Propio 13 (B) – 2015

August 2, 2015

La gente busca a Jesús, pero lo hace con una fe débil e inmadura que se queda sólo en la manifestación superficial de las obras que el Profeta de Nazaret realiza. Jesús reacciona y da comienzo al extenso y profundo discurso eucarístico. El evangelista afirma que nadie por sí mismo puede conseguir un alimento que no perece, sin embargo, todos deben hacer lo posible para acoger la comida que el Señor nos ofrece. En este discurso Cristo trasciende la condición humana para llevarnos a la dimensión divina que hay en nuestra naturaleza humana.

El contraste entre el alimento que perece y el alimento que perdura para la vida eterna, es típico del evangelio de Juan. El Hijo del Hombre dará el alimento que no se corrompe y ya nunca tendrá hambre. Por eso, creer en Jesucristo es el único trabajo que es preciso hacer. La obra de Dios es una expresión densa, y significa al mismo tiempo, que la obra querida por Dios es la fe, y que la fe es un don y obra solamente de Dios. La fe es el don más poderoso que tenemos a nuestra disposición gratuitamente para superar las dificultades que rodean nuestras vidas. Vivir la fe es adquirir el poder de alcanzar lo inalcanzable.

Jesús se identifica con el pan de vida, que da activamente la vida y produce consecuencias eternas, que trascienden las posibilidades humanas, pero toda esta transformación requiere por parte del ser humano una condición previa: la fe. Por lo tanto, para disfrutar y tener la vida divina es necesario creer en Jesús, tener fe y confiar que Él está con nosotros. Una manera práctica de creer y tener fe en Jesús es procurar la unidad de todos los cristianos simbolizados en la eucaristía y explicado muy claramente por san Pablo en la Carta a los cristianos de Éfeso.

Dios ha reunido a todos los seres humanos en un único plan de salvación y por eso vemos que en lo más íntimo de la vocación cristiana está el compromiso por la unidad. Esta unidad se expresa en comportamientos concretos y prácticos de humildad, modestia, paciencia, aguantarse los unos a los otros, es decir, poseer las virtudes que favorecen el amor fraterno. La unidad sería la garantía de controlar el mal en el mundo, pues la división trae el caos y la violencia que caracterizan a nuestra sociedad actual. Urge la lucha por esta unidad en la diversidad.

Pablo explica esta unidad con una hermosa fórmula que tiene sabor litúrgico y que hay que compararla con la confesión cotidiana de la celebración de la oración de los israelitas: “El Señor nuestro Dios es solamente uno” (Deuteronomio 6:4), en ella estarían expresadas las siete caras (número que significa plenitud) de la unidad de la comunidad cristiana: un cuerpo, unidad visible; un espíritu, la unidad en su fuente íntima; una esperanza, la unidad como destino futuro de todos; un solo Señor, la unidad de obediencia al único dueño de la comunidad; una sola fe, unidad en el seguimiento de la única tradición apostólica portadora de la memoria de Jesús; un solo bautismo, la unidad en cuanto incorporación a un único Cristo. Y en el vértice, un Dios Padre que nos une a todos en una familia de hijos e hijas suyos. Todos somos hermanos y hermanas en el espíritu de Dios. Aquí reside el secreto de la unidad que tanto deseamos los cristianos.

Este es el verdadero sentido de la multiplicación de los panes como un signo eucarístico: la unidad en la diversidad. Dicho de otra manera: de la unidad sale la pluralidad y ésta se organiza en una armonía de crecimiento orgánico. Brota de Cristo glorificado que reparte sus dones como hace un vencedor espléndido. Pablo ha hablado ampliamente de dones espirituales especialmente en su primera Carta a los Corintios, para expresar la pluralidad carismática de sus comunidades de las que todos y cada uno de los cristianos eran miembros vivos y activos. Esos dones son para ponerlos al servicio de la comunidad y este será el signo visible de que somos discípulos de Cristo.

Eran dones de lengua, de milagros, de sanación, de sabiduría, de discernimiento… Ahora, sin embargo, el Apóstol habla de “ciertos dones” a los que se refiere mencionando, no los dones en sí, sino a los agraciados por los mismos dones, es decir, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, como si las personas mismas fueran esos dones permanentes dados a la comunidad para construir el cuerpo de Cristo, que es la Eucaristía por excelencia. El liderazgo en la Iglesia va muriendo lentamente porque no le damos paso a esos dones permanentes dados a la comunidad en los apóstoles de nuestro siglo, en los profetas que anuncian y denuncian, los evangelistas que proclaman la Palabra a tiempo y a destiempo, en los pastores que cuidan sus ovejas y en los maestros que enseñan la única verdad que salva: Cristo Jesús.

Estas personas con dones son los líderes cristianos de la comunidad, los catequistas, los ministros de la Eucaristía. A diferencia de los dones temporales de que trata en la Carta a los Corintios, ahora habla de dones permanentes y esenciales. Una comunidad cristiana puede sobrevivir sin el don de lenguas, pero no puede existir sin el sacramento del ministerio ordenado que desempeñan hoy las funciones de apóstoles y profetas de nuestro tiempo ofreciendo la Eucaristía como sacramento de vida y salvación, es decir, el sacramento del amor que garantiza la supervivencia de la comunidad cristiana en el mundo.

Pablo quiere decirnos cosas importantes. En primer lugar que la comunidad no se da a sí misma sus propios líderes o que estos se auto eligen, sino que se los da el Señor. En segundo lugar, que ser obispo y sacerdote no son cargos de privilegios que los separan del resto de los cristianos, sino ministerios de servicios permanentes a la comunidad de fe a que son asignados. Son “servidores de servidores”.

No son los dueños de la comunidad, sino servidores de la unidad del cuerpo de Cristo, y por eso deben actuar siempre en referencia a la cabeza, que es Cristo, como sus representantes, como sacramentos de la presencia del único Señor de la Iglesia, Cristo Jesús. No deben estar atados a privilegios de la sociedad, sino revestidos de la humildad cristiana que lleva a la entrega incondicional a su ministerio.

Pidamos al Dios Todopoderoso que nos colme del espíritu de humildad para asegurar que la Palabra de Dios llegue a todos los rincones del mundo para ofrecerle la salvación de Dios.

 
 
 
 
 
 
 

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