Sermones que Iluminan

Cuaresma 5 (B) – 21 de marzo de 2021

March 21, 2021

LCR: Jeremías 31:31-34; Salmo 51:1-13 o Salmo 119:9-16; Hebreos 5:5-10; San Juan 12:20-33

“Se acercaron a Felipe… y le rogaron: -Señor, queremos ver a Jesús”. Algunos griegos que estaban en Jerusalén durante la fiesta deseaban ver a Jesús, y por eso buscaban a Felipe, que era natural de un pueblo de habla griega, en Galilea. No sabemos con precisión quiénes eran esos griegos, si eran paganos con mucha curiosidad sobre un hombre de quien habían escuchado muchas cosas, o si eran los “temerosos de Dios”, los gentiles que creían en el Dios de Israel sin convertirse formalmente. En cierto modo, no nos importa si eran de un grupo o del otro; lo que sí nos importa es su deseo: “queremos ver a Jesús”. Ellos querían conocer al Señor.

Y cuando lograron ver a Jesús -el texto no dice concretamente que hablaron con él-, ¿qué vieron? ¿qué encontraron?

En primer lugar, los griegos se encuentran en Jerusalén, en el marco de la fiesta de la Pascua; si tuvieron oídos para escuchar, también oyeron la invitación de seguir a Jesús: “Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará.” El Señor estaba invitando a todos a seguirlo, incluso a la cruz: “El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna.” Seguir a Jesús, como cada Cuaresma nos plantea, es morir a los caprichos vanos y al orgullo de esta vida al punto de poder morir por la causa de Cristo; es despojarnos de todo lo que nos destruye por dentro: el pecado, la vanidad y la necedad, el orgullo y el creer que somos indestructibles o que sabemos más que Dios. Según el evangelio de hoy, seguir a Cristo es despojarnos de todo eso para recibir la gracia de Dios y compartir la gloria del Padre con Jesús. Era una invitación para aquellos griegos, y es una invitación para nosotros. También es una promesa del Señor: si le seguimos, si morimos a la vida apartada de Dios, tendremos la vida y el corazón nuevos. Ésta es la Nueva Alianza, el Nuevo Pacto. 

Los que escucharon a Jesús en aquel momento quizá reflexionaron sobre esas palabras y recordaron el mensaje del profeta Jeremías que leímos hoy: “El Señor afirma: ‘Vendrá un día en que haré una nueva alianza con Israel y con Judá… Ésta será la alianza que haré con Israel en aquel tiempo: Pondré mi ley en su corazón y la escribiré en su mente. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo…’”. Jesús estaba invitando a la gente a entrar en una nueva relación con su Padre y estaba ofreciendo el don del perdón. El Padre también prometió: “Desde el más grande hasta el más pequeño, me conocerán. Yo les perdonaré su maldad y no me acordaré más de sus pecados. Yo, el Señor, lo afirmo.”

Los que estaban en la fiesta, al lado de Jesús y sus discípulos, también vieron a un hombre preparándose para el momento crítico en su vida. Jesús dijo: “¡Siento en este momento una angustia terrible!”. Jesús sabía que iba a morir, por eso enseñó sobre el grano de trigo, que “si muere, da abundante cosecha” pues, el Señor entendía las circunstancias a su alrededor mejor que nadie. Sabía que el entorno de Jerusalén propiciaba cada vez más conflictos con las autoridades; sabía que sus enseñanzas ponían en aprietos a los que gozaban de poder y honor en el plano humano. Pero, también sabía que su muerte inminente sería el cumplimiento de su propósito en la tierra y que significaría vida para los demás. Dios había enviado a su Hijo al mundo con una misión que cumplir: salvar a la humanidad de sus pecados.

El autor de la Carta de los Hebreos reflexiona sobre esta misión de Jesús y no escatima los detalles de la obra de Cristo al escribir el texto sagrado. Describe a Jesús como el Sumo sacerdote, no nombrado por una junta de colegas o por la herencia de generaciones de familias sacerdotales, sino directamente por Dios: “Cristo no se nombró Sumo sacerdote a sí mismo, sino que Dios le dio ese honor, pues él fue quien dijo: ‘Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy’ y ‘Tú eres sacerdote para siempre, de la misma clase que Melquisedec.’” Según el autor de Hebreos, el Antiguo Pacto tenía sus sacerdotes y sus Sumo sacerdotes que eran temporales, pero el Nuevo Pacto tiene un Sumo sacerdote “para siempre”.

Nuestro Sumo sacerdote eterno es Jesucristo. Él ejerció su sacerdocio aquí en la tierra a través de súplicas con voz fuerte y muchas lágrimas; aprendió la obediencia y la fidelidad con los sufrimientos de su vida, culminando en su ofrenda perfecta por los pecados del mundo cuando selló el Nuevo Pacto con la sangre de su sacrificio. En este sacrificio, Jesús no ofreció la sangre de corderos, cabras u otros animales, él se ofreció a sí mismo; derramó su propia sangre en el altar de la cruz. Desde esa cruz suplicó al Padre por el perdón de todos los hombres y mujeres, y la lectura de hoy nos enseña que “Dios lo escuchó”. Por tanto, “al perfeccionarse de esa manera, [Cristo] llegó a ser fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen, y Dios lo nombró Sumo sacerdote de la misma clase que Melquisedec.”

Como nuestro Sumo sacerdote eterno, ya en el cielo, Jesús sigue intercediendo por nosotros y nunca deja de hacerlo. Él es nuestro Mediador y Abogado para con el Padre, y nos escucha cuando junto al salmista clamamos: “Ten misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu bondad; conforme a tu inmensa compasión borra mis rebeliones,” y “con todo el corazón te busco; no dejes que me desvíe de tus mandamientos.” Cristo, en su fidelidad a Dios, nos quiere ayudar y nos invita a acercarnos a él, que es fuente de nuestra salvación.

En lo que resta del tiempo de Cuaresma y durante la Semana Santa, aceptemos la invitación que Jesús nos extiende; acerquémonos al trono de la gracia. Convirtámonos de corazón y sigamos a Cristo hacia donde él nos quiere llevar, hacia la vida eterna. Amén.

El Rvdo. Dr. John J. Lynch es un sacerdote, autor y educador, que ha servido en las diócesis episcopales de Honduras, el Sur de Virginia y Rhode Island. Actualmente sirve como director en el Instituto Ecuménico del Ministerio Hispano y el Cura párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en la ciudad de Central Falls, Rhode Island.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan