Propio 28 (C) - 2016

November 13, 2016

El evangelio de este domingo nos describe acontecimientos proféticos sobre el templo de Jerusalén y sobre los últimos tiempos. Nos habla de “signos de los tiempos” y nos da la clave para que aprendamos a interpretarlos y prepararnos para afrontar estos sucesos de los cuales estamos siendo testigos en nuestro tiempo actual.

Estas señales que hace más de dos mil años Cristo describió están a las puertas de nuestro siglo 21. Hemos sido testigos de catástrofes naturales, inundaciones, guerras fratricidas, actos de terrorismo organizado, amenazas de misiles nucleares, y construcciones de muros divisorios. Son unos cuantos signos que están presentes en nuestra historia actual y en nuestro diario vivir indicándonos, no el fin del mundo, sino el fin de una era de maldad que nos abre el camino para un cambio de actitud y de vida orientado hacia el bien.

La predicción de la ruina del templo de Jerusalén descrita en el texto del evangelista Lucas suscita una pregunta: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto? ¿Cuál será la señal de que estas cosas ya están a punto de suceder? La respuesta de Jesús es lo que constituye en Lucas “el discurso escatológico”. Un discurso que nos habla del fin de los tiempos que incluye: la destrucción del templo de Jerusalén y la segunda venida de Jesucristo.

Según la orientación que le da Lucas a este discurso, la destrucción de Jerusalén no es exactamente una señal del final de los tiempos. Lo importante es que los discípulos se preparen. Primero, para no darle autoridad a las falsas alarmas salidas de la boca de charlatanes y falsos mesías. Segundo, para superar la violencia y la persecución por parte de los enemigos del Camino de Cristo y para que aprovechen estos momentos para dar testimonio del evangelio.

Cristo no habla “del fin del mundo”, sino del fin de una era de maldad, intriga, violencia, y persecución. Pero antes hay que pasar por muchas pruebas; vendrán falsos mesías, falsos pastores que confundirán a muchos con aparentes prodigios y dones engañosos. No hay duda que hoy día tenemos muchos de esos falsos mesías predicando por las redes sociales, la televisión y en actos multitudinarios confundiendo a miles de espectadores. ¡No se dejen engañar!

Vendrán guerras y revoluciones que reducirán a la miseria y al sufrimiento a muchas familias. Crecerá el odio entre las naciones y los pueblos. Las divisiones entre las razas y las culturas se multiplicarán buscando humillar a las razas de las minorías en las grandes naciones. Los seres humanos se dividirán por sus creencias religiosas y sus credos políticos aumentando las posibilidades de guerras fratricidas y genocidios irracionales.

Nuestra historia está saturada de signos de los tiempos donde Dios nos habla a gritos para hacernos conscientes de los cambios de mentalidad que se necesitan para transformar nuestra manera de vivir buscando la armonía y la paz entre todos los seres humanos sin importar la raza, la religión ni el credo político. Dios nos habla a través de los fenómenos naturales que nos perturban en el día a día, en los sismos o temblores de tierra, en las inundaciones y los tornados, y en las largas sequías provocadas con frecuencia por las infracciones a las leyes naturales que Dios instituyó en toda la creación.

Muchas predicciones de los falsos mesías manipulan a las personas creando el miedo y la apatía para fortalecer el culto a su personalidad olvidando la gloria de Dios. La miseria se ha multiplicado en el mundo de tal manera que no deja lugar a dudas que Dios nos habla a través de dicho fenómeno mundial. Todo esto nos debe animar a la búsqueda incesante del Reino de Dios; un reino de santidad y vida, de justicia y solidaridad, de amor y paz. Debemos discernir el plan de Dios; un plan de salvación y no de condenación.

La tristeza y el sufrimiento se han unido como consecuencia del mal en el mundo, pero esto no es el fin, sino el comienzo de la liberación total en Cristo Jesús. Él nos da la seguridad que el Dios Creador se mueve entre y alrededor de su obra y que se cumplirá su promesa de un cielo nuevo y una nueva tierra. En esta promesa hay esperanza y fortaleza en las cuales podemos confiar plenamente.

Isaías nos recuerda en la lectura de hoy que Dios va a crear “un cielo nuevo y una nueva tierra… [que] lo pasado quedará olvidado, nadie se volverá a acordar de ello…”. En medio de la tribulación permanece la promesa que Dios camina con nosotros y no nos desamparará. Él siempre es fiel y cumple lo que promete. Dios decide intervenir para que la armonía regrese a la creación, pero nosotros tenemos que dar los primeros pasos. La resistencia a cualquier poder del mundo es posible solamente por el don gratuito de la gracia de Dios que proviene de la Palabra y la Sabiduría divina.

La promesa de Dios es clara: “Llénense de gozo y alegría para siempre por lo que voy a crear, porque voy a crear una Jerusalén feliz y un pueblo contento que viva en ella. Yo mismo me alegraré por Jerusalén y sentiré gozo por mi pueblo. En ella no se volverá a oír llanto ni gritos de angustia”. En Jerusalén está simbolizado todo el pueblo de Dios, es decir, nosotros que somos la Iglesia de Jesucristo. Todas estas señales traen la esperanza de un nuevo estilo de vida donde no haya angustia, ni llanto, ni violencia: es el cielo nuevo y la nueva tierra.

San Pablo en su epístola a los cristianos de Tesalónica nos exhorta a no cansarnos de hacer el bien, para de esa manera colaborar con la armonía en nuestra sociedad actual y sobre todo, revertir las señales de muerte. El mal sólo se vence haciendo el bien, pues nuestra naturaleza humana fue creada para hacer el bien. Todo lo que Dios creó es bueno.

Las lecturas de este domingo deben llenarnos de esperanza. Seamos constructores de un nuevo mundo donde no haya dolor, ni llanto y los sufrimientos se conviertan en gozo pleno en el Señor, vencedor de la muerte. Que las señales de los tiempos que estamos viviendo sean los dolores de parto que engendrarán un nuevo estilo de vida fundamentado en el amor cristiano y en el cumplimiento pleno del propósito de hacer siempre el bien en su Santo Nombre.

Pidamos al Todopoderoso nos colme de fe, esperanza y amor para que pronto llegue a nosotros su reino.

 
 
 
 
 
 
 

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