Navidad (I) - 2015

December 25, 2015

Con la celebración del nacimiento del Niño Dios, esta noche, concluye el tiempo de Adviento; ese tiempo durante el cual la liturgia nos fue ayudando a través de las diferentes lecturas de la Palabra de Dios a prepararnos adecuadamente para celebrar el nacimiento del Mesías y Salvador Jesucristo.

Para nosotros, como cristianos, la celebración del nacimiento del Niño Dios es algo más que un simple aniversario, un nuevo cumpleaños de Jesús. Nos hemos preparado durante cuatro semanas para celebrar la venida de Jesús. Dejando a un lado todo el aparato consumista que se ha montado en torno a la Navidad, nosotros nos dejamos invadir de esa alegría inmensa que nos produce el hecho de saber que hoy, el Dios Todopoderoso y eterno, ha venido hasta nosotros en forma de un débil niño.

Hemos escuchado hoy una lectura muy sugestiva del Antiguo Testamento y hemos aclamado el salmo 96 donde el salmista nos invita al gozo y la alabanza al constatar las obras grandes del Señor. Eso es lo que hacemos en esta Nochebuena, alabar y bendecir al Señor por sus obras; pero por encima de todo alabarlo y darle gracias porque a pesar de su infinita grandeza ha decidido venir hasta nosotros, hacerse uno de nosotros y compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestros sueños y esperanzas. Ese es el gran sentido de la celebración de esta noche.

Como acabamos de escuchar en el pasaje del libro de Isaías que nos trae la liturgia de hoy, el profeta invita a la alegría por dos motivos especialmente: porque “el pueblo que caminaba a oscuras vio un luz intensa”, y el segundo motivo es porque “un niño nos ha nacido”. Por una parte, Isaías invita a vivir esa alegría y regocijo en actitud de agradecimiento a Dios porque la opresión que pesaba sobre su pueblo se ha retirado. El trasfondo histórico de este pasaje es la devastación y muerte que produjo en la región el imperio Asirio quien derramó mucha sangre y produjo gran dolor a los israelitas del Norte del país. En medio de todo, el profeta invita a mantener viva la fe y a confiar siempre en el poder inigualable de Dios, único que puede doblegar a los más poderosos del mundo.

El otro motivo de alegría se refiere al nacimiento de un niño; al parecer, se trata de un descendiente real que acaba de nacer. Era normal que cuando se producía el nacimiento del descendiente, hubiera alegría y se renovaran las esperanzas del pueblo. Desde la época del rey David, el pueblo siempre alimentó la esperanza de un rey a la medida de sus expectativas y necesidades; sin embargo, ningún descendiente del legendario David dio la talla; por eso, siempre se mantuvo la esperanza en que algún día, Dios enviaría un Mesías que sí fuera capaz de realizar el papel auténticamente liberador.

Ya en la época del Nuevo Testamento, las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron el cumplimiento de estas profecías en Jesús de Nazaret. Ese niño que anunciaba Isaías fue para los primeros cristianos Jesús, el hijo de José y María que hoy contemplamos en el pesebre.

Llenos de gozo contemplamos pues al niño de Belén. En este niño se cumplen hoy todas las profecías, ahí está en el silencio y la humildad del pesebre la realización de todas las promesas divinas; no importa cuanta oscuridad, cuanta soledad, cuantas tristezas y angustias ha experimentado la humanidad y cada uno de nosotros; ese llanto y esa desnudez de este Niño nos están diciendo que no estamos solos; que la vida no es dolor ni llanto, que la vida, nuestra vida, tiene un sentido porque Dios en su amor infinito ha venido a hacerse uno con nosotros, a llenar de sentido nuestra existencia.

El evangelista Lucas es quien nos cuenta con más detalle el nacimiento del Niño Dios. Como hemos escuchado, Lucas menciona una circunstancia muy particular que rodeó este nacimiento: María y José que habitaban el pequeño y escondido caserío de Nazaret en Galilea, tuvieron que desplazarse hasta Belén, muy cerca de Jerusalén, para registrarse en un censo que había decretado el emperador romano. La ley era que cada judío tenía que ir hasta su lugar de origen a censarse; y como José no era de Galilea, sino de Belén de Judá, por eso tuvo que hacer este viaje.

Estando entonces en esta penosa diligencia, se le cumplió el tiempo a María y tuvo que dar a luz allí en Belén, lejos de su casa, entre gente desconocida. Y nos dice Lucas que como no hubo sitio para María y José en la posada, tuvo que alumbrar en una pesebrera. Fue lo más íntimo que pudieron encontrar María y su esposo, el lugar donde habitualmente pasaban la noche los animales de trabajo.

No se trata simplemente de un relato pintoresco. El evangelista quiere subrayar aquí tres cosas muy importantes: la primera tiene que ver con el origen histórico de Jesús, el Mesías: aun tratándose del esperado de los tiempos, no cae del cielo, ni viene entre ángeles y nubes; su nacimiento tuvo lugar en un momento preciso: en los días del censo impuesto por la autoridad romana; la segunda tiene que ver con la localidad o la ciudad donde nace el Mesías: en Belén, ciudad de David; de este modo, Lucas conecta el nacimiento de Jesús con las expectativas mesiánicas según las cuales, el mesías tenía que ser un descendiente de David y, aparte de eso, tenía que nacer allí en la ciudad de David.

Sin embargo, para nosotros, el tercer elemento que subraya Lucas es el más importante de todos ya que se trata del sentido teológico que el evangelista quiere darle a su relato. Prestemos mucha atención. Se trata del lugar exacto del nacimiento; nos dice san Lucas que éste se realizó en un pesebre o una pesebrera, como quieran mirarlo. Como quien dice, al Mesías, al enviado de Dios, su propio Hijo, no le ha tocado nacer, como a la gran mayoría de criaturas, en la intimidad de un hogar -por aquel tiempo cuando no había clínicas ni hospitales, los niños nacían en la casa y la madre era asistida por una partera.

Para María y José “no hubo lugar en la posada de Belén”, nos dice san Lucas. Había mucha gente aquel día en la ciudad a causa del censo. Este detalle lo utiliza el evangelista para hacer entender a los cristianos y cristianas de su comunidad -y a nosotros hoy- que no podemos quedarnos contemplando sólo la dimensión gloriosa de Jesús, el Cristo. Es importante tener en cuenta que Lucas es un cristiano probablemente de la segunda generación de cristianos, cuando ya el cristianismo tiene raíces muy fuertes, pero está olvidando muchos aspectos que tienen que ver con la sencillez, la humildad y el despojo de toda vanagloria que rodearon el origen humano de su Señor.

Delante del pesebre hoy pensemos con toda sinceridad si hay o no, lugar en nuestro corazón para el Hijo de Dios; qué situaciones, qué intereses, qué obstáculos ponemos para no abrir la posada de nuestra vida a Jesús. No le cerremos la puerta, no dejemos pasar la oportunidad de dejarlo entrar en cada uno de nosotros para que él nos transforme, para que él nos reconstruya, para que él vuelva a hacer de cada uno de nosotros seres nuevos, más humanos, más dignos de ser hijos e hijas de Dios.

Que las luces, la música y el consumismo de la Navidad no sean más un motivo para cerrar la puerta a la humilde pareja de María y José que quieren hoy pasar la noche de la vida con nosotros.

 
 
 
 
 
 
 

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