Presentación del Señor – 2011

November 2, 2018

Una de las grandes responsabilidades y privilegios que los ministros tenemos es la oportunidad de darles la bienvenida a los nuevos miembros de la Iglesia a través de la celebración del santo Bautismo. Es un día lleno de alegría, orgullo, celebración y regocijo. Es un día en el que la congregación entera participa en algo muy importante – el reconocimiento que Dios ha escogido a cada uno de nosotros como sus hijos e hijas y que está muy complacido con nosotros. Es un día en el que se recuerdan y reviven los momentos de nuestras historias familiares y hasta usamos quizás costumbres y rituales que fueron parte de nuestros propios bautismos. Y sabemos muy bien, que después de la celebración en la Iglesia, hay otra en la casa del bautizado donde familiares, amistades y miembros de la congregación son recibidos con alegría, amor. Donde, sabemos bien que normalmente la abundancia de comidas y dulces típicos forma parte del ritual en estos eventos.

Aunque el bautismo no fue la razón por la cual María y José llevaron al niño Jesús al templo, si sabemos que la presentación de todo primogénito varón era, y sigue siendo, un importante ritual en la vida de cada familia judía. María y José tienen que haberse sentido orgullosísimos de saber que estaban haciendo algo que era, no solamente una obligación y deber religioso, sino algo también importante para ellos y su familia. Qué alegría deben de haber sentido María y José sabiendo que estaban ofreciendo en el templo y dedicándole a Dios su primer Hijo. Aunque el cántico tan típico, que muchos sabemos, no era conocido por ellos, si hubiese sido, lo hubieran estado cantando todo el largo viaje de Nazaret a Jerusalén, pero muy bien pudieron haber recitado las palabras de este salmo 121, sin duda, conocido por ellos: “Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor. Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén”

Pero desafortunadamente, esa alegría y regocijo que María y José sintieron fue desbaratada poco después de la presentación de Jesús cuando dos ancianos en el Templo, Simeón y Ana, profetizan sobre el niño. El evangelio nos cuenta que los padres de Jesús quedaron asombrados cuando Simeón profetiza que el niño será “una luz que alumbra a las naciones y la honran de Israel” (Lucas 2:32). Y si eso ya no fuese suficiente para sorprenderlos, Simeón añade que Jesús “será una señal de advertencia, y muchos estarán en su contra. Así se sabrá lo que en verdad piensa cada uno. Y a ti, María, esto te hará sufrir como si te clavaran una espada en el corazón” (Lucas 2:35). El evangelio continúa diciendo que “cuando Simeón terminó de hablar, Ana se acercó y comenzó a alabar a Dios, y a hablar acerca del niño Jesús a todos los que esperaban que Dios liberara a Jerusalén” (Lucas 2:38).

Sumamente confundidos María y José regresan a Nazaret donde Jesús “crece en estatura y con poder espiritual. Estaba lleno de sabiduría, y Dios estaba muy contento con él” (Lucas 2:40). ¿Cuál hubiese sido tu reacción si a ti, como padre o madre, te hubiese sucedido lo mismo el día de la presentación de tu hijo o hija en la iglesia para el santo Bautismo?

Algunos piensan que el santo Bautismo es, en cierto sentido, una garantía de que nada malo les va a pasar. Muchas veces nos preocupamos porque nos han formado pensando que si un infante muere sin ser bautizado, Dios no lo va a recibir en el cielo.

Pero si examinamos bien la razón por la cual somos bautizados, llegaríamos a la conclusión de que, aunque el Bautismo no es garantía de una vida sin problemas y dificultades, si es garantía y evidencia de que Dios nos ha escogido como hijos e hijas suyos y que también pertenecemos a una comunidad, la Iglesia, que desea estar con nosotros durante nuestra formación espiritual y durante el resto de nuestras vidas, para regocijarse con nosotros cuando tengamos momentos de alegría y para estar con nosotros en solidaridad cuando lleguen aquellos no tan bien recibidos momentos de penas, dolor, perdida y amargura.

El día en que fuimos bautizados, nos comprometimos a ser lo mejor que podemos ser, siempre con la ayuda de Dios. Es su gracia y su amor infinitos lo que recibimos, no solamente en ese día tan especial, sino en cada momento de nuestras vidas. Y cada vez que nos reunimos en este santo templo, y nos recordamos que Dios está presente con nosotros, también, lo hacemos rodeados de hermanos y hermanas que también han hecho el mimo compromiso y que están, como María y José, conscientes de que la vida no es tan fácil como pensaban, pero comprometidos a caminar juntos ese camino.

Así, que hoy les recuerdo que Dios nos ha escogido como sus hijos e hijas y que está muy contento con nosotros, especialmente cuando cooperamos con su gracia y nos comportamos como hermanos que somos.

 
 
 
 
 
 
 

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