo en la cristiandad. Tras semanas de preparación, de grandes expectativas, por fin llegó el momento. Ha nacido el niño. Ha nacido el Niño Dios.

En muchos hogares a esta hora ya hay una montaña de papel de regalos, de cajas y envolturas desechadas a la carrera. Con gran esmero envolvimos los regalos para las personas que tanto queremos y hoy, todo lo que prometían esos regalos colocados al lado del pesebre o bajo el arbolito de navidad, todo ese misterio ya quedó resuelto. Lo que recibimos y lo que dimos tal vez encantó, tal vez desilusionó, pero ya sabemos lo que es, ya quedó en claro lo que iba a ser esta Navidad en lo que se refiere al dar y al recibir.

Por lo menos, es así como una cultura de consumismo quiere que entendamos la Navidad. Si no quedamos satisfechos con nuestros regalos, el año entrante volveremos a ensayar, y trataremos de dar algo mejor. Secretamente le pediremos a las fuerzas del universo que nuestro marido o nuestra esposa nos entienda lo suficientemente bien para que nos dé el regalo perfecto y no otra corbata o máquina de coser. La tentación al terminar de abrir los regalos de Navidad es pensar que ya recibimos todo lo que íbamos a recibir. Pero nos equivocamos si lo vemos así.

Nos hemos congregado en este lugar porque, aunque nos hayamos entregado por completo al trajín de la Navidad según lo que dicta nuestra cultura, sabemos que nos hace falta algo más. Aunque tengamos un carro Mazeratti nuevo en el garaje y un diamante de 15 quilates, hay algo muy por dentro de nuestro corazón que queda vacío y que aún espera. Hay algo más profundo que añoramos recibir.

Para los inmigrantes de primera generación, tal vez el vacío que se siente sea el dolor de patria. Las celebraciones y costumbres que formaron la niñez, los paisajes, los olores y los sonidos de Navidad en la tierra natal brillan por su ausencia. A lo mejor también hay parientes, primos y tíos, hermanos, inclusive los propios padres, que están ausentes esta Navidad. Esa ausencia también forma parte del vacío. Ni el tequila, ni el ron logran borrar por completo esos rastros de otro mundo que una vez se vivió y que hoy tristemente está lejos.

Para otros que ya somos parte de la segunda, la tercera, o cuarta generación en este país, tal vez sentimos esos vacíos por otras razones—porque en esta economía es tan difícil encontrar un buen trabajo y la angustia de construir un futuro para nuestros hijos es tan grande. O porque nuestra familia tiene sus conflictos y fragilidades que nos hacen sentir inseguros y solos. O porque las noticias todos los días son tan negativas, sale de nuestro corazón la oración: “Dios mío, es tan pequeña mi barca y el mar es tan grande”.

Los regalos nos encanta darlos, nos encanta recibirlos y con todo y eso, no nos brindan la plenitud de vida que los comerciales siempre andan prometiendo. A veces lo olvidamos pero nuestros corazones lo saben y por eso nos hemos congregado hoy. Sabemos que el verdadero regalo es otro. Y sabemos también que Dios lo que más quiere es darnos precisamente lo que más añora nuestro ser: el regalo de vida nueva en Jesucristo.

Hoy estamos aquí para recibir ese regalo y vale la pena detenernos unos instantes a ponderar lo que estamos queriendo recibir.

La proclamación del ángel nos ayuda a comprender lo que buscamos. Dice el ángel: “Hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor”. ¿Por qué será que Lucas lo presenta de esta manera? Hubiera sido suficiente proclamar que “hoy en la ciudad de David ha nacido un Salvador”. Pero Lucas dice que ha nacido este niño para nosotros. Vivimos en un mundo que se olvida de nuestra particularidad, de nuestra humanidad. Si vamos al supermercado a comprar jamón nos dicen que saquemos número y no nos llaman por nombre sino que cuando ya nos toca nuestro turno, alguien grita el número. Piensen en cuántas situaciones es más importante tener número de seguridad social que tener nombre. Cuántas veces nos toca entrar en un lugar lleno de gente donde nadie nos conoce y no conocemos un alma.

El Evangelio de Lucas nos dice que ha nacido un niño para nosotros—para cada uno de nosotros en toda nuestra singularidad. Hemos sido conocidos por Dios desde el momento de nuestra creación y Dios conoce las fortalezas y las debilidades que cada cual lleva por dentro. Su hijo, el niño Dios, viene a elevar lo que es bueno y fuerte en nuestro ser y a sanar y reconciliar lo que está maltratado, desfigurado y quebrantado por el pecado.

Aunque le estamos más atentos a él en esta ocasión, el regalo de vida nueva en el niño Dios lo recibimos una y otra vez, en los momentos y los lugares más inesperados. Considera este año que ya está terminando. ¿En qué momentos enfrentaste una situación que no parecía tener solución y de pronto te diste cuenta de una respuesta totalmente nueva que brindó nuevas esperanzas? La vida nueva, la vida abundante en Cristo sale a nuestro encuentro inclusive en los momentos más difíciles de nuestro existir.

El regalo que recibimos por parte de Dios muchas veces interrumpe nuestros planes y abre horizontes que jamás hubiéramos considerado. ¿Quién iba a pensar que ese niñito de familia tan humilde y marginada era el Mesías? Cuando Dios se hace carne, cuando viene a morar entre nosotros, consagra todas nuestras vidas, nos invita a todos a vivir con él y a participar en un reinado de amor, justicia y misericordia.

El regalo que Dios se muere por ofrecernos es de valor infinito. Podríamos pasarnos el resto de la vida ponderando lo que Dios nos ha ofrecido y no agotaríamos el misterio de su encarnación. Vino a entregarse al mundo, a servir al mundo con una humildad absoluta. Es Dios mismo el que yace en ese pesebre. Dios se subyugó, se hizo hombre para estar con nosotros. No hay palabras suficientes para captar todo lo que significa este regalo.

¿Qué podremos hacer para merecer tanta generosidad? Nada. Absolutamente nada. No se trata de algo que podamos comprar o merecer. Dios no pone condiciones para darnos su amor.

Si bien es cierto que no podemos hacer nada para merecernos ese amor, sí tenemos que acercarnos a recibirlo. Dios no nos obliga. Sólo nos invita a venir a Belén a ver esa criatura recién nacida. Dios no se impone en nuestras vidas, pero sí abre puertas y ventanas y nos reta a verlo a él, a nuestro prójimo y a toda la creación con ojos generosos, corazones reconciliadores, manos extendidas para sanar y servir. Dios nos convierte en regalo porque amor que no se regala no es verdadero amor.

Hay tantísimas personas en el mundo, en nuestra comunidad, en nuestro vecindario que se han quedado sin este regalo esta Navidad. Gocemos juntos un ratico porque una vez más ha nacido Dios en nuestros corazones. Y luego salgamos al mundo y con nuestras obras y voces proclamemos, “hoy, en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, que es el Mesías y el Señor”.

 
 
 
 
 
 
 

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