Pascua 6 (C) – 2013

May 5, 2013

Cerca de la Puerta de las Ovejas en la Jerusalén del Nuevo Testamento, se descubrió un estanque doble rodeado por cinco salas o pórticos en los que se congregaban muchísimos enfermos. Según el evangelio que acabamos de escuchar, había paralíticos, ciegos, tullidos, cojos, todos ellos esperando ser sanados por un ángel del Señor que venía una vez al año y hacía que el agua se moviera en borbollones. En ese momento, el primero de esos enfermos que lograra entrar y sumergirse en dicha piscina o estanque se decía salía de ella completamente curado de la enfermedad que hasta ese momento lo afligía. En realidad, el origen del movimiento del agua se ha dicho se debía a la existencia de un manantial subterráneo del cual intermitentemente brotaba agua de color rojizo.

En uno de los pórticos o salas se encuentra un paralítico que según el evangelista, llevaba nada menos que treinta ocho años sin que le llegara el momento oportuno de que alguien lo ayudara a ser el primero en sumergirse en el estanque para de esa forma sanar de su parálisis.

Tal vez este hombre ya había perdido la esperanza de que le llegara la ayuda que necesitaba y que podría liberarlo de su mal. Parece estar resignado a simplemente ser el testigo silencioso del asombro y la maravilla de milagros que vio darse en otros que lograban sumergirse en las aguas en movimiento una vez al año, seguro que fue partícipe del regocijo de todos al ver otras vidas transformarse al instante de sentirse y verse sanados. En realidad, no sabemos lo que piensa ni lo que siente el paralítico en lo profundo de su ser. Podríamos llegar a pensar que todos esos años que lleva esperando sean la remota esperanza que lo mantienen en uno de esos cinco pórticos. Su razón de vivir, tal vez sea que tarde o temprano le llegue el turno de sanar. Nunca lo sabremos pero lo comprendemos. Puede ser que algunos de nosotros nos hayamos encontrado o nos encontremos en condiciones y en circunstancias parecidas a la del paralítico y quizás haber permanecido en espera de un milagro en nuestras vidas aún más de treinta ocho años.

El evangelista tampoco nos da una razón específica referente a la presencia de Jesús en esa piscina. Sólo sabemos que él había llegado a Jerusalén para celebrar una fiesta judía cuyo nombre no se menciona aunque muchos han aludido que podría haber sido la pascua. Es también de suma importancia tener en cuenta que ese día era sábado, el día de santificación y de descanso para los judíos. Llevar a cabo tareas de cualquier índole no sólo estaba prohibido, sino que también se corría el riesgo de ser perseguido, juzgado y hasta condenado a ser apedreado.

Jesús se fija en el paralítico y al enterarse que llevaba tantos años esperando a que alguien lo ayudara a ser el primero en meterse en la piscina cuando el agua se moviera, le pregunta si quiere sanarse. El paralítico no reconoce a Jesús, ni le pide que lo sane. Simplemente repite lo que ya Jesús sabía: que se encontraba solo en su intento de curarse. En ese instante oímos que Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y anda” (Juan5:8). El paralítico toma su camilla y sale caminando sin que nadie se arremoline a declarar el milagro, sin que el paralítico le agradezca por haberlo curado. Tampoco Jesús le dice que su fe lo ha sanado. En ese momento, Jesús solamente pronuncia tres verbos que le restauran la salud al paralítico en un día prohibido, arriesgándose ante la autoridad judía.

Lo que sucede en la piscina de Betseda nos lleva a reflexionar en que en cualquier momento Jesús nos puede salir al camino. Podemos imaginar que tal vez eso ya nos ha sucedido antes, sin que nos diéramos cuenta, sin que lo pidiéramos y sin llegar a pensar que se trataba de un encuentro para despertar nuestra fe y abrir nuestro espíritu a tener conciencia de la manifestación de Dios en cada aspecto de nuestras vidas, sin importar la situación en la que nos encontremos.

La pregunta que Jesús le hace al paralítico: ¿Quieres sanar? es la misma pregunta, que si no la hemos oído hasta ahora, podemos, con este ejemplo, escucharla en lo más profundo de nuestro ser, ya sea cuando nos enfrentemos a la realización de sentirnos estancados en nuestra vida espiritual, o cuando nos veamos envueltos en los escollos que se nos presentan a diario en nuestra vida familiar, o ante la sorpresa de tener que bregar con los fallos de nuestra salud física o emocional.

Si de veras queremos sanar, la respuesta que oyó el paralítico será la misma que con esperanza, nosotros podremos oír. Es la respuesta que encarna y afirma profundamente nuestra fe en la gracia, la compasión, y la acción sanadora de ese Dios por siempre presente en nuestras vidas, Dios que es constante en su invitación misericordiosa a que nos levantemos, que abracemos nuestra vida, que la vivamos centrados en su divina providencia y que salgamos al mundo permaneciendo en él, proclamando su gloria y su grandeza.

Con este milagro Jesús también nos invita a creer firmemente en que no estamos solos. Jesús se acercó a ayudar al paralítico pasando por encima el que fuera sábado, día de descanso. Para Dios no hay día o momento que no sea oportuno para obrar milagros en nosotros. También, Dios siempre nos pondrá a alguien en nuestro camino para darnos la ayuda que necesitemos. Muchas veces puede ser la persona indicada en el momento indicado, palabras pronunciadas por un desconocido que al oírlas logran que entendamos claramente la situación que nos afecta, la sonrisa de un niño que nos puede llevar a vislumbrar la luz y extraernos de la oscuridad de la depresión nerviosa, el abrazo de cariño del ser amado, el gesto generoso de un amigo o de un familiar que nos hace recuperar la fe perdida.

Si de veras queremos sanar, encontraremos la manera de emprender de nuevo el camino como lo hizo el paralítico. Nos levantaremos una y otra vez de nuestras caídas, de nuestras penas y desesperos; caminaremos de manera diferente, confiaremos más y más en ese Dios que no nos abandona en ningún instante, en ese Cristo sanador que nos sana para la gloria de Dios Padre; y viviendo agradecidos y llenos de gozo sintiéndonos sostenidos, renovados, amados.

Vayamos a nuestro diario vivir y, en el silencio de nuestros corazones, alabemos y demos gracias a Dios por los milagros que su gracia y compasión nos han revelado a lo largo de los años. Vivamos nuestras vidas sintiéndonos restaurados en nuestra fe, conscientes de su divina presencia, contando sin dudar en su gran poder sanador, y deleitándonos con él. Con él podemos emprender nuevas jornadas de vida y vivirlas en toda su plenitud. Abrámonos a la acción de Dios en nuestras vidas y estemos pendientes con ojos y corazón abierto al gran deseo de su Hijo Jesús de ser nuestro compañero, el amigo fiel que siempre estará a nuestro lado para enseñarnos los nuevos caminos que nos llevarán a vivir una vida fortalecida por el amor a Dios Padre y por amor al prójimo.

Jesús nos espera. Su amor por nosotros va más allá de las reglas, de los preceptos, y de los convenios establecidos por la autoridad de los hombres. Su amor nos redime, nos lleva a la vida eterna, a la gloria del Padre. Querer sanar significa querer vivir de otra manera, querer amar y abrirse a la transformación que se da cuando vivimos centrados en Dios, llenándonos de su amor, dejando que actúe en nuestras vidas y con fe plena sumergiéndonos en la piscina de sus aguas sagradas, en el bautismo que nos sella como sus hijos y nos une al cuerpo de su Hijo Jesucristo.

 
 
 
 
 
 
 

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