Propio 14 (C) - 2013

August 11, 2013

Todo el mensaje de la palabra de hoy nos invita reflexionar acerca de la fe y el compromiso. El centro de interés de nuestra vida de cristianos tiene que ser el reino de Dios, ese reino que él mismo nos da, pero cuya presencia entre nosotros no logramos sin dificultades y esfuerzos.

Para entender bien lo que el evangelio de hoy nos quiere inculcar tenemos que ponernos en la perspectiva de Jesús, entrar en el reino de Dios. Ponernos en esa actitud de fe que tanto profundizan la primera y segunda lectura del Génesis y la carta a los hebreos respectivamente.

Así lo expresa el autor de la carta a los hebreos: “Tener fe es la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos. Nuestros antepasados, especialmente Abrahán, Sara, Jacob e Isaac fueron aprobados porque tuvieron fe” (Hebreos 11: 1-2).

Estos modelos de fe se comprometieron en toda su vida con algo que no podían comprobar, pero que los empujaba y motivaba a entregarse a Dios. Vivieron en consecuencia con esa confianza que los llevó a asumir y adoptar actitudes básicas y establecer una relación real con Dios. Por eso son alabados.

De aquí se deriva para nuestro tiempo una rica enseñanza. Si estas personas, aún cuando no tenían tantos elementos como nosotros, se entregaron a Dios tan profundamente, cuánto más los que vivimos después del acontecimiento del triunfo de Jesús sobre la muerte. Este puede ser un buen momento para revisar nuestra vivencia de fe. Si es algo solo pensado, algo que se queda puramente en ideas, o una vida en relación con Dios.

En el evangelio san Lucas 12: 32-40 destaca la enseñanza de Jesús a los discípulos acerca de los valores del reino por encima de todo deseo de bienes pasajeros.

Así lo expresa Jesús: “No tengan miedo ovejas mías; ustedes son pocos, pero el Padre en su bondad, ha decidido darles el reino. Vendan lo que tienen, y den a los necesitados; procúrense bolsas que no se hagan viejas, riquezas sin fin en el cielo, donde el ladrón no puede entrar ni la polilla destruir” (Lucas 12:32-34).

Sin esta fe y confianza en Dios pueden resultar incomprensibles las palabras de Jesús invitándonos a desprendernos de los bienes materiales. Solamente cuando ponemos los valores del reino en primer lugar podemos entender y llevar a la práctica lo que Jesús nos dice. La riqueza sin fin en el cielo no son nuestras obras, sino Dios.

Esto es, sin duda, lo que le ha sucedido a la humanidad de todos los tiempos, como el mismo evangelio ya previene, pero aparece muy claro en un gran porcentaje entre los hombres y las mujeres de nuestros días entregados al afán de enriquecerse a toda costa y de vivir los placeres de la vida a tope. A esto lo podríamos llamar hoy materialismo y hedonismo, pero viene a ser lo mismo que poner el corazón en las riquezas que se terminan.

Solo desde la riqueza del reino se puede ser pobre como Jesús predica. Solo aquellos a quienes Dios ha tenido la bondad de dar el reino, a ese pequeño rebaño, se les puede decir que no teman y pedir esas cosas. Pero si somos desconfiados y no creemos y vivimos al margen del reino de Dios, de cualquier fe en Dios, no podemos pedir esas cosas, es inútil.

Una fe puramente social no resiste la coherencia y radicalidad de las palabras de Jesús. Por eso, tal vez, los cristianos de verdad, hoy como ayer y como siempre, somos un pequeño rebaño. Es difícil, por no decir imposible, que compaginemos una fe verdadera con la entrega del corazón.

Por eso Jesús dijo a sus discípulos esta enseñanza: “Tengan ceñida la cintura y encendidas las lámparas” (Lucas 12:35). En una cultura del vestido basada en las túnicas que llegaban hasta los pies, la disposición para el trabajo o para emprender una marcha era apretarse bien el cinturón. Y mantener las lámparas encendidas expresa prontitud vigilante y dispuesta.

Esta actitud vigilante obedece a lo imprevisible de la venida del Hijo del hombre. Y también guarda relación con la precedente actitud de desapego a las posesiones materiales. Por tanto, es una razón más para dedicarnos a la búsqueda del reino de Dios.

Bien sabemos todos que la fe no es solo un modo de entender la vida, sino de vivirla. Más que cosa de cabeza es cosa de experiencia, vida y corazón. Y más que por las palabras se mide por las actitudes que tengamos ante la vida.

El evangelio de hoy nos da a conocer las actitudes cristianas más importantes que son: confianza en el Padre, desprendimiento o pobreza, vigilancia y espíritu de servicio. Por eso Jesús exhortó a los discípulos y también a nosotros: “Estén preparados, porque a la hora que menos piensen viene el Hijo del hombre” (Lucas 12:40).

Pedro se sintió motivado y le preguntó a Jesús: “Señor, ¿dijiste esta parábola solamente para nosotros o para todos? Y el Señor le contestó, por todos aquellos que quieran ser administradores fieles y solícitos de Dios y de los hermanos” (Lucas 12: 41-42).

Podemos considerar esta respuesta como una buena definición de lo que tenemos que ser y hacer como cristianos. Pues si hemos entendido la riqueza del reino de Dios y la hemos experimentado estaremos dispuestos a desprendernos de nuestras riquezas por Dios y por los hermanos. Porque nuestro corazón sabe dónde está el verdadero tesoro.

Si hemos vivido en sí el amor del Padre y la entrega de Jesús estaremos dispuestos al servicio vigilante por los hermanos, especialmente hacia los más pequeños y necesitados. Si servimos al estilo de Jesús definimos claramente nuestro perfil de cristianos.

“Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lucas 19:26). Estas palabras del evangelio tienen un sentido humano muy claro, pero si observamos, Jesús les da un sentido más profundo. Al que se le ha dado el reino de Dios se le puede exigir mucho porque se le ha dado lo más grande.

Por eso, como cristianos, se nos exige que seamos humildes y serviciales. Esta exigencia no debería ser externa, sino interna, que surja espontáneamente del amor y de la fe con generosidad. Porque si ya hemos entendido algo del reino de Dios, ser como el Padre y como Jesús, más que una obligación, es un gozo. Así lo han experimentado siempre los buenos discípulos de Jesús.

Al que mucho se le exigió, más se le exigirá. Exactamente, el fondo del problema es la confianza, es la fe. Este es el punto de partida de todas las exigencias radicales de Jesús. Solo desde esta base podemos explicar las actitudes cristianas que nos identifican como promotores del reino de Dios.

 
 
 
 
 
 
 

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