Sermones que Iluminan

Jueves Santo – 2022

April 14, 2022

LCR: Éxodo 12:1–4, (5–10), 11–14; Salmo 116:1, 10–17 LOC; 1 Corintios 11:23–26; San Juan 13:1–17, 31b–35

“Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado”.

¿Alguna vez hemos pensado en nuestro propio obituario o tributo para la hora de la muerte? ¿Cuál es el impacto que estamos teniendo ahora, en este preciso momento, en nuestras familias, amigos, comunidad y el mundo? ¿Cómo nos gustaría ser recordados?

En el evangelio que escuchamos hoy Jesús sabía que el momento de partir de este mundo estaba cerca. Sí, su hora estaba muy cerca. ¿Y qué hizo Jesús? “Se levantó” después de comer, “se quitó” la túnica, “se ató” una toalla, “echó agua” en una palangana y “lavó” los pies de sus discípulos; todo lo hizo por sí mismo, sin que nadie le ayudara. De esta forma Jesús generó un impacto muy grande entre sus discípulos, estaba dando ejemplo de amor y servicio. Ése fue su legado. Después de lavarles los pies, los discípulos fueron instruidos para que hicieran exactamente de la misma manera como el Señor había hecho con ellos.

El acto de lavar los pies, en la Palestina del primer siglo, era considerado un gesto de hospitalidad, humildad y amabilidad. En una cultura donde la gente se reclinaba en la mesa para comer, generalmente después de una larga caminata por caminos polvorientos, lavarse los pies era un paso esencial para pasar a la casa y compartir los alimentos. Lavar los pies a otros era reconocerles como invitados bienvenidos, eliminando así cualquier barrera que pudiera mantenerlos alejados de la mesa o separados de los demás.

Sí, lavar los pies de sus discípulos fue un acto elegido por Jesús para mostrarles su amor: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado”. Por ese amor Jesús estuvo dispuesto a entregarlo todo, incluso su vida. Jesús dio su vida por el bien de los demás, por el bien del otro, por el bienestar del mundo, por todos nosotros. De esto se trata el amor.

Este modelo de amor, cuya máxima expresión es el don de la propia vida, es un amor que no tiene límites ni conoce fronteras. El amor que Jesús encarna es gracia pura. Jesús dio su vida como expresión de la plenitud de su relación con Dios y del amor del Padre por el mundo.

Respondamos estas preguntas: ¿Hemos experimentado o recibido este tipo de amor en nuestras vidas, un amor que no tiene límites, que no conoce fronteras? ¿Hemos dado este tipo de amor a los demás? Jesús, con sus acciones, muestra a los discípulos que la verdadera esencia del amor es el servicio humilde a los demás. ¿Se imaginan lo que pasaría en nuestras relaciones familiares, con los amigos y nuestras comunidades si el amor que no tiene límites, el amor verdadero, reinara entre nosotros? Seguramente apoyaríamos más las tareas en nuestras casas, estaríamos más atentos de las necesidades de nuestra parejas e hijos, estaríamos más involucrados en nuestras comunidades buscando crear un cambio real para el beneficio de todos, pasaríamos más tiempo con nuestras familias; seguro pasaríamos más tiempo ayudándonos los unos a los otros.

Preguntémonos de nuevo ¿cuáles son las cosas importantes o el impacto por lo que seremos recordados? ¿Qué nos gustaría que estuviera escrito en el obituario o tributo tras la muerte? Al lavar los pies a sus discípulos, Jesús escogió mostrar todo el amor que les tenía y, seguramente, ellos nunca olvidaron lo que hizo por ellos la noche en que compartieron todos juntos la última cena del Señor.

Sí, Jesús impactó sus vidas. Lavarles los pies, esa noche antes de la fiesta de la Pascua, fue para ellos una profunda lección de humildad, servicio y amor. Tan profundo fue el signo, que muchos de nosotros hoy, en nuestras comunidades, aún tenemos la oportunidad de participar en el gesto del lavado de pies, recreando las enseñanzas que Jesús nos dejó. Siguiendo el ejemplo de Jesús, prestemos mucha atención cuando nuestros pies sean lavados por los ministros, imaginemos que es el mismo Señor quien está haciendo esto por nosotros; sintamos que es Jesús quien toca nuestros pies con mucho amor, les pone agua y se los seca con ternura.  Y, cuando seamos nosotros quienes lavemos los pies a otros hermanos o hermanas, hagámoslo en nombre de Cristo, sintamos la presencia y el amor de Jesús cuando lavó los pies de sus discípulos.

Cuando encarnamos el amor de Jesús en el servicio, no sólo revelamos a Jesús mismo, sino que también adoptamos una nueva identidad, una moldeada por la esencia en el amor puro y perfecto: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado”.

Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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