Propio 9 (C) – 2013

July 7, 2013

Amados hermanos y hermanas en el Señor Jesús:

Uno de los nuevos nombres con que actualmente podemos designar a la paz es la “no-violencia activa”. Está más que comprobado que no se puede seguir luchando contra el mal produciendo más mal; no es posible combatir el pecado con nuevos pecados; no se hace desaparecer la violencia enfrentando con una violencia más fuerte y poderosa. En el fondo, la violencia va cargada de pesimismo; supone que solamente se pueden arreglar las cosas a base de golpes y de mano dura.

Nuestra civilización ha mitificado tanto a los seres violentos, a las personas fuertes física y políticamente, que hemos llegado a creer que son las únicas personas que valen y tienen razón en las circunstancias. Valiente no significa necesariamente violento. Se puede ser valiente, incluso más valiente, precisamente porque se es no-violento. Quizás necesitamos convertirnos más a la no-violencia, porque es más eficaz a largo plazo y crea formas de convivencia y estructuras sociales más justas y duraderas porque transforma a las personas en su interior y en su acción.

Con sobrada razón Jesús les dice a los setenta y dos discípulos enviados a llevar la buena nueva: “Cuando entren en una casa, saluden primero diciendo paz a esta casa. Y si hay gente de paz, su deseo de paz se cumplirá; pero si no, ustedes nada perderán” (Lucas 10:5-6).

Todo cristiano es un profeta que anuncia la paz, un profeta que no busca un prestigio personal, que cree incondicionalmente en el ser humano- incluso en el que oprime y aplasta- y no se cierra nunca al diálogo. El profeta de la paz, el discípulo de Cristo, está expuesto a padecer sistemáticamente la marginación de la sociedad que tiene otra escala de valores y otra moral a la cristiana. Por eso Cristo les sugiere: “Pero si llegan a un pueblo y no lo reciben, salgan a las calles diciendo ¡Hasta el polvo de su pueblo, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos como protesta contra ustedes!” (Lucas 10:10-11).

Necesariamente el testimonio cristiano se reduce a una pacificación total, que libera de fatigas, agobios y opresiones violentas. La Iglesia, es decir, la comunidad cristiana, no tiene más finalidad que realizar en el mundo la misión de proclamar la buena nueva del evangelio. Ahora bien, el montaje de esta misión debe ser lo más simple del mundo, para que el aparato estructural no ahogue la espontaneidad del espíritu.

El anuncio del evangelio no es comunicar un juicio o una condenación. Es una propuesta de la salvación que se resume y caracteriza por la abundancia de paz. Si nos pacificamos verdaderamente en la comunidad de amor celebrada en la Eucaristía, no tendremos miedo de anunciar la paz y de predicar por donde quiera que “el reino de Dios está cerca” de ustedes (Lucas 10:11). Comprometámonos en la lucha pacífica por instaurar la paz universal enseñando el método de la “no-violencia activa” que Cristo nos legó en su evangelio viviente.

Dice Lucas que los setenta y dos discípulos enviados llegaron muy contentos diciendo; “¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!” (Lucas 19:17). El evangelio los capacitó dominando el mal para vencerlo definitivamente y someterlo al bien. La paz de Cristo da poder de sanación con el anuncio mediante el testimonio de vivir constantemente la palabra de Dios.

La violencia en el mundo es producto del mal que muchos seres humanos han adoptado como conducta propia tratando de destruir la obra de Dios. Aquí es donde cobra sentido el envío, el discipulado del cristiano, la labor profética de todo cristiano porque hablar en nombre de Dios es un poder manado de la omnipotencia del propio Dios. Lucas pondera este poder cuando dice en el texto leído del evangelio que corresponde a este domingo: “Sí, pues yo vi que Satanás caía del cielo como un rayo. Yo les he dado poder a ustedes para caminar sobre serpientes y alacranes, y para vencer toda la fuerza del enemigo, sin sufrir ningún daño” (Lucas 10:18-19).

Cada cristiano goza de la bienaventuranza de ser un pacificador como profeta de Dios que es y al mismo tiempo enviado de Jesucristo al mundo para proclamar la buena nueva de un reino de amor, de paz, de justicia y de santidad. Oremos al Dios de la paz que nos capacite para seguir anunciando su mensaje de salvación a todo el mundo. Con nuestro testimonio caerán todos los que representan el mal y quieren destruir la obra de Dios.

Cristo es la fuerza de todo cristiano y es el centro del universo. Por eso es inútil cultivar una misión, como embajadores de la paz sin cultivar una espiritualidad llamada cristiana de espaldas a ese mismo universo que aclama a Cristo.

Al aclamar a Cristo en la predicación de la buena nueva del reino no podemos ignorar las aclamaciones del resto de las creaturas que piden paz a todo pulmón en nuestra sociedad actual, pues entonces nosotros, con la orgullosa pretensión de ser los únicos enviados, desentonaríamos. Pidamos al Todopoderoso que la misión que Cristo nos ha encomendado la vivamos como una auténtica vocación cristiana de ser verdaderos embajadores de la paz.

¡Que Dios les bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!

 
 
 
 
 
 
 

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