Propio 6 (C) – 2013

June 16, 2013

Todo el contenido de la palabra de este domingo nos habla del amor y la misericordia de Dios para perdonar los pecados. La Biblia nos recuerda hoy, la historia del rey David, perdonado por Dios (2 Samuel 11:26); y la pecadora perdonada por Jesús en la casa de Simón el fariseo (Lucas 7: 38-8:3).

En ambos casos, Dios envía sus mensajeros, para denunciar por medio de parábolas los pecados cometidos y hacerlos tomar conciencia de sus responsabilidades. Al profeta Natán le tocó por parte de Dios comunicar a David el crimen que había cometido, matando a Urías y quedándose con su mujer.

El libro del Éxodo, en el decálogo, ya había instruido en este orden, diciendo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás testimonio falso contra tu prójimo; no codiciarás los bienes de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo” (Éxodo 20: 13-17).

David reconoció su falta ante Natán diciendo: “He faltado contra el Señor” (2Samuel 12:13). Dios perdona a David por haberse humillado con penitencias y sacrificios, porque un corazón que se abre al poder y la gracia de Dios no queda defraudado.

Este ejemplo es válido también para nosotros. Dios penetra en lo más íntimo de nuestro ser y valora nuestro espíritu de sacrificio y de humildad para ejercer su misericordia. El perdón de los pecados ha quedado ya adquirido por Cristo para todo aquel que acepte su persona y sacrifico en el Calvario. Así lo escribe Juan evangelista citando a Juan el Bautista: “El Cordero de Dios ha quitado el pecado del mundo” (1Juan 1:29).

Cristo abolió el pecado por su único sacrificio y Juan añade: “Su sangre nos purifica de todo pecado” (1Juan 1:7). La razón para nosotros es clara, por creer en Cristo, por confiar en su nombre hemos sido liberados de nuestros pecados.

Todo esto radica en que ya Dios nos ha dado a su Hijo. Y como dice el salmista: “Él es quien perdona nuestras maldades, quien sana todas nuestras enfermedades” (Salmo 103:3). Es decir, nos ha quitado todo lo que nos perturba y nos ha sanado con su misericordia.

Así como Dios ejerció la misericordia a favor de David, lo mismo hace Jesús con la mujer considerada pecadora en la casa de Simón el fariseo. San Lucas 7:38-8:3 se encarga de presentarnos este acontecimiento lleno de emotividad.

Las personas moralmente correctas y piadosas del tiempo de Jesús, se escandalizaban al ver que él comía con gente despreciable, como eran los cobradores de impuestos y los pecadores públicamente conocidos (Lucas 15:1-3).

Jesús fue invitado a comer a la casa de Simón el fariseo y una mujer intervino sin ser invitada ungiéndolo con perfume y llorando por sus pecados. La mujer de la unción que se escribe en estos versículos (36-38) era pecadora, es decir, una prostituta.

Cuando Simón el fariseo vio que la pecadora tocó a Jesús se sorprendió (39), y decidió que Jesús no era un verdadero profeta. Pues un verdadero profeta sin duda habría sabido que la mujer era pecadora, y por tanto jamás hubiera permitido que lo tocaran.

Los judíos, especialmente los fariseos, creían que ellos se contaminarían si se asociaban con pecadores. Pero Jesús (40), sí sabía que la mujer era pecadora, y también conocía los pensamientos de Simón. Por lo tanto, narró una parábola a Simón así como Natán narró una parábola a David para que tomara conciencia de su falta.

En esta parábola (41-43) Jesús enseñó que una persona amaría y agradecería a Dios según la misericordia que Dios le hubiera mostrado. Cuanto más grandes sean los pecados que Dios le perdona más grande será el amor que el pecador tendrá por Dios.

El pecado es como una deuda. Si sabemos que nuestros pecados son grandes, estaremos más agradecidos por el perdón. Si consideramos que nuestros pecados son pequeños estaremos menos agradecidos por el perdón.

Tenemos que considerar, que la gratitud de cada persona depende, no de lo pecadora que sea sino de lo pecadora que se sienta. Consideremos también, que ya sean grandes o pequeños nuestros pecados, no podemos pagar la deuda que tenemos hacia Dios con nuestra propia justicia.

En la parábola ninguno de los dos hombres tenían con qué pagar (42). Solo por la misericordia de Dios pueden ser perdonadas todas nuestras deudas. Es mejor que cada uno consideremos que nuestros pecados son muy grandes, porque así los ve Dios.

Entonces Jesús miró a Simón el fariseo (44-47) y lo comparó con la mujer pecadora que despreciaba. Los fariseos no se consideraban pecadores. Por lo tanto, la misericordia y el perdón de Dios no significan nada para ellos.

De acuerdo con su forma de pensar, ellos no tenían razón para estar agradecidos con Dios ni para amarle. Amaban a Dios solo de palabra, pero muy lejos de sus sentimientos. Sin embargo, Jesús dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; en cambio, esta mujer me ha bañado los pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos” (Lucas 7:44).

La hospitalidad que debió ofrecer Simón a Jesús, fue suplida por la atención de esta mujer. Por eso Jesús le dice a Simón esta mujer pecadora me habla desde lo profundo de su corazón. Ella ha demostrado su amor por mí. Así esto comprueba que sus pecados han sido perdonados. Su amor es la prueba de que ha sido lavada de todos sus pecados y aceptada por Dios.

Sin embargo, tú, Simón, no me has mostrado amor. Tus pecados, por lo tanto, evidentemente no han sido perdonados. De otra manera, tú me hubieras amado como me ha amado esta mujer.

Dios primero nos amó y más adelante nos perdonó. Así lo expresa san Juan: “El amor consiste en esto: ´no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados´” (1Juan 4:10).

Por esta razón le amamos. Nadie puede amar verdaderamente a Dios sin reconocer primero su propia pecaminosidad y recibir el perdón a través de la fe en Jesucristo.

Entonces Jesús dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados” (Lucas 7:48). Dijo esto para que todos los otros invitados lo oyeran. La mujer ya había sido perdonada. Pero Jesús quiso confirmar esto para que todos lo supieran y dijo a la mujer: “Por tu fe has sido salvada; vete tranquila” (Lucas 7:50).

No fue su amor por Jesús que salvó a la mujer, sino su fe. Como tenía fe de que Jesús era su salvador y podía perdonar todos sus pecados, ella recibió la salvación.

Solo por la fe en Jesucristo podemos recibir el perdón, la sanidad, la salvación, que Dios en su gracia ofrece a todo pecador.

 
 
 
 
 
 
 

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