Pascua 7 (C) – 2013

May 12, 2013

En este séptimo domingo de Pascua recordamos la Ascensión de Jesús que se celebró el jueves pasado y esperamos el Pentecostés que conmemoraremos el domingo que viene. Las lecturas de hoy afirman lo que nos une al amor infinito de Dios en la vida, muerte y resurrección de su único hijo Jesucristo.

El evangelio de hoy es una oración entre Jesús y Dios. Jesús oró: “Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la gloria que tú ya me das” (Juan 16:24). En esta oración de intercesión Jesús le dice al Padre que ha compartido con la humanidad el porvenir de la gloria eterna. Al decir Cristo, “Que todos sean uno” (Juan. 16:21), nos afirma que todo ser humano que viva su vida de fe con convicción y compromiso recibe la promesa de vida eterna. Esta oración nos indica que Jesús no dudó que sus apóstoles realizarían la misión que les encomendó para promover sus preceptos de amor, sus valores y ética de justicia, compasión, gracia, comprensión, fe y esperanza. De la misma manera que el Señor tuvo fe completa en los primeros discípulos, también tiene fe y confianza en nosotros sus discípulos de hoy. Toda creación humana está hecha a imagen y semejanza de Dios, entonces somos santificados, bendecidos y regalos de Dios al mundo.

La Ascensión de nuestro Señor y el Pentecostés son sucesos importantísimos en el calendario cristiano porque marcan la manifestación de Dios al mundo mediante Cristo y del Espíritu Santo. Les invito a reflexionar sobre tres sucesos que a través de la Ascensión de Jesús identifican la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Primero, al ascender Jesús fue glorificado con el Padre, esto significa que Jesús era igual al Padre en la divinidad de la Santísima Trinidad. Segundo, al Cristo ascender, culminó la misión de Dios en la tierra a través de su hijo hasta que Cristo vuelva para reunir a la humanidad junto a él en la gloria eterna. Con este hecho se inició la posibilidad de que todo ser humano, sin distinción, sea parte de la misión de Cristo en el mundo y de tener la promesa de salvación. Tercero, Cristo nos encomienda a proclamar y a promover las Buenas Nuevas para de esa manera promover el reino divino. El significado de la Ascensión es entonces, la afirmación de Dios a Jesús y de Jesús al mundo para unirnos bajo el manto de su amor para siempre.

Entre los cuarenta días de la Pascua de Resurrección y la Ascensión de Jesús los discípulos de Jesús aprendieron a practicar la misión encomendada por él de predicar, sanar, escuchar, sostener y acompañar al pueblo.

En Pentecostés conmemoramos la llegada del Espíritu de Dios sobre todas las personas reunidas en la misma habitación donde Jesús ofreció la primera cena de comunión y donde prometió a la humanidad recibir el Espíritu Divino que les acompañaría hasta que él retornara.

Los que estaban reunidos ese primer Pentecostés vieron llamas de fuego sobre cada uno de los que estaban presente (el fuego del Espíritu Santo) y también escucharon proclamar las Buenas Nuevas de Jesús en muchos idiomas para que toda persona pudiera entender el mensaje del Señor. De esta manera el Espíritu de Dios les inspiró a perder el miedo de proclamar la palabra de Dios a cualquiera que los escuchara.

Nosotros somos la iglesia del Espíritu Divino, somos la iglesia de Dios, la iglesia del fervor espiritual, la iglesia que no se avergüenza de proclamar el mensaje de Dios. La manifestación del Espíritu Santo en el Pentecostés entre los discípulos y seguidores de Cristo fue una oportunidad para Cristo afirmar que, aunque él se fuera a estar junto al Padre, no los abandonaría. Continuamos conmemorando el Pentecostés para afirmarnos en la misión que todos hemos sido encomendados a ejercer.

Permítanme invitarles a reflexionar por unos breves momentos. ¿Cree usted ser una bendición de Dios? ¿Cree usted que el Señor le hubiera bendecido con los dones, talentos y virtudes que le concedió si no tuviera la certeza de que usted los podría utilizar para hacer crecer su reino en este mundo?

A veces nos limitamos al no utilizar las bendiciones que Dios nos ha dado por temor o por no creernos dignos de que tenemos algo que contribuir al mundo y a la sociedad en la que vivimos. A veces dudamos ser bendición de Dios y regalo de Dios al mundo, ¡pero Dios sabe lo que nos ha dado y que por ser creados a su imagen y semejanza, tenemos todo lo que se necesita para llevar a cabo su obra! Tal vez lo único que nosotros necesitamos es descubrir esos dones y talentos.

El ejemplo profético que nos confirma la confianza de Dios en nosotros se encuentra en las Sagradas Escrituras: “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones” (Isaías 1:5). “Entonces Yahvé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento y vida” (Gen 2:7). “¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo único, para que quien cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Hermanas y hermanos les invito a que reconozcan los dones especiales que Dios les ha dado, y de paso, a que invoquen el santísimo nombre del Espíritu Santo para que utilicen esos dones y talentos en nombre del que les ama y piensa que ustedes son el regalo y la bendición más hermosa del Señor.

Les invito a unirse a la misión de Cristo, que es aceptar e incluir a toda persona a ser uno con usted en Cristo Jesús, a unirnos en una sola causa, la causa de la salvación humana. Esta unión no implica que uno pierda su identidad, al contrario son nuestras características particulares las que forman la diversidad humana y en esa diversidad manifestamos lo infinito de Dios.

La promesa de salvación que Dios nos ofreció se obtiene a través de nuestra misión diaria, la misión de orar, de invitar, de amar y de servir. A lo mejor ustedes piensan que el compromiso de fe requiere mucho de su parte, y eso es cierto. Pero el proceso de aprender y de emprender no tiene fecha límite sino que es una tarea de por vida que implementamos paso a paso y poco a poco.

 
 
 
 
 
 
 

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