Pascua 6 (C) - 2016

May 1, 2016

Parece imposible que ya hayan pasado seis semanas desde la noche en que encendimos el fuego de la gran vigilia para alumbrar el nuevo cirio pascual. Es la noche cuando salimos de la sombra de la cruz y entramos en la luz de la gloriosa resurrección de Cristo. No debemos olvidar el poder transformador de esa luz de Cristo en nuestras vidas.

A través de esta magnífica temporada de Pascua, somos invitados a saborear la vida abundante que Cristo Jesús nos ofrece por medio de su resurrección. Las tinieblas se han dispersado y la luz resplandece sobre todo. Desafortunadamente, nuestra naturaleza humana fácilmente se acostumbra a la oscuridad. Tanto así, que cuando vemos luz nos ciega y nos sorprende. En esos momentos tendemos a aferrarnos a la oscuridad que conocemos, en vez de recibir la luz que alumbra nuestro caminar con Cristo Jesús.

Hoy día nos encontramos de vuelta en Jerusalén con Jesús, cerca de la puerta llamada de la Ovejas, donde había un estanque llamado Betzatá. Los que visitaban ese lugar creían que un ángel movía el agua y que las personas, que en esos momentos pudieran de cualquier forma entrar en el agua, se sanaban de sus males. Entre los muchos enfermos que rodeaban el estanque se encontraba un hombre que hacía treinta y ocho años estaba enfermo y que día tras día esperaba entrar en el estanque en el momento preciso, pero no había conseguido quién lo ayudara.

Pero llegó Jesús. Se fijó en ese pobre hombre tirado en el suelo, sin esperanza de ser sanado en las aguas de Betzatá. Jesús se dirigió a él con una simple pregunta: “¿Quieres recobrar la salud?” La respuesta obvia sería “¡por supuesto que sí!”¿Quién no quisiera ser sanado? ¿Verdad? ¿Quién no quisiera ser liberado del dolor y la enfermedad? Sin embargo, desde su camilla, el enfermo cegado por la desesperación y sumido en su propia oscuridad le contesta con todas las razones por las cuales no puede sanarse. No reconoció a Jesús el Sanador. Tal era su falta de esperanza, que ni siquiera reconoció que tenía en frente a la persona que podría ayudarle a entrar al estanque.

Muchos consideran que tal es la forma en que Dios actúa la mayor parte del tiempo. Nos ofrece muchas oportunidades de encontrarnos con Él y con su poder sanador. Dios no se impone. El amor y la gracia de Dios son dones gratuitos, siempre a nuestra disposición. Dios nos ofrece esos dones y nos invita—pero nunca nos obliga.  Lo que falta de nuestra parte, es el deseo de recibir esos dones de Dios.

¿Queremos ser amados? ¿Queremos aceptar el perdón? ¿Queremos ser sanados? Tal vez, pero en vez de recibirlo con un “¡sí!” nos decimos, “Señor, quiero que me amen, pero tengo miedo porque algunos me han hecho daño”. “Señor, quiero recibir el perdón, pero es que son muchos mis errores”. “Señor, quiero ser sanado pero no sé si puedas sanarme”.

Nuestro temor nos puede paralizar y crear obstáculos en nuestra relación con Dios. Ese temor, esa duda nos puede mantener en la oscuridad que conocemos. Igual que el paralítico, tendemos a responder con razones por las cuales no podemos recibir esos dones, en vez de ver las oportunidades de recibirlos y saber que Dios no sólo desea responder a nuestras necesidades, sino que ya lo ha hecho.

Al despertarse cada mañana, Lucía se sienta en frente de su altarcito y prende una vela. En el altar hay un Cristo y una virgen pintada en una tela rústica. Ahí, ella da gracias a Dios por el nuevo día y le pide fervientemente la fortaleza que necesita para enfrentar la enfermedad que ha padecido desde hace muchos meses. Sin haber terminado de tomarse su café, el teléfono suena. Es Leonor. Cada vez que Leonor tiene una crisis de soledad y siente ansiedad la llama por teléfono porque sabe que Lucía, sea como sea, llegará a su lado para acompañarla. Muchos saben que pueden contar con Lucía. Es una mujer fuerte, aferrada a su fe y comprometida a su comunidad.

Lucía pasó por momentos muy difíciles durante el largo periodo de su enfermedad. Ella es una mujer con una fe muy profunda y muchos la buscan para pedirle consejo, para que los acompañe en oración y porque perciben en ella una gran fortaleza de espíritu.

Aún así, igual que muchas otras personas de fe, también ha experimentado momentos de duda y desesperanza. A veces, cuando se siente así llama a su mejor amigo. Se escuchan, se ríen, Lucía tiene con quién llorar. En un momento difícil le dice a su amigo, “No veo cuándo esto se va terminar”.

El paralítico del evangelio tal vez se sentía igual. Muchas veces nuestros temores nos llevan a dudar y nuestras dudas nos hacen sentir culpables por nuestra falta de fe. Pero, Dios conoce nuestra realidad, nuestros retos y nuestras angustias. Por eso mismo es que recordamos la vida de Cristo, su muerte y resurrección. Por eso es que reconocemos lo importante que es atrevernos a salir de los lugares de oscuridad donde podemos llegar en momentos difíciles y experimentar la luz de Cristo. En algunos casos, nos llega de donde menos lo esperamos. Para Lucía, fue su médico. Cada vez que Lucía lo visitaba le preguntaba lo mismo, “¿Hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo se va tomar en sanar? ¿Cuándo puedo volver a mi vida normal? Por fin el médico le contestó, “Esto va a tomar el tiempo que va a tomar y entre más te preocupes más tiempo va tomar para sanar”. Las palabras del médico la hicieron detenerse y reconocer la obsesión que tenía sobre el resultado—el llegar a sanarse completamente y de continuar con su vida. Pudo llegar a la conclusión de que tenía que tener fe en el proceso, en su habilidad de sanar y sobre todo tener fe en Dios que ya ha actuado.

Las palabras del médico fueron como las de Jesús, “Levántate, alza tu camilla y anda”.  ¿Qué sucedería si escucháramos bien estas palabras de Jesús en nuestra vida, si en verdad confiamos en su poder transformador? ¿Nos daría la confianza para levantarnos cuando sea necesario y de animar a nuestros hermanos y hermanas en los momentos en los cuales lo necesiten?

Cada uno de nosotros necesita escuchar esas palabras de Cristo cada día. Desde los más pequeños hasta las personas como Lucía. “¡Levántate!” “¡Ten ánimo!” “¡Confía!” Pensemos en nuestras relaciones familiares y de amigos. Algunos días unos de nosotros somos más fuertes que los otros y viceversa.

Sobre todo, lo importante es no encerrarnos en el dolor y la tristeza. No quedarnos sin esperanza ni escondernos en una oscuridad conocida: aislándonos en nuestro hogar, negando una verdad difícil o pretendiendo que nada pasa. Cuando nos sentimos así busquemos quién nos lleve a las aguas sanadoras. Busquemos quien nos pueda decir, “Levántate” “Ten ánimo” “Confía”.

Nos necesitamos los unos a los otros. Cuando nos reunimos aquí, celebramos que somos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo.  Hoy, al salir al mundo, reflexionemos en el poder transformador de Cristo que nos abraza con su luz sanadora. Cristo compañero en el camino. Cristo nuestro médico de cabecera siempre dispuesto a darnos palabras de aliento. Cristo la luz del mundo que nos saca de las tinieblas del dolor, de la duda y del sufrimiento y nos invita a escuchar y a confiar plenamente en el poder transformador de sus palabras. ¡Levántate, alza tu camilla y anda!

 
 
 
 
 
 
 

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