Propio 23 (C) - 2013

October 13, 2013

Señor, que tu gracia siempre nos preceda y acompañe, para que continuamente nos dediquemos a las buenas obras.

Con estas palabras tomadas de la colecta del día, doy inicio a este sermón, que más bien es una reflexión sobre las palabras de san Pablo en la segunda carta a Timoteo, el salmo 66 y sobre el evangelio de san Lucas que nos trae hoy nuestro calendario litúrgico.

Dice el apóstol Pablo que soporta los sufrimientos en bien de los que Dios ha escogido, para que también ellos alcancen la salvación gloriosa y eterna de Cristo (2da Timoteo 2:10). Cada día que Dios nos permite vivir, cada nuevo amanecer en el que abrimos los ojos, no sabemos lo que vamos a experimentar; sea bueno o malo. No obstante debemos enfrentar con valentía y buena disposición aquello que Dios ha permitido que suceda en nuestras vidas. Dice el salmista: “Vengan y vean las obras de Dios” (Salmo 66), pero él no habla solo de cosas buenas, pues también dice: “Pusiste sobre nuestros lomos pesadas cargas…más aún, él preserva nuestra alma en vida”. Esto nos dice que Dios está ahí, entre nosotros; en la adversidad y en los momentos felices.

Tomemos pues como modelo la serenidad, la paciencia y la tolerancia con que Pablo asumía las dificultades y lo hacía con un solo propósito; por los escogidos de Dios para que también ellos alcancen la salvación en Cristo Jesús. ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a imitarlo, a no renegar ni maldecir cuando las cosas no nos salen como esperábamos? ¿Cuándo la desgracia llega a nuestro hogar y familia, cuando perdemos el trabajo, cuando nos llega una rara enfermedad; una de las tantas que han surgido últimamente? ¿Cuándo perdemos a un ser querido, cuándo nos traiciona nuestro mejor amigo, cuándo nos sentimos solos? Y podría seguir mencionando muchas más ocasiones difíciles que hemos tenido que hacerle frente.

¿Dónde encontramos una palabra de consuelo para nosotros? “Vengan y vean las obras de Dios”. Casi nunca dedicamos tiempo a ver las obras de Dios, porque estamos envueltos en el afán de la vida y por eso perdemos la dicha de disfrutar todo lo que Dios ha hecho por y para nosotros. Estamos inmersos en el afán del trabajo para pagar facturas, para cubrir las necesidades de la familia, para enviar dinero a nuestras familias en nuestros respectivos países; porque la carga sobre nuestros hombros, o nuestro lomo, como dice el salmista, es bien pesada. Pero se nos olvida que Dios está ahí, a nuestro lado, esperando que le demos un poco de ese peso para ayudarnos, él espera que le prestemos la atención necesaria para que se dé el diálogo. Pedimos hoy que la gracia de Dios siempre nos preceda y acompañe, para que nos dediquemos a las buenas obras. Y ¿cuáles son esas buenas obras, además de ser buen proveedor para la familia y de ser un buen trabajador? ¿Qué otras cosas debo hacer para que todos los hijos de Dios alcancemos la salvación?

“Nada te turbe, nada te espante todo se pasa Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta”. La autora de esta gran oración es santa Teresa de Ávila y se la ofrezco para que la digan cuando estén atravesando por una situación difícil. Sé que les ayudará.

Siguiendo con el tema de hoy, echemos una ojeada al evangelio de Lucas que nos habla de una gran obra que hizo Jesús durante su ministerio. “¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!” Eso le gritan diez leprosos a Jesús, en su camino hacia Jerusalén (Lucas 17:13). En aquellos tiempos los leprosos tenían que vivir fuera de la ciudad o pueblo, según las leyes establecidas, para que no contagiaran a los demás. Estos hombres alcanzan a ver a Jesús y le gritan desesperados y esperanzados de que él los podía sanar, y así fue. Hay un detalle especial en este relato; solo uno se devolvió a darle las gracias, y no era de su nación; era un extranjero. Esto nos dice claramente que Jesús vino a este mundo para rescatar a toda la humanidad, que él no hace diferencias entre nosotros. Repitamos una y otra vez a los incrédulos: “Vayan y vean las obras de Dios”.

Cada día Dios hace obras maravillosas, aún sin pedirnos permiso, él entra en cada corazón acongojado y triste, nos provee de dones y talentos maravillosos para que por medio de ellos hagamos las buenas obras a que estamos llamados y creamos firmemente en él para que podamos alcanzar la salvación y la vida eterna que nos prometió. Ahora le pregunto a usted, ¿qué está haciendo para imitar el ejemplo de Pablo? Dios no nos “manda problemas,” sin embargo, él nos permite tomar decisiones y en muchas ocasiones tomamos las decisiones que no deberíamos, entonces nos quejamos. “Y ¿por qué Dios me manda esto, y por qué Dios permitió que eso pasara, y dónde estaba él cuándo esto pasó? Actuamos como jueces de Dios, olvidando que ni siquiera él nos juzga, que solamente nos ama y nos da libertad para que seamos independientes y autónomos. Cuántas veces nos equivocamos acusamos a Dios de nuestra ligereza y falta de sentido común.

Dios nos ama tanto que envió a su Hijo Jesucristo a morir en la cruz por nosotros, cargó sobre sus espaldas con el pecado de toda la humanidad. Preserva nuestra alma en vida, porque no quiere que nos perdamos. No nos confundamos, el amor de Dios a través de Jesucristo es inmenso y es lo más valioso que tenemos. Él nos deja cargar muy pesadas cargas, para que valoremos su sacrificio por nosotros, para que aprendamos de los errores, para que nos levantemos mil veces si es necesario, después de las múltiples caídas. Él no está lejos; está aquí, muy cerca de nosotros y pendiente de nuestra vida, de nuestra actitud ante los demás, con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, la comunidad. Haga usted la parte que le toca y enfrente la vida sin resentimientos, como lo hacen los que tienen a Dios en su corazón y lo demuestran con sus hechos. “Vengan y vean las obras de Dios”.

 
 
 
 
 
 
 

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