Propio 12 (B) - 2015

July 26, 2015

Hoy el evangelio nos habla de la multiplicación de cinco panes y dos peces. La muchedumbre no viene con enfermos para que Jesús los sane como señala el evangelio de Mateo (15:30), sino movida por un cierto entusiasmo mesiánico, pues ha visto los signos que Jesús ha realizado, milagros sorprendentes. El que Jesús suba a la montaña y se siente, concede a la escena un carácter solemne al igual que la subida de Moisés al Sinaí. La montaña es símbolo de la presencia viva de Dios y eso facilita los milagros como señal de fe.

La mirada de Jesús a la multitud crea el suspenso y formula una pregunta aparentemente angustiado: “¿Dónde compraremos pan para darles de comer?” (Juan 6:5). Pero Jesús no se dirige a Dios, sino a Felipe para indicar la imposibilidad humana de realizar el milagro. Jesús sabía muy bien lo que sucedería, sabía lo que iba a hacer. Los cinco panes y los dos pescados resaltan el origen humilde del grandioso prodigio que iba a realizar. Jesús da la orden de recostarse para comer, es como ponerse a la mesa. La multitud observa detenidamente sin saber la maravilla que iba a suceder en esa planicie.

No solo distribuye la comida, sino que preside una comunidad de mesa como símbolo de la eucaristía. El milagro de la multiplicación anticipa indudablemente el banquete eucarístico, más aún, significa la sobreabundancia y la permanencia del alimento eucarístico como pan de vida que nunca se acaba.

Únicamente Juan señala un esbozo de manifestación mesiánica. Jesús sabiendo que venía la gente para hacerle rey, se retira al monte solo. Esta breve escena sugiere así lo que anunciará el discurso: solamente a través de su muerte Jesús llegará a ser rey; sólo a través de su muerte Jesús será el verdadero pan de vida porque su muerte traerá vida al mundo y vida en abundancia. Es un contexto que la mente humana no puede entender porque sobrepasa toda lógica humana. Hay que morir para vivir. Es un concepto cristiano difícil de comprender sobretodo en este momento histórico donde no se valora tanto la vida por las estructuras de muerte que hemos creado los seres humanos.

La eucaristía es el sacramento del amor por excelencia, pues es darse a sí mismo por completo sin esperar recompensa. Cristo es el sacramento del amor, el pan de vida y el salvador del mundo. San Pablo en su carta a los cristianos de Éfeso en el capítulo que concierne a la liturgia de este domingo escribe esta súplica de rodillas, en actitud de profunda adoración. Su plegaria es rica y además densa de significado, y quizás, por eso, difícil de traducir. La grandeza de los cristianos se mide con la actitud de ponerse de rodillas ante el Soberano para adorarle.

Al pedir por los efesios parece si tuviera delante a toda la familia humana, en su múltiple pluralidad de comunidades, de religiones, de cultura, de naciones, es decir, todas las colectividades que expresan y dan sentido de pertenencia a hombres y mujeres de todas las épocas. Era como la multitud que Jesús vio y de la que tuvo compasión. Nuestro mundo está sumido en una cultura de muerte, de violencia y de discriminaciones raciales. Muchas sociedades han renunciado al amor por la vida, no respetan la vida de los demás. Los cristianos debemos revestirnos de compasión y llevar el pan de vida a tantos necesitados. La virtud de la compasión es esencial en la vida cristiana, pues la compasión y el amor van de manos para auxiliar al necesitado.

El Apóstol nos enseña que Dios es la raíz última que fundamenta y sostiene a los seres humanos en el amor, que es la eucaristía en el mundo. En esta plegaria, Pablo invoca a las tres divinas Personas: al Padre como el que llama a formar la Iglesia, comunidad de amor; al Espíritu Santo que nos robustece y fortalece internamente en referencia a esa dimensión interior de nosotros mismos que se va renovando día a día logrando que por la fe y el amor que Cristo habite en nosotros, especialmente en nuestros corazones. El amor es la solución al problema de la vida. Una vida sin amor no es vida. Dios es esencialmente amor y la eucaristía es el sacramento del amor por excelencia que nos debe llevar a un testimonio auténtico de entrega incondicional a los demás.

Sólo la experiencia del amor que Cristo nos tiene puede llenar al ser humano, porque su amor revela el amor de Dios hacia nosotros. Esta es la gran paradoja: llenarse del que llena, abarca y desborda todo. Este pasaje concluye con una expresión de alabanza a Dios tributada por la Iglesia y encabezada por Cristo. La alabanza a Dios no son palabras que se las lleva el viento, son hechos de vida. Nuestra vida debe ser una alabanza permanente a Dios. De nada vale decir “Aleluya, gloria a Dios” si no encarnamos al Dios viviente en nuestra conducta diaria.

El milagro de la multiplicación de los panes se da hoy día, en el diario vivir, en el amor a Cristo que provoca un desbordamiento de bondad, de compasión que hace posible que podamos saciar el hambre y la sed de esta humanidad. Los grandes problemas de la humanidad en su afán guerrerista con ansias de poder, dando culto al ego y creando armas de destrucción masiva… demandan el milagro de la multiplicación de los panes en el renacer del amor, en la implantación de la justicia social y en la armonía entre todos los seres humanos para combatir el mal en el mundo. En el mundo de hoy hay muchas personas pasando hambre habiendo abundancia de productos y de recursos que darían para todos sobrevivir, pero el egoísmo ha cerrado el camino a tantas culturas que hoy viven en la más precaria miseria.

Cinco panes y dos peces son el símbolo de la plenitud, el número siete representa a Dios como Soberano y Dador de todo bien. Los cristianos tenemos el poder de multiplicar los cinco panes y los dos peces en el corazón de cada ser humano dándole la oportunidad de que Dios entre en sus corazones y renazca el amor que nos abrirá la salvación. Pidamos a ese único Dios Todopoderoso que nos llene de su amor multiplicándolo cada día y teniendo compasión de nuestro mundo.

 
 
 
 
 
 
 

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