Pentecostés 9 (C) - 11 de agosto de 2019

August 11, 2019

Episcopal Sermon PentecostesLas lecturas bíblicas de esta semana nos enseñan sobre el valor de la fe: Por fe, Abel ofreció el sacrificio mejor que el de su hermano Caín, y por su fe Dios lo aceptó. Por fe, Henoc caminó con Dios y fue llevado al cielo en vez de morir. Por fe, Noé se salvó del diluvio y recibió las bendiciones que Dios tiene para los le obedecen. Por fe, nuestro padre Abraham dejó  su casa para comenzar una vida nueva en un país desconocido; por fe, su esposa Sara recibió el don de ser madre, aun en los años de su vejez. Las Sagradas Escrituras nos cuentan muchas historias de los hombres y mujeres que confiaban en Dios, que tuvieron fe y que lograron cosas grandes en medio de situaciones extremadamente difíciles.

Hoy las lecturas bíblicas nos narran la historia de nuestros “padres en la fe” Abraham y Sarah. Dios escogió a este matrimonio para convertirlo en su pueblo elegido, el antiguo Israel. Cada vez que escuchamos de esta familia en la Biblia, el texto sagrado recalca que confiaban en las promesas y el poder de Dios para realizar lo que había prometido.  Tuvieron fe en el Señor, su creador y proveedor. 

Pero debemos preguntarnos: ¿Qué es eso de tener fe? ¿En qué consiste esta fe?

En la epístola leída hoy, el autor de Hebreos define “tener fe” como “la plena seguridad de recibir lo que se espera” y “estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos”. Podríamos decir, en este sentido, que tener fe es tener la convicción que Dios cumplirá lo que promete aunque no veamos cómo lo hará. Asimismo es como se manifiesta la fe en la historia de Abraham y Sarah.

Abraham y Sarah aprendieron a confiar en los planes de Dios cuando el Señor les ordenó salir de su país natal y emigrar a Canaán, un lugar totalmente desconocido para ellos. A pesar de su desconocimiento de esa tierra lejana, tuvieron fe en que si Dios los llevaba allá, era porque tenía un propósito para sus vidas en ese lugar.  El Señor les explicó que él quería formar una nación enorme con ellos y sus descendientes. 

Abraham y Sarah creyeron en esta promesa de Dios y se trasladaron a la tierra de Canaán. Allí tuvieron mucho éxito. Abraham se convirtió en un gran empresario, muy adinerado, con muchos animales, sirvientes y riquezas de todo tipo. Sarah se dedicó a la gerencia de su casa como una de las grandes damas de su época. Sin embargo, cuando por muchos años no tuvieron hijos, les entró la duda y comenzaron a buscar cómo resolver el problema por su cuenta: adoptaron a uno de sus criados como heredero; más adelante, Abraham tuvo un hijo con una sirvienta de su mujer. Pero Dios volvió a insistirles que juntos tendrían el hijo prometido, el verdadero heredero de la promesa. De nuevo tuvieron fe en la palabra de Dios y concibieron a Isaac en los años de su vejez. Por esta fe puesta en práctica, Dios les contó entre los justos.

Pero el Señor no sólo les había prometido un hijo; les había prometido “tener descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo y como la arena de la orilla del mar, que no se puede contar.” A pesar de las altas y bajas de sus circunstancias, Abraham y Sarah perseveraron en la convicción que Dios cumpliría su promesa y que les convertiría en una nación grande. Con esta fe en Dios Abraham logró ver a sus nietos; pero realmente no vio con sus propios ojos cómo su familia se convirtió en el pueblo escogido por el Señor para manifestar su gloria, pues este proceso tomó muchos años, incluso siglos, para convertirse en realidad.

Hablando de eso, el autor de Hebreos nos recuerda que “Todas esas personas murieron sin haber recibido las cosas que Dios había prometido; pero como tenían fe las vieron de lejos, y las saludaron reconociéndose a sí mismos como extranjeros de paso por este mundo.”

Abraham y Sarah, y los demás hombres y mujeres de fe, tuvieron que aprender que los propósitos de Dios van mucho más allá de sus vidas. Son propósitos que abarcan a generaciones. Como ellos, los que confían en Dios, por fe logran ver que el Señor está obrando en sus vidas y en las vidas de los que aún no han nacido. Esta convicción les proporciona perspectiva y claridad y les permite perseverar en el llamado que Dios les ha hecho. Están convencidos de que Dios es el arquitecto y constructor de sus vidas, y se aferran a la visión que el Señor les ha planteado.

Esta convicción les capacita para afrontar los retos y desafíos de su situación. Les permite superar los obstáculos de la vida, sean grandes o pequeños,  y seguir dedicándose al propósito de Dios como lo hicieron Abraham y Sarah. Esta fe también les empodera a vencer al miedo. En varias ocasiones, como escuchamos en el Evangelio de hoy, Jesús les dijo a los discípulos: “No tengan miedo”. Explicó que no debían tener miedo porque el Padre había decidido entregarles el reino de Dios. Dios tenía un buen propósito para sus vidas.

Es una lección que vale también para nosotros que somos los descendientes espirituales de Abraham, Sarah y aquellos primeros discípulos. Nosotros no siempre vemos cómo Dios va a cumplir su propósito porque no vemos el panorama completo. Cuando comenzamos a vacilar, dejamos a un lado la visión del reino de Dios y empezamos a construir nuestros propios reinos. El miedo nos impide perseverar cuando más deberíamos seguir fieles a los valores del reino.

Pero no debemos tener miedo. Debemos aprender con Abraham y Sarah a vivir con la convicción de que Dios tiene el control de nuestras vidas. Y no solo tiene el control de nuestras vidas, sino las de toda la humanidad. Este Dios, que tiene el control del mundo, es el mismo que nos llama a confiar en su habilidad para dirigir todo a su buen término, es el que nos invita a confiar en su poder de convertir nuestras vidas y las de nuestros hijos y nietos como lo hizo por Abraham y Sarah. El Dios de Abraham y Sarah es el mismo Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo y de todos los cristianos.

Jesús nos dice que no tengamos miedo, que confiemos en él y que estemos en alerta, pues no sabemos ni el día ni la hora cuando se cumplirá el propósito de su Padre.

El Rvdo. Dr. John J. Lynch es un sacerdote, autor y educador, que ha servido en las diócesis episcopales de Honduras, el Sur de Virginia y Rhode Island. Actualmente sirve como el Director del Instituto Ecuménico del Ministerio Hispano y el Cura párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en la ciudad de Central Falls, Rhode Island. El Padre Jack Lynch ha servido en las diócesis de Honduras, Carolina del Norte, y el Sur de Virginia y ahora es Cura Párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en Central Falls, Rhode Island y Director del Instituto Ecuménico de Ministerio Hispano. Publica el blog “El Cura de Dos Mundos” (padrejack.blogspot.com).

 
 
 
 
 
 
 

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