Propio 28 (C) - 2013

November 17, 2013

Nos estamos acercando ya al fin del año litúrgico y las lecturas lo ponen de relieve al estimularnos a que prestemos atención a la fugacidad de la vida y de todo lo que aquí nos pueda parecer hermoso y atractivo.

La primera lectura del profeta Isaías tiene como trasfondo el exilio forzado de los hebreos a Babilonia, conocido como la cautividad de Babilonia que duró del año 587 al 538 antes de Cristo. El rey caldeo Nabucodonosor II conquistó Jerusalén en 587 antes de Cristo. Según los historiadores solamente deportaron de Palestina a la clase alta judía para que no creara problemas a los nuevos conquistadores. El pueblo rural no parece que sufriera excesivamente tras esta agresión. Los caldeos destruyeron el fastuoso templo que había construido Salomón.

Esta pérdida de la independencia del pueblo judío es lo que más les afectó y así se empezaron a incubar las primeras esperanzas mesiánicas. Creyeron que Yahvé los estaba poniendo a prueba para después producir un milagroso cambio en las circunstancias, que traería consigo el final de los tiempos y la imposición del reino judío sobre la tierra.

La suerte de los hebreos en Babilonia queda más o menos reflejada en textos bíblicos como los libros de Daniel y Ester, obras que muestran a los hebreos encumbrándose a altas posiciones de confianza entre los caldeos. Después del final de la cautividad, cuando Ciro el Grande conquisto Babilonia en el año 538 antes de Cristo y autorizó a los judíos a regresar a la tierra de Israel, una importante comunidad judía se quedó en Babilonia hasta bien entrada la era cristiana.

Con este repaso histórico podemos comprender mejor las palabras de Isaías que profetiza un “cielo nuevo y una tierra nueva”, e invita a sus compatriotas a olvidarse de los sufrimientos del pasado para que miren con alegría y esperanza hacia el futuro, donde el Señor podrá transformar “a Jerusalén en alegría y a su población en gozo”.

Pero esta lectura también puede ser figura espiritual de nuestra vida. Nos encontramos en esta tierra como en un cautiverio, y, tras ser liberados por Cristo, un día viviremos en la nueva Jerusalén, figura del cielo y de la vida eterna, donde el gozo y la alegría no conocerán límites.

La porción del evangelio de san Lucas seleccionada para este domingo forma parte del llamado “discurso escatológico”, es decir, del discurso que trata de ciertas calamidades relacionadas con el fin del mundo. Este discurso tiene unos treinta versículos, mientras que nuestra lectura cuenta con catorce solamente, centrándose en la destrucción del templo y la persecución de los primeros cristianos.

La mayoría de los expertos bíblicos sugieren que el evangelio de san Lucas fue escrito en la década de los 80 después de Cristo, es decir, después de la destrucción del templo de Jerusalén ocurrida en el año 70 y también, tras el rechazo definitivo de los primeros cristianos por parte de la sinagoga, ocurrido entre los años 85 al 90. Por ello, el autor puede mencionar, con cierta seguridad, ambos acontecimientos, la destrucción del templo y la expulsión de los cristianos de las sinagogas.

Desde tiempos de Salomón, el centro del culto lo constituía principalmente el templo de Jerusalén. Hemos visto que el primer templo, construido por Salomón, fue destruido, sin piedad, por los soldados de Nabucodonosor en el 588; luego, al regreso de la cautividad, fue reconstruido por Zorobabel, en el mismo sitio del anterior, en lo alto del monte Moria, aunque sin el esplendor y magnificencia del antiguo templo.

Este segundo templo fue el que agrandó y embelleció el rey Herodes el Grande. En la parte más exterior del templo había una serie de atrios y vestíbulos de gran capacidad; lo más interior del templo estaba formado por dos recintos llamados el santo y lugar santísimo donde podía entrar el sumo sacerdote una vez al año. Era la parte exterior la que llamaba la atención a todo el mundo. Estaba cubierta con láminas de oro que a la salida del sol reflejaban un gran esplendor y forzaba a la gente a retirar la vista para no ser cegados por su fulgor. Para los forasteros que observaban el templo de lejos aparecía como una pequeña montaña cubierta de nieve, pues las partes no cubiertas por las láminas de oro, eran de un mármol blanquísimo. A ningún judío se le podía ocurrir que este templo fuera a ser destruido un día.

Y, sin embargo, Jesús lo veía venir, por los signos de resistencia violenta que sus compatriotas daban en sus relaciones con los romanos. Ahora podemos comprender mejor las palabras del evangelio de hoy: “A unos que elogiaban las hermosas piedras del templo y la belleza de su ornamentación les dijo: llegará un día en que todo lo que contemplan será derribado sin dejar piedra sobre piedra” (Lucas 21: 5).

Efectivamente, los constantes disturbios llevados a cabo por los pequeños grupos guerrilleros judíos, a partir de los años 66, cansaron de tal manera a los romanos que cercaron la ciudad, bajo las órdenes del emperador Tito, y esperaron a que la población muriera de hambre. Según el historiador Josefo, con una cifra exagerada, dice que más de un millón de personas pereció durante el cerco y que luego se llevaron prisioneros a unas 97,000 personas. Con ello, desapareció la nación judía, el templo fue quemado y totalmente destruido.

Para conmemorar esta victoria los romanos levantaron en Roma el famoso arco de Tito en el que aparecen soldados llevándose el Arca de la Alianza.

Si el pueblo y los líderes judíos hubieran seguido la enseñanza de Jesús que rechazaba toda clase de violencia, seguramente, los judíos hubieran seguido prosperando en su país y admirando su templo. Pero, todo estaba ya escrito en los planes de la historia, con la desaparición del templo desaparecieron también la infinidad de sacrificios de animales que se inmolaban en el templo. Ahora el sacrificio de todos los sacrificios sería el dado con la vida misma. Así se lo enseñará Pablo a los romanos: “Les invito a ofrecerse como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios: éste es el verdadero culto” (Rm. 12:1). Y esto a imitación de Jesús que se inmoló por nosotros en la cruz.

Sobre el fin del mundo no hay nada cierto. Lo que aparece en las Escrituras forma parte del género apocalíptico que surgió ya en el Antiguo Testamento. De hecho, Lucas no hace más que citar, casi literalmente, al profeta Isaías (13:10-13) y a Joel (2:30,31). Todos hemos sido testigos, o hemos observado, por los medios de comunicación social, fenómenos atmosféricos más feroces y terribles que los mencionados en la lectura de hoy. Más aún, ningún escritor bíblico pudo imaginarse que un día los seres humanos tendrían en sus manos poder para destruir el mundo tal como lo conocemos.

El mensaje espiritual de las lecturas de hoy es seguir el consejo de Jesús de que estemos preparados y alerta porque en el momento menos pensado nos llegará a cada uno de nosotros el encuentro con el fin del mundo personal e individual. Nuestra propia muerte. Dios no nos abandona en ningún momento, acerquémonos, pues, a Dios para llevar una vida santa.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto