Navidad (I) - 2009

December 25, 2009

La buena noticia. Los pastores estaban en el campo cuidando las ovejas como de costumbre. Hasta este momento de su vida no se habían dado grandes sorpresas. De pronto sucede algo sumamente asombroso. Cuando los pastores reposaban solos con las ovejas de repente se encontraron cara a cara con un ángel que les anunciaba “una buena noticia, que sería motivo de gran alegría para todos”. Tal cosa no sucede cada día. Con razón, antes de anunciar su mensaje, el ángel empezó diciéndoles que no tuvieran miedo. Y cuando aún menos lo esperaban, el ángel fue acompañado de muchos más, todos alabando y glorificando a Dios: ¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra entre los que gozan de su favor!

¿Qué gran noticia es esta que causa tanta bulla? Ha nacido el Salvador. Pero también sorprendente: ¡el Salvador está envuelto en pañales y acostado en un establo! Con razón que Dios no envió sólo un ángel para anunciarlo, sino envió al coro entero. No cabía duda: en verdad, había sucedido algo sobresaliente con el nacimiento de este bebé.

¿Qué sucedió para causar tanta bulla? Seguramente están anunciando un nacimiento especial, quizás el de un rey, pero ¿nacido en un humilde establo? Sin embargo, en ese precioso bebé a quien nombraron Jesús, Dios cumplió las promesas que se habían anunciado durante tanto tiempo.

En la primera lectura, el profeta Isaías nos anuncia su esperanza para el día en que nazca este niño: Nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo al cual se le ha concedido el poder de gobernar.

La promesa fue grande, pero también el período de espera para que se cumpliera. Pasaron unos 800 años entre la profecía de Isaías y el nacimiento de Jesús. Sin embargo, la promesa no empezó con este profeta. Unos dos mil años antes del nacimiento, Dios prometió a Abrahán que todas las naciones serían bendecidas por él. Jesús fue el descendiente prometido a Abrahán. Podemos dudar que Abrahán comprendiera lo que Dios tenía en mente, pero lo aceptó por fe. La promesa pasó de generación en generación hasta el nacimiento de este Niño. Quizás nos preguntemos: para recibir lo que Dios nos promete, ¿es necesario esperar miles de años? En algunas cosas sí, la espera es larga.

Isaías hizo otra profecía: que algún día el mundo vivirá en paz. Esa paz mundial puede tomar siglos, quizás milenios en llegar. Para significar esa paz, empleó el símbolo del cordero y del león, no en una batalla de vida y muerte sino los dos, igualmente mansos, disfrutando de mutua compañía.

Por otra parte, sabemos que hay promesas de paz que están a nuestro alcance hoy día y por las cuales no tenemos que esperar. Jesús nos prometió una paz que sólo él nos puede dar. Esa paz requiere sólo nuestra entrega a él, y se realiza en nosotros al buscar su voluntad y cumplirla. Los votos bautismales escritos en el Libro de Oración Común nos ofrecen una guía de cómo podemos conocer la voluntad de Dios. Por medio de esos votos hemos hecho un compromiso de actuar y vivir para Jesucristo y proclamar su mensaje. Para cumplir eso no hay que esperar. La senda hacia la paz se hace con el caminar.

En este nacimiento de Jesús se manifiesta todo el amor que Dios nos tiene. Se puede resumir en estas palabras de la primera carta de san Juan: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su hijo para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedarán perdonados”. Dios es la fuente de amor que nunca se agota.

Se requiere un amor inmenso para que un padre entregue a su único hijo para la salvación del pueblo que lo ha rechazado. Es necesario un amor sin medida para que Dios naciera en forma humana y para que viviera con las alegrías y los dolores del ser humano.

A este amor tan inmenso, Juan nos alienta a responder con un amor profundo con estas palabras: “Hermanos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros”.

Jesús vino como salvador y también para mostrarnos su amor como un patrón de vida. En la Última Cena, Jesús nos pide que nos amemos mutuamente tal como él nos ama. Aunque es difícil hacerlo, Dios nos provee la gracia para dar ese amor sin condiciones. Su amor es tan grande que, cuando fallamos, siempre está listo para tomarnos de regreso sin reproche.

Fíjense en los títulos que el profeta Isaías le da al recién nacido: su gobierno será tal que, le nombrarán Admirable en sus planes; Dios invencible; Padre eterno; Príncipe de la paz. Las bases de su reinado serán la justicia y el derecho desde ahora y para siempre. ¡Cuán grandes son las esperanzas que ofrece este Niño! ¡Cuán grandes son esas esperanzas para nosotros!

Para que Jesús reine sobre la justicia y la paz, se requiere que nosotros nos entreguemos a él y a su obra de amor. Somos nosotros, sus seguidores, las manos, los pies y el corazón de Jesús. Cada persona que se encuentra con Dios, su vida nunca será la misma. Él nos necesita para crear las condiciones en que pueda haber amor, paz y justicia. Él cuenta con nosotros para proveer el patrón para el resto del mundo. Tenemos que empezar en nuestros hogares, tratándose cada miembro de la familia con respeto y amor. Tal como Jesús ha sido una muestra de vida para nosotros, así debemos serlo nosotros para los demás.

La Iglesia no es un nido ni un escape de los problemas del mundo. En la iglesia aprendemos lo que necesitamos saber para cumplir la voluntad de Dios. En la iglesia obtenemos el equipo para luchar a favor de nuestro prójimo necesitado. Cada uno de nosotros tiene que actuar con amor para combatir la injusticia y el dolor de que sufre la humanidad y dar la mano al pobre o al desamparado. No lo podemos hacer solos. Dios provee la gracia y los medios para la victoria: la victoria que trae ese mismo Niño en pañales, nacido en un establo.

Sí, todo esto es un milagro y una gran expectativa tratándose de un nacimiento tan humilde. Sin embargo, los ángeles se regocijan y los pastores regresan a su trabajo, alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído. Escucharon cumplida la promesa de un salvador. Vieron con sus propios ojos la muestra del gran amor de Dios. Y María guardaba todo esto en su corazón y lo tenía muy presente.

Que Dios nos ayude hacer lo mismo. Esperamos que al experimentar tan grande amor nos lleve a la paz interior y a lograrla en torno nuestro.

 
 
 
 
 
 
 

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